sábado, 15 de abril de 2017

Hace 100 años. 16 de abril de 1917. Primera Guerra Mundial. La Ofensiva de Nivelle

Hace 100 años
16 de abril de 1917
Primera Guerra Mundial

La Ofensiva de Nivelle

La declaración norteamericana de guerra desencadena las reacciones diplomáticas de los aliados de Alemania y Estados Unidos. Bulgaria rompe relaciones con Washington el 10 de abril de 1917, mientras que Brasil y Bolivia rompen con Alemania entre el 11 y el 13. Cuba y Panamá habían declarado la guerra al “Reich” el 7 de abril, un día después de los norteamericanos. Estados Unidos pronto se convierte en el actor clave de la Entente, que consiste en un conglomerado mucho más amplio y activo que los Imperios Centrales, estructurados en torno al potente, pero acorralado, liderazgo alemán. Entre 1914 y 1916, Alemania se había convertido en adversario de todos los grandes imperios coloniales europeos, con la sola excepción de Holanda, que se mantuvo neutral. También estaba en guerra con Japón, China y Rusia. Con el ingreso de Estados Unidos en guerra, gran parte de Latinoamérica, bajo creciente influencia norteamericana, se convertía en territorio hostil para Berlín. Muy pronto, el Káiser debería hacer frente a una gigantesca coalición que, desde todos los continentes, estaba coordinada para conducirlo a la derrota, junto con sus debilitados aliados.

Con el final del invierno, mejora el clima y el terreno vuelve a ser apto para las ofensivas. En el Frente Occidental, los hombres dejan nuevamente las trincheras, para aventurarse en el infierno de la “tierra de nadie”. Desde el 9 de abril, los británicos han estado atacando las líneas alemanas en el sector de Arrás, como apoyo preparativo de lo que será el gran ataque de la primavera boreal de 1917, que pasará a la historia con el nombre de Ofensiva de Nivelle.

El general Robert Nivelle se convirtió en el nuevo Comandante en Jefe francés el 16 de diciembre de 1916. Su capacidad para inspirar confianza en sus subordinados, sus buenas relaciones con los políticos y, sobre todo, sus éxitos como jefe durante la Batalla de Verdún, convencieron al liderazgo parisino de que podía ser el hombre capaz de romper el empate del Frente Occidental y obligar a los alemanes a negociar la paz. Nivelle tenía menos poder del que gozó su predecesor, Joseph Joffre. El nuevo jefe no tenía control sobre el Frente de Salónica y estaba mucho más sujeto al Ministerio de Guerra en la toma de decisiones, pero podía contar con el apoyo del ministro Hubert Lyautey y consiguió imponer su plan para lanzar una gran ofensiva contra las trincheras alemanas. Según sus cálculos, la defensa alemana debería colapsar en un lapso de 48 horas y lo siguiente consistiría en perseguir a los derrotados alemanes hacia su propia frontera.

Durante la Batalla de Verdún, Nivelle fue el responsable de la reconquista de los fuertes de Vaux y Douaumont (o de lo que, para entonces, eran sus ruinas). Cuando sus tropas estaban al ataque, el alcance de la artillería era permanentemente ajustado, para mantenerse siempre un poco por delante del avance de la infantería, que conseguía llegar hasta las posiciones enemigas, ante de que sus ocupantes tuvieran tiempo de recuperarse del bombardeo y, por tanto, pudieran disponer la defensa de manera apropiada. Nivelle estaba convencido de que  esta técnica podía aplicarse a gran escala en todo o gran parte del frente.

Como Nivelle también ejercía mucha influencia en el Gobierno Británico, pudo convencer a todos de su plan, aunque muchos siguieron dudando de cálculos tan optimistas. Nivelle tuvo el decidido apoyo del Primer Ministro británico, David Lloyd George, pero muchos generales consideraban que avanzaban hacia la derrota. Al final, se generó una fuerte disputa entre el liderazgo civil y militar, que trascendió a la esfera pública, de modo que las futuras colaboraciones entre los aliados de la Entente se harían más problemáticas. Nivelle, muy confiado, no se preocupaba demasiado de los conflictos al interior de los gobiernos, pues esperaba que, con su ofensiva, ganaría la guerra.

