miércoles 5 de julio de 2006

Hasta Siempre

Como otras tantas cosas que me he visto forzado a dejar atrás, bajo ahora indefinidamente el telón de este escenario hiperespacial, en donde espero haber representado con algo de elegancia lo que aquí correspondía de la comedia de la vida. Me resulta imperioso concetrar hasta el último aliento y recurso en avanzar hacia las siguientes estaciones de esta ruta. En dicha tesitura, cada segundo es vital y nunca me ha gustado hacer nada a medias.

Gracias por leerme y escribirme de vuelta a todos quienes tuvieron la delicada gentileza de hacerlo en su hora.

Tal vez, en tiempo más propicio, con menos contradicciones y más calma, retorne. Por lo pronto, sólo sé decir adiós y, nuevamente, gracias.

Frase del último día: El recuerdo es el único paraíso del cual no podemos ser expulsados. (Jean Paul)

sábado 27 de mayo de 2006

San Germán y el rey Arturo

Algo falto de tiempo para ser original, he querido "reciclar" este viejo post, a propósito de mi próximo onomástico. Es una historia hecha con materiales de por aquí y por allá. Espero que la dusfruten.


Acosada en todas sus fronteras por los invasores, la agónica Roma tuvo que abandonar la provincia de Britania (luego conocida como Inglaterra) durante los últimos años de existencia del Imperio. Venían los hunos de Atila y el general Aecio, virtual dueño del Imperio, necesitaba cada soldado para detener la avalancha.

Los bretones, al ser invadidos por Roma cinco siglos antes, habían resistido heroicamente, liderados por su reina Boadicea, pero ahora, ya en el pórtico de la Edad Media, en medio de los estertores finales del Imperio, se sentían muy romanos y no se resignaban a que la Ciudad Eterna los abandonara a su suerte.

Aecio, con todos sus recursos empeñados contra los hunos, sólo les pudo enviar a Germán. Nadie conoce su nombre original, pero se sabe que fue un valiente oficial romano que tuvo que luchar en cientos de batallas defendiendo las fronteras del Imperio. Respetado por sus amigos y temido por sus enemigos germanos, aquéllos y éstos le apodaron "el Germánico", "Germanus", que, con el tiempo, simplemente se apocopó en "Germán".

Germán, disciplinado y obediente, obedeció a su general, dejó a su familia y a su patria y partió a Inglaterra con su joven amigo Aurelio Artorius, de 15 años de edad, para que le ayudara a conseguir..., lo imposible: salvar la Britania romana de las hordas de pictos, anglos, sajones y escotos que se descolgaban por todas partes. Un soldado y su joven amigo y discípulo, contra miles de guerreros feroces, crueles y sedientos de sangre y botín...

Habían pasado algunos años desde que las legiones se habían marchado y el país estaba en el más completo caos. Las ciudades y villas eran saqueadas continuamente, las iglesias eran quemadas, los hombres eran asesinados, las mujeres ultrajadas y los niños eran vendidos como esclavos.

Los bretones tenían miedo, así que lo primero que hizo Germán fue recordarles lo que habían olvidado. A diferencia de sus enemigos que hacían sacrificios a dioses de madera, sedientos de sangre, el Imperio estaba consagrado a la religión del Dios que predicaba la hermandad y la justicia, capaz de vencer a la muerte y a toda destrucción. Germán, elocuente como era y obispo desde hacía años, además de soldado, tardó mucho tiempo en conseguirlo, pero pudo finalmente reunir unos cuantos cientos de bretones comunes y corrientes que formaron la última legión que nació en el Imperio Romano.

Partió Germán, junto con Artorius y sus hombres hacia las viejas fortalezas que antaño defendían las fronteras del norte, ahora abandonadas y semidestruidas. En el camino, conoció Artorius a una joven princesa bretonarromana, sabia y hermosa, llamada Güiniverea, de la comarca de Camulodonum, cuyo padre, señor de esas tierras, llamado Pendragón, obsequió a Germán y a Artorius con su hospitalidad.

Perdidamente enamorado de la princesa, Artorius prometió volver por ella cuando la guerra acabase y se consiguiera la paz. En prenda de su mutua promesa, Güiniverea regaló a Artorius una espada que había pertenecido al mismísimo Julio César, el conquistador romano de Britania. Los caliburenses, antaño los mejores fabricantes de armas del mundo, habían recibido del César el encargo de confeccionar una espada que hiciera invencible a quien la blandiera. Para ello, tomaron ferrita de un meteorito caído del cielo y la amalgamaron con el más seleccionado de los hierros. Y para marcarla con la pertenencia de su dueño, dejaron la siguiente inscripción en la filosa hoja: "Cai. Jul. Cae. Ensis Caliburnus" (es decir, "ésta es la espada caliburense de Cayo Julio César"). Pero cinco siglos de pátina del tiempo, sólo dejaban ver unas pocas letras de la inscripción: "E...s... Calibur…", de ahí que la famosa espada fuera conocida, simplemente, como "Excalibur".

Tras largas campañas, siempre enfrentando a enemigos poderosos y superiores en número, Germán y sus legionarios consiguieron restaurar el "limes", la frontera norte del Imperio en Britania. Durante treinta años de lucha incansable, Germán y Artorius defendieron la Britania e hicieron de Camulodonum una ciudad pujante y llena de vida.