A simple vista, el plan tenía cierta lógica. El Frente Occidental, con el correr de más de dos años de lucha, se había convertido en una línea serpenteante, llena de salientes. Para quien defiende, el principal peligro de una saliente es quedar rodeado por tres costados. Ambos bandos debían defender muchas salientes, pero los alemanes estaban a la defensiva en abril de 1917, de modo que el peligro para ellos era mayor, en principio. La saliente más extensa corría desde el río Somme, donde los británicos habían empeñado su gran ataque de 1916, hacia el río Oise, en el sur, para prolongarse luego hacia el sudeste, siguiendo la línea del Canal Aisne. Era un sector lo bastante grande como para concentrar y preparar un gran ejército por los franceses y, al mismo tiempo, estaba dispuesta de modo que los británicos pudieran prestar considerable apoyo, sin correr demasiados riesgos.

El esfuerzo principal del ataque estaría dirigido a través del Canal Aisne, donde una ruta, llamada “Camino de las Damas” (“Chemin des Dames”), se internaba en dirección noreste, hacia territorio ocupado por el Ejército Alemán. Cuatro ejércitos, frescos y descansados, organizados como el Grupo de Ejércitos de Reserva, se encargarían de este sector del frente. Los británicos, desde el día 9 de abril, habían estado presionando a los alemanes desde su propia saliente, alrededor de Arrás, atacando desde el este, generando una distracción para los defensores, que permitiría a los franceses golpear por sorpresa en el Aisne. En tanto, los franceses, con su Grupo de Ejércitos Norte, golpearían toda la línea alemana entre el Somme y el Oisne.

En el papel, parecía sencillo y los franceses querían creer que esta vez se cumplirían las promesas del Comandante en Jefe: el Ejército Alemán colapsaría en 48 horas y Francia no sufriría más de 10.000 bajas. Nivelle, excelente relacionador público, consiguió contagiar su optimismo a gran parte del país y, por unos pocos días, París revivió el entusiasmo del que había sido escenario en 1914.

El 16 de abril, en la madrugada, el “Groupe d'armées du Nord” y el “Groupe d'armées de Reserve” iniciaron su ataque, consiguiendo algunos avances prometedores durante las primeras horas. Antes de que pasara mucho tiempo, sin embargo, la Ofensiva de Nivelle se sumaría a la montaña de intentos fallidos por romper el sangriento equilibrio del Frente Occidental.

En la fotografía, oficiales alemanes posan a la salida de un refugio de comandante (“Unterstand der Kommandant”), entre las ruinas de la ciudad de San Quintín, en la zona del Aisne, Francia. Se puede apreciar el devastador efecto de la batalla en las zonas urbanas del norte de Francia.




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Hace 75 años. 16 de abril de 1942. Segunda Guerra Mundial. Anton Schmid: luz en medio de la oscuridad

Hace 75 años
16 de abril de 1942
Segunda Guerra Mundial

Anton Schmid: luz en medio de la oscuridad

La campaña aérea sobre Alemania es cada vez más compleja para la “Luftwaffe”. El 10 de abril de 1942, 254 aparatos de la “RAF” dejan caer su carga mortal sobre Essen, en Renania. El 12, los británicos hacen acto de presencia otra vez sobre Essen y concentran sus bombas en la planta de Krupp. En general, el objetivo de los bombardeos es industrial o militar, pero es inevitable que siempre se produzcan decenas de bajas entre los civiles. La “Luftwaffe” responde el 13 de abril con ataques sobre Portland, Weymouth y Grimsby, en la costa sudeste de Inglaterra. El 14 de abril, Hitler ordena a su aviación que bombardee el Reino Unido con énfasis en ciudades de importancia artística o histórica. Los alemanes aún pueden responder, pero no tienen capacidad de sostener una campaña aérea de alcance estratégico, a diferencia de los británicos y estadounidenses que tienen el equipo adecuado y disponen del mismo en número más que suficiente.

En estos días de abril, se vive el epílogo de la primera Campaña de las Filipinas. Con la rendición de Bataán, los japoneses han recibido 75.000 prisioneros filipino-norteamericanos, mucho más de lo que pueden manejar buenamente. El mando japonés decide hacer marchar la larga columna en un trayecto de 40 kilómetros hasta Balanga, desde donde serán enviados a campos de prisioneros. Faltos de comida, agua y medicinas, sufriendo el brutal maltrato de los japoneses, los prisioneros morirían en grandes números, durante lo que sería conocido como la “Marcha de la Muerte de Bataán”.

En el resto del archipiélago, los japoneses van asfixiando los últimos intentos de resistencia. El 10 de abril, el dragaminas “USS Finch”, dañado por aviones japoneses en días previos, es hundido por su propia tripulación, para evitar su captura por parte del enemigo. Ese mismo día, 12.000 japoneses desembarcan en tres puntos distintos. Los 6.500 defensores evacúan la capital de la provincia y se retiran hacia el interior de la isla. Bombarderos “B-17” de la “United States Army Air Force” (“USAAF”, “Fuerza Aérea del Ejército de los Estados Unidos”), basados en Australia, atacan la fuerza de invasión, con poco efecto. El 12 de abril, los japoneses inician el bombardero artillero sobre la Isla de Corregidor, preparando el asalto final sobre las últimas fuerzas filipino-estadounidenses de consideración que aún luchan en las Filipinas. Ese mismo día, el teniente John Brownewell, del 17º Escuadrón de Persecución de la “USAAF”, consigue la última victoria aérea confirmada de un caza “P-40” sobre las Filipinas. De ahora en adelante, los cazas norteamericanos son erradicados de los cielos filipinos.

En Birmania, los restos del Ejército Británico forman una nueva línea defensiva sobre el río Irrawaddy. El 11 de abril, los japoneses llegan hasta las nuevas defensas e inmediatamente cargan sobre las posiciones de la 48ª Brigada de la India. Al día siguiente, los defensores de la “Commonwealth” reciben el apoyo del 2º Real Regimiento de Tanques y se alivia en algo la presión japonesa. El 15, los mandos británicos estiman que el rompimiento de sus líneas es inminente y ordenan la destrucción de 1.000.000 de galones de petróleo, almacenados en la región productora de crudo de Yenangyaung, para evitar que caigan en manos de los japoneses.

Prosigue el asedio a Malta. El 11 de abril, bombarderos ítalo-germanos atacan nuevamente la bahía de La Valetta, dañando seriamente al destructor británico “HMS Kingston”, mientras recibía reparaciones en el dique seco. El 14 de abril, el portaaviones “HMS Wasp”, escoltado por dos destructores, zarpa desde Escocia, llevando a bordo 52 cazas “Spitfire” de los escuadrones 601 y 602 de la “RAF”, cuyo destino es reforzar la asediada isla mediterránea.

El 13 de abril de 1942, el sargento Anton Schmid, un austriaco encuadrado en el Ejército Alemán luego de la anexión de 1938, es ejecutado bajo cargo de traición en Vilna, capital de Lituania. Su crimen fue ayudar a 250 hombres, mujeres y niños judíos a escapar del exterminio o a darles cierto alivio de las espantosas condiciones de vida a que eran sometidos los judíos por la bota tiránica del Nacionalsocialismo.

La historia de Schmid nunca habría sido conocida, de no ser por testimonios de personas que recibieron su ayuda durante la guerra. De oficio electricista, mantenía una pequeña tienda de radios en Viena, hasta que fue llamado a filas en la “Wehrmacht”, luego del “Anschluss” de 1938. En el otoño de 1941, estaba estacionado en Vila, como parte de las tropas que habían arrebatado los países bálticos a los soviéticos, como fase previa para el avance sobre Leningrado. Fue testigo de la manera brutal en que miles de judíos eran conducidos a guetos o a campos de concentración, así como del asesinato de otros miles. En una de sus dos cartas preservadas, describe a su esposa, Sofi, el horror del Holocausto en marcha: “había muchos judíos aquí, que eran rodeados por la milicia lituana y se les disparaba en un campo fuera de la ciudad, siempre en grupos de alrededor de 2.000 o 3.000 personas. Los niños eran asesinados durante el trayecto, mediante golpizas propinadas contra los árboles.”

Lituania y Vilna, en particular, habían sido sede de una numerosa comunidad judía hasta la guerra que había sido, de hecho, exterminada antes de comenzar el invierno de 1941. El “Standartenführer” Karl Jaeger, comandante del “Einsatzkommando 3”, en su tristemente célebre reporte de diciembre de 1941, contaba a sus jefes que el “problema judío” había quedado resuelto en Lituania. Sólo quedaban con vida aquellos judíos requeridos como mano de obra esclava, necesarios para el esfuerzo de guerra alemán. Jaeger recomendaba iniciar lo antes posible la campaña de esterilización masculina, a fin de prevenir la reproducción. “Si, a pesar de la esterilización —continuaba el oficial de la ‘SS’— alguna judía queda embarazada, será liquidada”.

Conmovido por este horror, narrado con tana pulcritud por uno de los perpetradores, Schmid quiso ayudar. Ayudó a algunos a escapar de las prisiones y campos, y arriesgó su vida para contrabandear comida al gueto de Vilna. Se calcula que Schmid salvó unas 250 personas, sumando aquellos que escondió directamente y aquellos que recibieron papeles falsificados para eludir el exterminio. Seguramente la censura de guerra detectó las cartas enviadas a su familia y el sargento fue arrestado en enero de 1942. Fue juzgado por un consejo de guerra, que lo condenó a muerte. La sentencia fue ejecutada el 13 de abril.