Corría el año 476 y llegó la nefasta noticia: Roma finalmente había caído y estaba en manos de los bárbaros. En medio de uno de los tantos saqueos, murió la anciana esposa de Germán, a quien amaba tiernamente y con quien se escribían siempre. La locura de la úlitma guerra del Imperio, además, se llevó la vida de los ocho hijos de Germán y sus familias.

Envalentonados, los bárbaros atacaron la Britania de Artorius y Germán, que estaba muy triste, pero listo a cumplir con su deber. Anciano, enfermo y lleno de cicatrices de mil batallas, partió al frente de sus soldados a dar la última pelea de su vida.

Más de 60 mil sajones llegaban desde el norte. Germán y Artorius apenas reunieron 3 mil fieles soldados y se encerraron en la fortaleza de Camulodonum. Tras largos meses de asedio, la comida y el agua empezaban a escasear. Los soldados sobrevivientes estaban cansados y las enfermedades se propagaban entre los niños y los ancianos protegidos por las altas murallas de la ciudad.

Dispuesto a jugárselo todo, anciano, herido y enfermo, Germán se dirigió por última vez a sus hombres, siempre acompañado de su fiel y sabio Artorius:

“Legionarios de Roma—les dijo—, no necesito pedirles que sean valerosos, porque siempre lo han sido. Ni la gloria, ni el valor han pertenecido a su general; nada es de Germán: la gloria es de Dios y el valor está en vuestros pechos. Pero les voy a pedir un último servicio, una última victoria que nos traiga paz definitiva, cuando la muerte acosa a mi viejo cuerpo, que ya desea dejar libre a mi alma para acudir al banquete eterno de Jesús, junto a mis seres queridos.”

“El Imperio ya no existe, pero Roma nunca morirá. Vivirá en nuestros corazones y en los de nuestros hijos cuando les contemos su historia. Luchen, pues, por ese ideal que fue, que es y que será Roma. Y luchen también por sus hijos e hijas, padres y madres, esposas y amigos, hermanos y hermanas; por vuestros hogares, por todo aquello que habéis reunido con tanto esfuerzo. Por vuestro hogar y vuestra familia ¡Soldados, luchen por lo que aman y serán invencibles!”

Y, sabedor de que la mejor arenga es el ejemplo, Germán montó su caballo Genitor y se lanzó a la masa de miles de enemigos al grito de “¡Roma, Victoria!”. Inspirados, los soldados de Germán lucharon con espíritu de leones y fuerza de titanes. Los sorprendidos bárbaros, desconcertados, no pudieron detener las cargas y, derrotados, se retiraron al norte. Camulodonum y su gente habían sido salvados.

Pero al igual que muchos de sus soldados, Germán agonizaba, traspasado por multitud de heridas nuevas y viejas. Y sobre su cuerpo ensangrentado, hizo jurar a Artorius y Güiniverea que gobernarían Camulodonum con justicia y prudencia y preservarían todo lo bueno que podía dejarle el mundo antiguo al mundo nuevo que nacía: la poesía de Marcial, Lucano, Homero y Hesíodo; las fábulas de Esopo; la historia de Heródoto, Jenofonte y Tito Livio; la filosofía de Platón, Aristóteles y Séneca; las bellas artes; el derecho y la justicia; el mensaje de Jesucristo, con esa religión alocada, que predica que todos los hombres deben amarse como hermanos y que el mundo puede ser mejor, aunque en algunas épocas parezca un lugar perdido, destruido, decadente y oscuro.

La Iglesia Romana reconoció a Germán como santo y la leyenda recogió el nombre de Artorius como el del rey Arturo, a Güiniverea como la reina Ginebra y a Camulodonum como Camelot.

Tras llorar y enterrar a Germán en el sitio de la batalla, Arturo, de la mano de su amada Ginebra, se adentró en un lago cercano y enterró Excalibur en una piedra que sobresalía entre las aguas. Y juró dejarla ahí mientras su risueño reino se mantuviera en paz. Durante muchos años, Arturo y Ginebra gobernaron Camelot con justicia, prudencia y sabiduría, y legaron a sus hijos un rincón próspero y pacífico, por el que se derramó a raudales el amor que sentían mutuamente los reales esposos.

Hubo otras gestas y alguna vez Arturo y sus hijos tuvieron que retirar la espada de la piedra, dondequiera que el débil fuera oprimido, que la paz fuera amenazada o que la justicia fuera avasallada. Pero ésa es otra historia…

Frase de Hoy: Donde reina el amor, sobran las leyes. (Platón)

domingo 14 de mayo de 2006

Estamos Muy Preocupados




Ante todo, ofrezco a todos mis lectores unas sentidas disculpas. Es bien sabido que la excusa agrava la falta, pero he tenido trabajo hasta más arriba del paracaídas, como dicen en el Ejército y, sencillamente, no había tenido tiempo de sentarme a actualizar esta bitácora. En rigor, tampoco tengo mucho tiempo ahora, pero han sido tantos los que se han acercado en los últimos días a este humilde espacio de mis disparates, que ya me siento como el peor de las maleducados por no haber escrito.

En fin, aquí vamos otra vez.

Amigos, estamos muy preocupados. Estamos perplejos todos los que nos dedicamos a enseñar en algún nivel: básico, secundario o superior. Y llevamos hace demasiado tiempo este estupor. Algo muy malo está pasando: nuestros niños y jóvenes aprenden prácticamente nada en las aulas.