En su libro, “Eichmann en Jerusalén: Un Reporte Sobre la Banalidad del Mal”, Hannah Arendt describió el momento en que un testigo, en el juicio llevado contra Adolf Eichmann en 1961, relató la ayuda que recibió de cierto sargento alemán, llamado Anton Schmid. “Un silencio cayó sobre el tribunal —relata la gran filósofa  política—; fue como si la multitud hubiera decidido espontáneamente observar los dos minutos de silencio usuales, en honor del hombre llamado Anton Schmid. Y, en esos dos minutos, que fueron como un repentino rayo de luz en medio de una impenetrable, insondable oscuridad, un solo pensamiento destacó claramente, irrefutablemente, fuera de duda: qué tan enteramente diferente todo sería hoy en este tribunal, en Israel, en Alemania, en toda Europa y quizá en todos los países del mundo, si más historias como ésta pudieran haber sido contadas.”

Abajo, una fotografía donde se ve a Anton Schmid, en compañía de su esposa, Stefanie, antes de la guerra.




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Hay Pascuas y Pascuas

Hay Pascuas y Pascuas

Un poco de cultura general.
Mientras los cristianos conmemoramos las fechas más importantes de nuestro calendario litúrgico, los judíos miran también hacia la historia sagrada, viviendo “Pésaj”, la Pascua Judía, que recoge la huida desde Egipto hacia la libertad de la Tierra Prometida.
He tenido el inmenso privilegio de participar en innumerables mesas de “Shabat” (o “Sabbat”) y en alguna de “Pésaj”. Siempre me ha conmovido la continuidad milenaria judía, que se resiste a disolverse, a pesar del paso del tiempo. Una comunidad casi siempre minoritaria y, en los mejores momentos de su historia, un estado relativamente pequeño, rodeado de amenazas a su independencia. Contra todo pronóstico razonable, los judíos siguen existiendo. Nadie se declara heredero moderno y directo de los babilonios, de los faraones, de los mitanni, de los asirios o de los seléucidas. Lo más parecido es la romanidad de los católicos, pero somos pocos los que la vivimos conscientemente. Sin embargo, los judíos le han porfiado a la historia y siguen declarando que son uno con esos viajeros errantes, guiados por Dios en un recorrido desértico de 40 años y en un recorrido azaroso de 40 siglos. Sólo la acción providente de Dios puede explicar esta persistente resistencia a la extinción, que debe calificarse de milagro histórico.
En estos tiempos, son muchos los que sonríen irónicamente cuando uno afirma que cree en Dios o incluso cuando uno lo menciona, como he hecho recién ¿No nos sentimos acaso acorralados, los creyentes; avasallados en nuestras creencias; a menudo, incluso no se nos falta el respeto a lo que nos es más sagrado como cristianos? El cristiano practicante es una minoría considerada, por algunos, como un grupúsculo ridículo, anacrónico y extraño que debe extirparse o edulcorarse, al menos, para que no se vea tan diferente al resto y no ose oponer su voz impertinente a lo políticamente correcto. Esa sensación de agobio en un mar laicista de indiferencia y hostilidad, que para nosotros no es más reciente que la Revolución Francesa de 1789, para los judíos es tan antigua como la diáspora.
La primera vez que asistí a un Sabbat, hace más de 20 años, mi querido amigo, Rodrigo Cusacovich, me dio una toalla de papel para cubrirme la cabeza, mientras oraba al Dios de Abraham, de Isaac, de Jacob; a ese “Adonai” que también es mi Señor, en el improvisado escenario de una minúscula pieza de pensión en la Calle Lincoyán, casi al llegar a Maipú, en el centro de Conce. Estando también al frente de la parroquia San José, comprendí de inmediato que estaba ante una forma de dirigirse a Dios que prefiguraba el modo en que los discípulos de Jesús nos plantamos ante la trascendencia.
Como “Pésaj” ocurre siguiendo el mismo calendario lunar que rige los tiempos de la Iglesia, la Pascua Judía se celebra, al igual que Semana Santa, cerca del comienzo de nuestro año laboral-estudiantil, así que no pasó mucho tiempo antes de que viera por primera vez unas cajitas llenas de lo que, a mis ojos, parecían galletones dietéticos. Era la “matzá”, el “pan ázimo” de los Evangelios, sin levadura, a cuyo tributo, la Iglesia confecciona las hostias, también sin leudar, para que se transfiguren en el Cuerpo de Cristo, que recibimos en cada misa.
Sé que es una cuestión muy controvertida y que la debo mencionar desde la humildad de alguien que habla sobre el judaísmo, mirándole desde fuera, pero lo voy a decir igual. Pienso que lo que define la identidad judía (o hebrea en sentido más amplio) es lo que el padre carmelita, Elías Friedman, llama el “factor de la elección”, es decir, la circunstancia de pertenecer al “Pueblo Elegido”, en cuyo seno debía nacer el Mesías. Es la relación con Dios lo que hace a los judíos ser lo que son y no algo distinto. Y aunque no es una afirmación que pueda comprobar estadísticamente, me parece que los alternativos enfriamientos y entusiasmos de las comunidades judías en su religión, tienen mucho que ver con las alternativas tendencias hacia la asimilación y hacia la afirmación de la singular identidad judía.
Si hay algo que la historia de los judíos enseña es que los seres humanos conseguiremos ser lo que debemos ser, sólo si nuestra mirada está puesta en lo alto. Ojalá meditemos en estos días (que el Viernes y el Sábado Santo son para meditar y ayunar, no para atracarse con mariscos) sobre la íntima vinculación existente entre la historia humana y la presencia divina, que la trayectoria del pueblo judío evidencia en tantos pasajes, con tanta porfía.