Hace ya algunas temporadas que empecé a enseñar en universidades e institutos profesionales. Les contaré (aunque supongo que para muchos no es novedad) que mis colegas y yo solemos comentar con inquietud que buena parte de nuestros alumnos llegan a la educación universitaria con enormes lagunas. Les cuesta un mundo expresarse por escrito y aun oralmente; más que errores, cometen horrores ortográficos; ignoran las nociones más elementales de la sintaxis; desconocen lo más básico de historia y geografía, mientras que de la filosofía y las demás ciencias humanas apenas conocen el nombre.

Recuerdo que hace cuatro o cinco años, mientras aplicaba una evaluación, uno de mis alumnos solicitó mi ayuda a propósito de una pregunta. Se le pedía que ordenara secuencialmente una serie de hechos históricos, entre ellos la caída del Muro de Berlín. Tras escasos minutos de inútil orientación por mi parte, me di cuenta de que su problema no era ignorar cuándo había ocurrido aquello; la fuente de su angustia estaba en que no sabía que había existido un Muro de Berlín...

Podría aburrirlos con un largo listado de experiencias similares y más de alguno pensaría: “bueno, es que las cosas humanísticas no son pasión de multitudes, pero las ciencias duras son otra cosa.” Lo siento, pero es también muy usual que una regla simple de tres, la sumatoria de los ángulos interiores de un triángulo o una división con decimales se conviertan en una pesadilla.
Huelga agregar, por último, que en un país como el nuestro, donde grandes cantidades de profesionales apenas hablan castellano, nuestros estudiantes son incapaces de elaborar la más simple frase en inglés o en cualquier otro idioma extranjero.

Desde luego, hay excepciones. Sin embargo, la regla general corresponde al penoso escenario que les he descrito. Si no me creen, echen un vistazo a las informaciones de prensa o a los sitios web relacionados con las tan comentadas pruebas internacionales, como TIMSS y PISA, por no hablar del ya tristemente célebre SIMCE criollo o la PSU.

¿Qué está pasando? ¿Falta dinero? Quizá, pero el factor de recursos económicos no explica el desastre (sí, desastre) por sí solo. La Concertación ha invertido en educación como nadie y la educación nunca ha estado peor en la historia republicana. Por lo demás, si alzamos la vista más allá de la cordillera que nos dio por baluarte el Señor y del mar que tranquilo nos baña, la conclusión tampoco pasa por disponer de más o menos plata.

Por ejemplo, Luxemburgo fue el país europeo peor situado en los resultados de las pruebas internacionales del 2002, aunque presenta el PIB per cápita más alto del mundo; en otras palabras, es el país más rico del planeta, pero sus estudiantes son los más ignorantes de la vieja Europa. De los países desarrollados, el peor situado es Estados Unidos, que sigue inmediatamente a Luxemburgo en términos de producto (35 mil dólares). Alemania, en tanto, el motor económico de la Unión Europea, con una PIB per cápita de casi 24 mil dólares, es superado en conocimientos científicos por Hungría, un Estado en vías de desarrollo, que hace apenas quince años se reintegró al mundo, tras deshacerse de la peor tiranía que ha ideado jamás el ser humano.

El país mejor evaluado es Japón y podría uno pensar que, dadas las cifras macroeconómicas del Imperio del Sol Naciente, la relación entre dinero y resultados es directamente proporcional. No obstante, la teoría se desmorona cuando comprobamos que el segundo lugar lo ocupa Corea del Sur, seguida de Finlandia. El PIB per cápita de los coreanos no llega ni a la mitad del de los alemanes o luxemburgueses y, si bien el de los fineses es casi tan alto como el los teutones, sus espectaculares resultados económicos son demasiado recientes como para explicar sus índices educativos sobresalientes.

En realidad, no he descubierto nada nuevo. Nadie ha afirmado jamás seriamente que el aumento en el gasto signifique mejores resultados (aunque los ministros, muy amigos de las estadísticas inútiles, lo sugieren para las audiencias televisivas). Si tengo más dinero —puede pensarse—, lo natural es que invierta más y, por tanto, que me vaya mejor. No señores, falso; las cifras son elocuentes otra vez: Estados Unidos gasta anualmente más de 7.700 dólares por alumno en niveles de primera enseñanza, mientras que Corea no llega a los 3.600 (en dólares indexados, de acuerdo con la paridad de poder adquisitivo); Suiza destina a dicho ítem casi 10 mil dólares, pero es largamente superada por Irlanda, que apenas se acerca a los 4 mil.

Es claro a estas alturas que el problema no está en aumentar el presupuesto. Debemos buscar otras explicaciones.

A la hora del análisis de otros factores, como el sueldo de los profesores o las horas de clase, hallamos paradojas muy parecidas a las ya mencionadas. Tampoco debe tratarse de recursos materiales e infraestructura. Quizá en los colegios que atienden a niños y jóvenes bajo la línea de la pobreza, la carencia de recursos técnicos en las aulas puede haber incidido, así como el hecho de provenir de barrios hostiles o familias disfuncionales.

Cabría suponer, entonces, que los alumnos extraídos de sectores medios y altos, deberían llegar bien preparados, pero todo profesor universitario (sus discípulos provienen mayoritariamente de este segmento) sabe que no es así. Estos jóvenes nunca han pasado frío o hambre, fueron criados con cariño y como ninguna generación antes que ésta, han tenido a su disposición medios audiovisuales y textos abundantes y de buena calidad. En efecto, estos avances sorprendentes eran algo de cuya existencia mi generación (y no soy tan viejo, tengo 30) no sospechaba.

“Siempre negativo este tipo —dirán ustedes—, si no se queja por los abortos, la guerra o la contaminación, viene con los problemas educacionales; constantemente quejándose, nunca proponiendo nada.” Concedido, a veces puedo ser un poco negativo, así que veamos si consigo hilvanar un par de ideas constructivas.

Hay que partir por recuperar a los buenos profesores. Las escuelas de pedagogía deben esforzarse por captar a los mejores. Para que eso ocurra, deben conseguirse tres cosas. Primero, las facultades deben dotarse con los mejores docentes, ojalá, personas dedicadas vocacionalmente y a tiempo completo a la enseñanza y a la investigación académica.

Segundo, resulta indispensable un aumento generalizado en las remuneraciones de los profesores básicos y secundarios. Tenemos claro que nunca un profesor se hará rico, pero deben tener sueldos dignos y, sobre todo, deben pagárseles apropiadamente las horas de estudio y corrección de evaluaciones.

Tercero, la sociedad debe mirar otra vez a los profesores con el respeto y, me atrevería a decir, la veneración que les profesaba la generación de nuestros padres y abuelos. Tal vez fue mala idea masificar la enseñanza de la pedagogía. Es verdad que antes educábamos sólo a la elite, pero también lo es que ahora agregamos al pueblo a las aulas, pero no le enseñamos casi nada... y también perdimos a la elite.

Bajo condiciones profesionales justas, debidamente supervisadas por las autoridades, creo que es posible que los profesores nos devuelvan esa educación de excelencia que hizo célebre a Chile en la América austral. Estoy de acuerdo con la evaluación docente, siempre y cuando se extiendan mecanismos de medición para las numerosas escuelas nuevas de educación y se mensuren, asimismo, las condiciones de trabajo, pago e infraestructura de muchos colegios que, cobrando cifras astronómicas de matrícula, dejan mucho que desear en el servicio que prestan y en la forma en que tratan a sus profesores y trabajadores.

Estas no son recetas, son sólo ideas de un lego en educación, aunque sospecho que iniciativas como éstas podrían resultar útiles incluso para los países desarrollado, que también deben estar inquietos y tal vez más que nosotros.

Sólo tomándonos la educación en serio, podremos reencantar al alumno de pedagogía y convencerlo de que no hay tarea más noble que recibir un niño o niña y hacer de él o ella un hombre o mujer de bien, al servicio de su patria y de sus semejantes. Y de que vale la pena vivir esa labor con la fogosidad del apóstol, porque, insisto, por mucho que arreglen los sueldos, nunca conoceremos maestros millonarios y no tendríamos por qué conocerlos tampoco. Enseñar es y será siempre un apostolado.

Todavía recuerdo con cariño algunos profesores que me inspiraron para estudiar y, en general, para ser un mejor hombre. Así como trato de olvidar algunos que me alejaron para siempre de algunas disciplinas. No quiero generalizar, pero siempre he sospechado que mis profesores de matemáticas, física, química y biología, en demasiadas ocasiones, casi se empeñaban en que detestara las ciencias duras.

Bueno, finalmente, no olvidemos a las familias. El ambiente de los niños y jóvenes, en lo inmediato, no es sólo la escuela, es también su hogar. No podemos consentir que los padres sean figuras ausentes. Siempre tiene que haber tiempo y energía para estar con los hijos, aunque uno este cansado; para conversar con ellos y ayudarlos a estudiar. No puede ser que muchos lleguen del trabajo nada más que a esgrimir el control remoto (¡cómo me desagrada la televisión!) o a dormir. Los hijos y la familia están primero; a no olvidar que, como alguien dijo, tener un hijo no te convierte automáticamente en padre, así como tener un piano no te convierte automáticamente en pianista.

Hago un llamado a todos los padres para que los más jóvenes nos vean esforzarnos con alegría en nuestro trabajo y aprovechar el tiempo libre, aunque sea parcialmente, en aumentar nuestra cultura con lecturas edificantes. Ojalá todas las casas dediquen grandes espacios a los libros, porque los niños aprenden, sobre todo, con los buenos ejemplos. Y, de pasada, exijo nuevamente que los libros estén exentos de todos los impuestos.

Eso es, ya no los aburro más, pero como ahora escribo tan poco aquí y este asunto es relevante, me pareció que podían excusarme si me extendía mucho.

Frase de Hoy:
El que sabe y sabe que sabe, es un sabio; seguidle.
El que sabe y no sabe que sabe, está dormido; despertadle.
El que no sabe y no sabe que no sabe, es un necio; evitadle.
El que no sabe y sabe que no sabe, es un niño; enseñadle.
(Versos atribuidos a Mahoma)

sábado 25 de marzo de 2006

Código Da Vinci: Una Historia Disfrazada de Historia


Amigos todos, he estado muy lejos de la blogósfera en los últimos meses. Y es que sencillamente no he tenido el tiempo de hacer otra cosa que no sea trabajar. Estoy feliz, no me quejo, me encanta mi trabajo; pero sin duda cuando es intenso, no deja mucho espacio para otras actividades.