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domingo, 9 de abril de 2017

Hace 75 años. 9 de abril de 1942. Segunda Guerra Mundial. La rendición de Bataán

Hace 75 años
9 de abril de 1942
Segunda Guerra Mundial

La rendición de Bataán

El 3 de abril de 1942, los portaaviones “Shokaku” y “Akagi”, de la Armada Imperial Japonesa, entran en el Océano Índico, acompañados de un grupo de batalla. Desde el siglo XIX, el Índico se había convertido en un “lago británico”. La dependencia francesa de Madagascar era la única presencia colonial importante en sus orillas, sobre la que no ondeaba la “Union Jack”. El resto, desde el Cabo de Buena Esperanza, hasta las Indias Orientales Holandesas, era una zona de decidido predominio británico. La múltiple ofensiva japonesa de diciembre de 1941-abril de 1942 cambió esa relación de fuerzas a favor de los japoneses. Tras amenazar Australia, conquistar Singapur y penetrar en Birmania, el Japón prácticamente barrió la presencia naval británica en el Extremo Oriente y se dio el gusto de incursionar en el Índico, casi sin hallar oposición de la otrora todopoderosa “Royal Navy”.

Mientras el “Shokaku” y el “Akagi” ponían rumbo hacia Ceilán, fueron avistados el 4 de abril por un “Catalina”, a unas 400 millas marinas al sur de la isla. Un “Zero” despegó y derribó rápidamente al “Catalina” que, no obstante, pudo enviar por radio la ubicación de la flota japonesa. Pero los británicos no tenían los medios para hacer frente a la poderosa formación japonesa, que lanzó 89 bombarderos en picado y torpederos hacia la base naval de Colombo, Ceilán, causando destrozos en el puerto y hundiendo un mercante. Alrededor del mediodía, un hidroavión lanzado por el crucero japonés “Tone”, detectó a los cruceros británicos “HMS Cornwall” y “HMS Dorsetshire”, que fueron atacados por 53 aviones japoneses y resultaron hundidos. El 8 de abril, el portaaviones británico “HMS Hermes” abandona Triconmalee, escoltado por el destructor australiano “HMAS Vampire”, ante la cercanía de la flota japonesa. Al día siguiente, 9 de abril de 1942, los portaaviones japoneses lanzaron sus aeronaves contra el puerto y, más tarde, detectaron al “Hermes” y al “Vampire”, que fueron hundidos esa misma jornada.

En el Frente Oriental, el 3 de abril, un grupo de 62 “Stukas” y 70 bombarderos horizontales, escoltados por 59 cazas “Bf-109”, atacan la flota soviética anclada en Kronstadt. Como resultado del ataque, resultan con diversos daños los acorazados “Revolución de Octubre” y “Petropavlovsk”, los cruceros “Gorki” y “Kirov”, y los destructores “Silny” y “Grozashchi”. En el Este, la guerra está a punto de recobrar el ritmo vertiginoso de 1941. El 5 de abril, Hitler emite la Directiva Número 41, que ordena atacar la región de Stalingrado y el Cáucaso, ambos en el sur de la URSS. El 6 de abril, la “Luftwaffe” consigue una exitosa misión de suministro aéreo a las tropas alemanes que quedaron rodeadas en Kholm, luego de la contraofensiva soviética de fines de 1941. La “bolsa de Kholm” y la “bolsa de Demiansk” demostraron que la aviación podía ser muy útil para abastecer a tropas cercadas. Sin embargo, el suministro aéreo a las fuerzas encerradas en Kholm y en Demiansk provocó un exceso de confianza en la capacidad de sostener una batalla de asedio sólo con material entregado desde el aire. Cuando se produjera una situación similar en Stalingrado, a fines de 1942, ese exceso de confianza resultaría catastrófico para los alemanes.