Pero estoy de vuelta y como es usual conmigo, con alguna controversia. Qué quieren, soy un rebelde. Como dice la frase: el pez muerto es el único que no nada contra la corriente. Pues contra la corriente nadaré, si se trata de defender lo que honradamente creo que es la verdad y el bien.

Vamos viendo, entonces.

Me precio de ser un buen lector. Leo mucho, porque me gusta y, además, porque es parte fundamental de mi trabajo. Generalmente, leer no constituye un esfuerzo y hasta donde recuerdo, nunca he dejado una lectura a la mitad, por densa que pudiera ser.

Eso fue así hasta que, hace algunas semanas, empecé a dedicar parte de mi escaso tiempo libre a la lectura del Código da Vinci. No fue fácil avanzar en dicho libro. Fue una tarea titánica contener las náuseas y resultó derechamente imposible evitar prolongados bostezos. Pero pensé que con el estreno de la película en pocas semanas más, era mi deber informarme, para ser capaz de opinar con elementos de juicio suficientes.

Pero no tengo mucho tiempo libre, tengo toneladas de trabajo y definitivamente cualquier actividad es más útil que leer a Dan Brown, ese pobre y triste imitador de segunda categoría del gran Umberto Eco. De manera que, al llegar a la página 269, decidí que ya poseía suficiente información como para concluir que el Código da Vinci es uno de los peores libros que han caído en mis manos.

Por otro lado, como soy un tipo metódico para trabajar la información, fui fichando las abundantes mal interpretaciones, errores, medias verdades y mentiras contenidas en el susodicho texto. Así que al tener llenas de fichas una docena de páginas, me di por satisfecho con ese gran esfuerzo que fue avanzar por esas páginas soporíferas y repletas de prejuicios e ignorancia.

Escribir un libro malo, no es reprochable, estamos claros. Pero prostituir la literatura para hacer propaganda negra barata, sí que lo es.

En ésta y otras clases de tribunas, son muchos quienes se sorprenden por la discusión generada en torno al libro. Argumentan que criticar al libro por sus aberraciones disfrazadas de investigaciones, consiste en confundir la ciencia histórica con la mera apreciación artística de una obra literaria. Es ficción, concedido. Pero escuché un planteamiento muy inteligente hace algunos días: ¿qué pasaría si alguien escribe un libro o produce una película, donde se relata la historia de Sony Pictures (realizadora del filme) como una banda de narcotraficantes y asesinos, que encubren sus ilícitos con la farándula hollywoodense? ¿Se conformarían con un “disculpe, pero es sólo ficción”?

Por tanto, el problema no pasa por confundir una novela (pésima, insisto) con un libro de historia. Me queda claro que el autor, Dan Brown, no es un historiador. Eso fluye de la profunda ignorancia de la que hace gala en su obra. De muestra un botón de ignorancia prejuiciosa: el malo de la película, Silas, es un monje del Opus Dei que va por la vida matando gente, por orden de un obispo. Curiosa la elección del autor, porque en el Opus Dei hay curas y laicos... pero ni un solo monje. Sospecho que Mr. Brown no conoce la diferencia entre uno y otro o no dispone de la más mínima información sobre lo que es el Opus Dei.

El resto del somnífero es la elaboración de una poco ingeniosa teoría conspirativa, que rescata aspectos pueriles de una serie de leyendas medievales sobre el Santo Grial y María Magdalena, que están en la misma línea que el ciclo del Rey Arturo, la Santa Redoma y la dormición de Federico Barbarroja. En un libro de historia de cualquier medievalista francés serio, no es posible encontrar ningún dato sobre la supuesta historia de Da Vinci, la Última Cena y María Magdalena-San Juan. Vayan y vean, consulten las numerosas obras de Bloch, Lefevbre, Le Goff, Braudel, Pirenne, Marrou, etc. Verán que no miento. Desde luego, eso implica trabajo e investigación, cosa que un ignorante como Dan Brown no sería capaz hacer. De modo que este sujeto, simplemente, inventa una mala novelita y la disfraza con harapos, tratando de asemejarlos a las venerables vestiduras de la ciencia de la que Heródoto es padre y Clío es musa. En suma, es una mala historia, disfrazada de Historia.

Aceptando que estamos ante ficción, ha de aceptarse igualmente que la literatura es, muchas veces, un poderoso testimonio (falso, en este caso) de lo que son los hombres, sus afanes y sus épocas. No se trata de relatar en una novela con exactitud los hechos históricos, pero puede pretender reflejarlos y emitir juicios sobre sus protagonistas. Lo mismo pasa con el cine y el teatro, que bajo inocentes formas de arte, han actuado como aventajados medios de propaganda en diversos momentos y latitudes.

Dan Brown se sirve de la muy utilizada herramienta de atacar las figuras de autoridad, con el expediente de esparcir falsedades y medias verdades sobre respetables instituciones, en este caso, la Iglesia. Es sabido que la invención de teorías conspirativas es muy útil para aumentar las ventas, al menos cuando se trata de capturar la atención del público poco ilustrado. No me extraña que la estrategia tenga éxito en un país como Chile, donde el pobre uso del lenguaje demuestra que leemos poco o nada. Por lo mismo, no me extrañaría que, cuando se estrene la película, las salas de cine se llenen.