Malta continúa bajo asedio. El 3 de abril, aviones alemanes hunden el submarino griego “Glavkos”. El 5 de abril, bombarderos italianos hunden el dragaminas “HMS Abingndon” y el destructor “HMS Gallant”. El destructor “HMS Lance” también fue dañado. El frente norteafricano, que tan conectado está con la suerte de Malta, está en una fase de relativa calma, mientras ambos bandos reponen fuerzas, a la espera de un momento favorable para nuevas ofensivas. Luego de su fulgurante éxito de la “Operación Crusader”, los británicos fueron empujados por Rommel hasta la Línea de Gazala, donde el frente se estabilizó debido al agotamiento de los ejércitos contendientes.

En las Filipinas, el 3 de abril de 1942 partió con un intenso bombardeo aéreo y artillero de los japoneses sobre las posiciones estadounidenses en Bataán. Entre las 9.00 y las 15.00 horas, cientos de piezas artilleras y aviones dejaron caer su carga mortal sobre los defensores. Con las defensas reblandecidas por el bombardeo, los japoneses se lanzaron al asalto y ese mismo día penetraron las líneas defendidas por la 41ª División de Infantería Filipina. El 9 de abril de 1942, las tropas filipinas y estadounidenses que defendían la Península de Bataán son obligadas a rendirse. Sólo queda el reducto insular de Corregidor, donde algunos miles de soldados seguirán negando a los invasores japoneses, durante algunas semanas, la conquista total de Filipinas y el aprovechamiento de Manila, la mejor bahía del Pacífico asiático.

Para el Japón, controlar las Filipinas era clave en su esfuerzo de dominar el Pacífico Sudoccidental, proyectarse hacia las Indias Orientales Holandesas y defender su flanco asiático sudoriental. Para fines de diciembre de 1941, los japoneses habían destruido o reducido al mínimo la presencia de aeronaves y buques norteamericanos alrededor de las Filipinas, efectivamente aislando el archipiélago de toda posibilidad de refuerzos y haciendo muy difícil la llegada de pertrechos. Los planes de defensa estadounidenses establecían que las fuerzas del “US Army” y las tropas de la “Mancomunidad de Filipinas” librarían una primera batalla para demorar el avance de los invasores japoneses, para tener tiempo de almacenar lo necesario en Bataán y Corregidor, pensando en resistir un asedio de seis meses. Los planificadores de preguerra suponían que, durante ese lapso, la flota norteamericana del Pacífico se habría abierto camino y habría destruido a la Marina Imperial Japonesa, permitiendo un flujo libre de hombres y material de guerra hacia el archipiélago. Sin embargo, luego del ataque sobre Pearl Harbor y las derrotas en torno a las Indias Holandesas, la presencia naval estadounidense prácticamente desapareció del teatro de operaciones filipino. El general Douglas MacArthur estimaba que estos planes eran derrotistas y prefirió implementar un curso de acción más agresivo, intentando defender todo el archipiélago de desembarcos japoneses. Sin embargo, al final, las tropas defensoras fueron obligadas a retroceder y la dispersión de recursos impidió que los sitiados en Bataán tuvieran suficientes suministros para un largo asedio.

Entre diciembre de 1941 y marzo de 1942, las tropas filipino-estadounidenses lucharon batallas defensivas en una serie de líneas fortificadas, que terminaron en la Península de Bataán, donde se planteó la resistencia final, menos de cuatro meses después de iniciada la invasión y sin que existiera posibilidad, en el corto plazo, de que la “US Navy” y las marinas aliadas pudieran recuperar el control de las líneas de comunicación marítima. Los defensores de Bataán, salvo por la esporádica llegada de algunos submarinos con suministros, estaban solos.

MacArthur recibió la orden de abandonar su comando y partió hacia Australia a fines de marzo de 1942, quedando el general Jonathan Wainwright a cargo de lo que quedaba de las fuerzas defensoras. Durante marzo y hasta los primeros días de abril, la línea de defensa fue machacada con decenas de piezas de artillería y bombardeos de aviación. El 3 de abril, 300 cañones y 100 aviones precedieron el avance de la 65ª Brigada y de la 4ª División del Ejército Imperial Japonés, que empezó a ganar terreno en todo el frente. El teniente general Masaharu Homma, comandante del 14º Ejército Japonés, ya había intentado dos veces tomar la posición al asalto y había sido rechazado. Basado en su experiencia inmediata, Homma suponía que le tomaría una semana romper la primera línea de defensa y un mes completo para limpiar otras dos líneas defensivas que suponía debía encontrar en su camino. Sin embargo, para el 6 de abril, los japoneses habían destrozado el centro de la línea norteamericana y rechazado todos los contraataques de los desesperados defensores.