El Código da Vinci, bajo la apariencia de un pésimo libro, no es otra cosa que una andanada de calumnias y falsedades dirigidas contra la Iglesia, en especial contra el Opus Dei, prelatura que desde su mismo nacimiento ha sido víctima de los más despiadados e injustificados ataques. En sí mismo, no le puedo reprochar al señor Brown querer vender su libro, pero es inaceptable servirse de la mentira y el insulto para ello.


Frase de Hoy: Un vaso medio vacío de vino es también uno medio lleno, pero una mentira a medias, de ningún modo es una media verdad (Jean Cocteau)

lunes 6 de febrero de 2006

Los Dibujitos de la Ira


En los últimos días, hemos presenciado la rampante controversia causada por la publicación de doce caricaturas de Mahoma, el profeta del Islam, en el diario danés Jyllands-Posten y su posterior reproducción en otros medios impresos, especialmente europeos. Por razones que no vale la pena discutir aquí, los dibujitos de la discordia fueron originalmente exhibidos en septiembre del año pasado, pero la escalada de manifestaciones violentas en el mundo musulmán recién estalló en los últimos días. Representaciones culturales y diplomáticas atacadas, ciudadanos de los países involucrados amenazados, y ese largo etcétera de la violencia religiosa, han sido el triste balance de la disputa. La mala suerte ha querido que incluso nuestra embajada chilena en Damasco compartiera edificio con las legaciones sueca y danesa, incómoda vecindad que la convirtió en blanco de los airados mahometanos, que la incendiaron junto con las dependencias de esas naciones escandinavas.

He preferido no exhibir en este espacio copias de las caricaturas. Cualquiera, navegando en la red, puede hallarlas. Sólo para ejemplificar su tenor, describiré algunas: una efigie del Profeta con un turbante en forma de bomba, una imagen del mismo con cuernos en la cabeza y una viñeta en que Mahoma se apresura a advertir a unos musulmanes que llegan al Paraíso, que no entren, porque se han quedado sin vírgenes.

Si nos atenemos al aspecto estrictamente jurídico positivo, es posible sostener que las caricaturas son inobjetables. Pero la cuestión crucial no tiene que ver con el ordenamiento legal; en otras palabras, no se trata de determinar si las leyes nacionales y los tratados internacionales restringen o permiten el insulto de las creencias religiosas de una comunidad humana determinada.

Debemos apelar, pues, a la ética periodística, a la formulación doctrinaria de la libertad de expresión y, por último, pero no menos importante, al sentido común y a la prudencia responsable que implica esa libertad.

La libertad de expresión es una de las bases de la institucionalidad democrática. Es muy sugerente que los griegos, precursores de nuestras modernas libertades, raramente utilizaran la expresión demokratía para referirse al sistema de gobierno ático. El régimen de Pericles se definía a sí mismo mediante otras dos expresiones: isonomía, es decir, igualdad de prerrogativas, e isegoría, es decir, el derecho de expresarse libremente en la asamblea de ciudadanos, la Ecclesia, sin temor a represalias.

Desde sus orígenes, pues, las libertades occidentales han estado asociadas al derecho a opinar. Sin embargo, todos los privilegios y libertades, bien entendidos, comportan deberes y límites. La libertad de expresión, entendida como un derecho natural, implica un importante deber correlativo inscrito en la Ley Moral Natural, consistente en que no es lícito decir lo que a uno se le antoje.

La pregunta, entonces, que debemos hacernos como ciudadanos y, en nuestro caso, como periodistas, es la siguiente: ¿la libertad de expresión nos da derecho a insultar a otras personas? Y, más específicamente, ¿nos autoriza a denigrar los valores y los sistemas de creencias distintos a los nuestros?

Mi respuesta es un rotundo ¡NO! Cuando se trata del honor de las personas, el asunto está mejor zanjado. Casi todas las legislaciones reconocen el derecho de una persona ofendida por un medio, a recurrir a los tribunales para que se repare el daño a su imagen. Desde luego, muchas veces esa imagen queda injusta e indefinidamente menoscabada, pero ese es otro asunto.

Pero cuando el ataque va dirigido a instituciones, valores o colectivos, nos hallamos caminando sobre terreno resbaladizo, porque el tratamiento legislativo es más vago. En tal punto, pues, la argumentación ha de ser ética. El humor relativo a la contingencia política o social, en sí mismo es lícito. Desde siempre se ha utilizado como un arma doctrinaria poderosa que, guardando las formas y respetando el fondo, es legítima.

No obstante, en muchas ocasiones, la caricaturización del adversario ideológico se nos aparece como un ejercicio burdo de descalificación, cuando la batería argumental se agota. Por ejemplo, Michelle Bachelet tiene muchos defectos como líder político y está lejos de parecerme idónea para desempeñar la Presidencia, pero siempre me ha parecido ilegítimo que la llamen gordis. Primero, porque quien usa ese epíteto, por pereza intelectual, ha preferido utilizar el lugar común y apelar a una característica física que nada tiene que ver con las cualidades personales que uno espera de un mandatario. Segundo, porque es una vulgaridad que no se le dice a una mujer. En resumen, es indigno de un periodista o un contradictor serio y, además, resulta impropio de un caballero. Como le escuché una vez a Pedro Carcuro, “nunca hay que hacer como periodista, lo que uno no haría como caballero.”