Para el 7 de abril, la defensa empezó a derrumbarse, con los comandantes habiendo perdido contacto con muchas de sus unidades, que se retiraban en desorden. Durante los dos últimos días de batalla, el II Cuerpo y lo que quedaba del I Cuerpo filipino-estadounidense se desintegraron, con los pocos caminos disponibles llenos de refugiados y de unidades que huían del avance japonés. El 9 de abril de 1942, comprendiendo que la resistencia resultaba inútil, el comandante de la defensa de Bataán, general Edward P. King, se presentó ante el general Kameichiro Nagano, para discutir los términos de la capitulación.

Era la mayor rendición de tropas estadounidenses desde la Guerra de Secesión. Para 60.000 soldados filipinos y 15.000 soldados norteamericanos, se iniciaba la tristemente célebre “Marcha de la Muerte de Bataán”, hacia sus lugares de reclusión como prisioneros de guerra. Alrededor de 10.000 hombres consiguieron escapar del cerco y formaron una guerrilla en las montañas, hasta que, dos años más tarde, MacArthur cumplió su promesa de regresar.

En la fotografía, un grupo de prisioneros filipinos y estadounidenses son vigilados por soldados japoneses, tras la rendición de Bataán.




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Hace 100 años. 9 de abril de 1917. Primera Guerra Mundial. Estados Unidos entra en la guerra

Hace 100 años
9 de abril de 1917
Primera Guerra Mundial

Estados Unidos entra en la guerra

El 6 de abril de 1917, el gobierno de Estados Unidos declara formalmente la guerra al Segundo Imperio Alemán. Durante los primeros años de guerra, la mayor parte de los ciudadanos estadounidenses eran partidarios de mantener la neutralidad, a pesar de que la opinión pública siempre se sintió más alejada de Alemania que de ningún otro contendiente en conflicto, incluso antes que éste estallara. La imagen de villano del “Reich” se acentuó con episodios la violación de la neutralidad belga y el hundimiento del “Lusitania”, pero incluso la muerte de ciudadanos estadounidenses, aunque aumentaba la aversión hacia los alemanes y sus aliados, no causó tanta indignación como para crear una mayoría que apoyara el ingreso en una guerra al otro lado del mundo, donde posiblemente miles de jóvenes estadounidenses perderían la vida o quedarían dañados de por vida.

Las cosas se precipitaron en 1917, con el reinicio de la guerra submarina sin restricciones de la “Kaiserliche Marine”. De hecho, muchos líderes militares y diplomáticos alemanes se opusieron a esta estrategia, temiendo que el ingreso de Estados Unidos en la guerra, como aliado de la Entente, acabaría desequilibrando la balanza estratégica irremediablemente en contra de Berlín, en un momento en que ya los Imperios Centrales tenían dificultadas para reemplazar las bajas, entregar suministros a sus ejércitos y alimentar a su población civil. Para aquellos que respaldaron la guerra submarina sin restricciones, resultaba previsible que Washington declarara la guerra, pero lo asumían como un riesgo calculado, pensando que el bloqueo a Gran Bretaña rendiría a los británicos por hambre, antes de que los estadounidenses pudieran actuar de manera decisiva en los campos de batalla de Europa.

A comienzos de 1917, el “telegrama Zimmermann” enturbió aún más las relaciones germano-estadounidenses. Se trataba de una comunicación encriptada, enviada desde Berlín a su embajada en Méxito, para ofrecer a este último país suculentas compensaciones territoriales a costa de Estados Unidos, si se aliaba con Alemania. En el telegrama también se pedía la mediación mexicana entre Alemania y Japón, para atraerlo hacia la órbita de Berlín, a cambio de que los japoneses reemplazaran a los europeos y norteamericanos como poder dominante en el Pacífico. Enviado en enero de 1917, el telegrama se hizo público el 3 de marzo.
En las semanas siguientes a la publicación del telegrama, cinco barcos estadounidenses fueron hundidos por submarinos alemanes. Al comenzar abril, la mayor parte de la opinión pública estaba indignada por las acciones de Alemania y apoyaba la intervención militar directa. El día 2 de ese mes, el Presidente Woodrow Wilson convocó una sesión especial del Congreso, para declarar la guerra a Alemania. Tras su aprobación en ambas cámaras, la guerra fue declarada al Imperio Alemán el 6 de abril.