En el caso de las caricaturas de Mahoma y, en general, siempre que se trata de reírse de las convicciones de otras personas, el problema es similar. A falta de argumentos, la sátira se convierte en el arma fácil del ignorante o el cobarde. Los periodistas que publicaron esos dibujos han hecho gala de una profunda ignorancia de la cosmovisión musulmana. Es, al igual que el Cristianismo y el Judaísmo, un llamado a la fraternidad de los hombres. A su modo, que es distinto al nuestro, pero no por eso menos valioso. Podemos sostener que es menos verdadero, pero no menos valioso y respetable, insisto.

Quienes han publicado y defendido esas viñetas olvidan que denostar las creencias religiosas de otros, significa denigrar su alma, ese sagrario del hombre, donde se guardan sus afectos, sus amores, su relación espiritual con sus semejantes y su vinculación con Dios. En otras palabras, es como decir: “tus creencias son inferiores a las mías, hasta el punto que dan risa; tú eres inferior a mí, hasta el punto que eres ridículo.”

Práctica comprobadamente peligrosa, por lo demás, que abre las puertas a otras atrocidades. Los nazis utilizaron profusamente la caricaturización de los judíos, como arma propagandística, para insertar en el imaginario colectivo la imagen del judío tacaño, miserable, egoísta, aprovechador y desleal. Los regímenes socialistas hicieron algo parecido con sus enemigos: el kulak chupasangre, el burgués explotador, el religioso que aliena al pueblo. Y ya vimos en qué terminaron esos experimentos: el Auschwitz alemán, el GULAG soviético, el Ploesti rumano y La Cabaña cubana. Por último, pretender enfrentar el integrismo islámico ridiculizándolo como algo inferior, es caer en su juego, en tanto los extremistas musulmanes (que son una minoría de los musulmanes) realizan sus barbaridades en cuanto estiman que los principios del Islam son superiores a todos los demás.

Además de estas razones éticas y doctrinarias, las caricaturas de Mahoma son irresponsables e imprudentes, dada la presente coyuntura en las relaciones entre Occidente y el mundo islámico. No me trago ese placebo del Choque de Civilizaciones; es una torpeza simplona y nada tiene que ver aquí. En artículo publicado hace algunos meses en este mismo espacio, explico mi posición al respecto (http://senadorleon.blogspot.com/2005/07/el-porqu-de-londres.html).

Y, sin embargo, aunque no presenciamos un choque de culturas, los recientes atentados en Nueva York, Madrid y Londres aconsejan prudencia. Aunque probaran que toda mi argumentación es errónea, subsiste el peligro de desatar una represalia sangrienta que, seguramente, no será sufrida por el descriteriado que diseñó y publicó los chistecitos. Como siempre, pagarían los inocentes.


Toda libertad, especialmente la libertad de prensa, encierra una grave responsabilidad. Las consecuencias de un artículo, un reportaje o, en este caso, una caricatura irreflexiva, pueden ser insospechadas. Si no me creen, pregúntenle a nuestro embajador en Damasco. Como dijo Masaryk: “la libertad no es más que el derecho que tiene cada hombre de cumplir con su deber.”
En conclusión, no se trata de si una torcida interpretación legal nos da el derecho de insultar a las personas, sólo porque son distintas o creen en cosas diversas. Es de sentido común que está mal, que es ilícito, que es ilegítimo insultar al resto, así como es de sentido común que resultaba especialmente peligroso hacerlo, en este preciso momento, con la religión musulmana. Pero, como escribió Chesterton, por desgracia, el sentido común “es el menos común de los sentidos.”



Frase de Hoy: Concede a tu espíritu el hábito de la duda, y a tu corazón, el de la tolerancia. (Georg Christoph Lichtenberg)

jueves 19 de enero de 2006

Yo Acuso


Yo Acuso, fue el título de un escrito publicado por Émile Zola en 1898, en que denunciaba la perversa persecución del gobierno francés de la época, contra el capitán Alfred Dreyfus, injustamente acusado de traición. Ante el vergonzoso estado de cosas y amparado por el derecho a petición y por la libertad de expresión, reconocidos por la Constitución Política de la República de 1980, protesto como sigue:

Yo acuso al actual gobierno de promover un GENOCIDIO mediante la distribución de la píldora del día después. Son directamente responsables la actual Presidenta electa, como ex ministra de salud, y el actual Presidente de la República. Uno y otro han aclarado que el asesinato masivo de niños en el vientre de su madre, va a continuar.

Yo acuso al Gobierno de la República de no dar debida cuenta de numerosos casos de corrupción sin aclarar ¿En qué quedaron las investigaciones del MOP? ¿Quién explica el sospechoso cierre de Cerrillos? Y esto, sólo por citar dos, entre numerosos ejemplos.

Yo acuso a los medios de comunicación de una obsecuencia servil ante un gobierno que ha llegado a límites de corrupción desconocidos en Chile. Los medios, lamiendo las botas de la coalición gobernante, han renunciado a su deber sagrado de salvaguardar el ámbito público. Después de canonizar al actual Presidente, siguieron mansamente las indicaciones de las autoridades, para inventar la candidatura de una persona claramente incapaz de ejercer la Primera Magistratura, quien sólo se distingue por su sexo.

Yo acuso a los parlamentarios de gobierno y especialmente a los de oposición, de mantenerse enfrascados en una lucha feroz por obtener cuotas de poder, en vez de cumplir con su obligación constitucional de fiscalizar la administración pública. En el mejor de los casos, su silencio es negligente; espero que no sea culpable.

Yo acuso al Gobierno y a los tribunales de incumplir deliberadamente su deber de proteger a los ciudadanos de la amenaza delictiva. La misma noche en que la Presidenta electa celebraba su triunfo, tuve que renunciar al descanso; en vez de dormir, tuve que vigilar mi casa, porque un asaltante había entrado a la residencia de una vecina y Carabineros estuvo buscándolo hasta la madrugada, sin éxito. Parece que los únicos ciudadanos que reciben sanciones en los tribunales, son los que han llevado uniforme; para el resto, hay impunidad.

Yo acuso a la Presidenta electa de poner en grave riesgo el orden político del país, mediante la propuesta de un sistema electoral proporcional. Está comprobada su ineficiencia, así como está comprobada la eficacia del actual mecanismo binominal, en términos de garantizar estabilidad.

Yo acuso a la Concertación de establecer una alianza táctica con el Partido Comunista. A cambio de unos cuantos votos, la coalición gobernante ha accedido a la modificación electoral recién apuntada y se ha asociado con un movimiento que ha sido el responsable directo de los peores crímenes en la historia humana y de la crisis institucional más grave en la historia de Chile.

Yo acuso a la oposición de desgastarse en luchas inútiles por conservar las migajas de poder que le deja el Gobierno. Su miopía y pusilanimidad los ha condenado a un permanente y merecido segundo lugar. Preocupados de sus propios cuoteos, han dejado de garantizar la vigilancia del Gobierno y han puesto en grave riesgo el fundamento democrático de la alternancia del poder.

Yo acuso a la clase política de preocuparse más de las elecciones que de la grandeza de Chile.

Yo acuso a los ciudadanos de ceguera al elegir a las autoridades y de renunciar a su derecho a indignarse y a manifestarlo.



Frase de Hoy: Para que triunfe el mal, sólo es necesario que los buenos no hagan nada. (Edmund Burke)

martes 20 de diciembre de 2005

Coloquio con el Niño de Belén


¿Qué haces Tú, Niño Dios, que eres Rey, en un rinconcito tan discreto de tu Creación? Los reyes nacen en palacios, rodeados de boato, ceremonias, cortesanos y guardias de honor. Viven en amplísimas habitaciones, departen en salones brillantes, bien iluminados y adornados con elegancia.

¿Por qué escogiste un pesebre? ¿Por qué Tú, especialmente, lo has querido hacer así? Tú, que entre los reyes, eres el Rey. Que tu poder y eminencia convierte en nada a las potencias del hombre. Que haces que cualquier otro Rey aparezca como menesteroso.

Eliges un establo, un lugar destinado a los animales de tiro y labranza, frio, oscuro, maloliente, desprovisto de toda comodidad y belleza. Tu primera lección de Gran Rey, tal vez, es la humildad de quien se sabe lo que es, no importando dónde esté.

Y la segunda, tal vez, es un llamado de esperanza. Has venido para que te reciban los corazones buenos, limpios y virtuosos, como un palacio. Pero, sobre todo, has llegado para irrumpir en los que tenemos el corazón impuro, los que tenemos un establo sombrío y polvoriento en medio del pecho. Los cobardes, los traidores, los desesperados, los desleales, los perdedores, los solitarios, los egoístas, los débiles. Si los buenos pueden representarse en los pastorcillos y los Magos, nosotros podemos vernos en los animales de granja que torpemente, según su instinto inconsciente, procuraban darte lo único que podían regalarte en esa Nochebuena de hace 2000 años: su aliento, que en algo contrarrestaba el frío de la noche de Judea.

Los que, llamados a ser pastores y magos, nos hemos convertido en asnos y vacunos, te pedimos humildemente que ilumines con tu presencia, la oscuridad del establo sucio e indigno de nuestros corazones.

Y éste que aquí te escribe, uno de tus asnos, tonto, desobediente, desatinado, tardo, descuidado, infiel, egoísta, flojo, cobarde y poco perseverante, quiere pedirte que cojas sus riendas, para que lo conduzcas el resto de su vida, hacia los palacios en donde habitan los corazones luminosos de los hombres de buena voluntad. Porque este asno tuyo, que te ha fallado en todo, sigue amándote, aunque no siempre lo demuestre y sea un mal siervo; y te pide que lo ames más todavía, en la hora en que menos lo merece.

Y como no tengo nada más que ofrecerte, Niño Dios, te regalo lo único que sé hacer bien: algunos versos de mi pluma torpe, para que tú y cuantos lo deseen puedan leer lo que te pido en esta oración, que malamente convierto en poesía:



Este día, esperado Señor,
por milagro de tu amor infinito,
para enmendar nuestro error,
te volviste Niño pequeñito.

Siendo Rey te hiciste esclavo,
siendo todo te haces nada;
es tu palacio un establo
y tu guardia real, una yugada.

A tu corte real son invitados
un par de asnos de carga,
tres corderos trasquilados
y una yegua de crines largas.

Junto a su madre, unos potrillos
contemplan la Nochebuena,
y unos cuantos pastorcillos
observan la magna escena.

Los más humildes animales,
de los hombres despreciados,
en tu casa son principales,
como nobles y potentados.

Ya que glorificaste, mi Niñito,
tan modesto rincón;
si yo, tu siervo, hoy te invito,
¿Vendrás a mi corazón?


Frase de Hoy: Paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad (Evangelio según San Lucas, 2.14)