El discurso del gobierno norteamericano fue idealista y apuntaba a que la intervención en la guerra europea obedecía a la aspiración de “hacer el mundo más seguro para la democracia” y responder en su justa medida las agresiones alemanas. Sin embargo, cálculos más egoístas también deben haber primado. Una Europa dominada por una Alemania militarista y agresiva podría ser un peligro para Estados Unidos, especialmente si los alemanes dominaban las comunicaciones marítimas al eliminar la competencia británica. E incluso una victoria de la Entente, sin el concurso de Estados Unidos, podría dar como resultado una paz donde los intereses comerciales de Washington no fueran bien servidos.

Abajo, una copia digitalizada del “New York Times” del 3 de abril de 1917, que da cuenta de la sesión especial del Congreso, convocada por Wilson el día anterior.




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domingo, 2 de abril de 2017

Hace 100 años. 2 de abril de 1917. Primera Guerra Mundial. Austria-Hungría: paz o colapso

Hace 100 años
2 de abril de 1917
Primera Guerra Mundial

Austria-Hungría: paz o colapso

Los días 26 y 27 de marzo de 1917, se libra la Primera Batalla de Gaza. Con las fuerzas otomanas expulsadas de la Península del Sinaí, los británicos estaban en condiciones de intentar un asalto hacia el corredor Sirio-Palestino. Para conseguir ese objetivo, las tropas otomanas debían ser desalojadas desde una serie de posiciones ventajosas entre Gaza y Beersheba. Las tropas turcas defensoras, alrededor de 18.000 hombres, estaban comandadas por el general alemán Kress von Kressenstein. A pesar de estar superado en número, el general Kressenstein tenía órdenes de conservar la posición a toda costa.

El general británico, sir Charles Dobell, reunió su fuerza de ataque a 8 kilómetros de Gaza, cerca de la costa, e hizo avanzar su caballería, escondida por una densa niebla costera. El ataque principal de la infantería de la 53ª División tuvo que hacerse por terreno muy difícil, una tarea en la que recibió considerable ayuda de la caballería, que rodeó el poblado e impidió la llegada de refuerzos y suministros turcos. Mal informado por sus subordinados, teniendo la victoria al alcance de la mano, pensando que el avance de la infantería había fracasado irremediablemente, Dobell ordenó la retirada de la caballería.

Para fortuna de los británicos, al llegar el general Kressenstein al campo de batalla, se convenció de que Gaza era una causa perdida y canceló su propia orden de llevar refuerzos. Al día siguiente, una mezcla de contraataques otomanos y falta de agua, convenció a Dobell de posponer la ofensiva. Al terminar la lucha, los británicos habían sufrido 4.000 bajas, contra 2.400 de los turcos. El general Archibald Murray, jefe de Dobell, escribió a Londres sugiriendo que las bajas turcas triplicaban su valor real y que la batalla había sido un gran éxito, cuando realmente había sido una retirada poco elegante, luego de un encuentro de resultado indeciso. Londres quedó convencido de que el Frente de Palestina era un buen prospecto y ordenó que se insistiera en nuevos ataques, con la mismísima ciudad de Jerusalén como objetivo. No obstante, para cuando los británicos volvieran, los turco-alemanes estaban esperando a las fuerzas de la “Commonwealth”.

El 31 de marzo, el Emperador de Austria-Hungría, Carlos I, envía una propuesta secreta de paz a París, por intermedio de su cuñado, Sixto de Borbón-Parma, cuyo destinatario era el Presidente de la República Francesa, Raymond Poincaré. La medida resultaría ser muy controversial, cuando fuera descubierta a los medios, alrededor de un año más tarde, por el propio gobierno francés. Por un lado, Carlos se ponía en delicada situación con Alemania, el aliado del que la Monarquía Dual era cada vez más dependiente. Por otro lado, sin embargo, para comienzos de 1917, el Imperio de los Habsburgo exhibía preocupantes síntomas de agotamiento que podían conducirlo al colapso definitivo, si no conseguía salir rápidamente de la guerra, con una paz por separado, si era necesario.

Casi todos los puntos podrían haber sido negociados, pero una y otra vez, los austrohúngaros se encontraron con la rotunda negativa de Berlín a renunciar a Alsacia y Lorena, las provincias arrebatadas a Francia por Alemania en 1871 y cuya restauración al territorio francés era una demanda capital para cualquier inicio de conversaciones de paz por parte de la Entente. Es justo también reconocer que la misma Austria-Hungría tampoco estaría demasiado dispuesta a renunciar a las conquistas obtenidas durante los años transcurridos de guerra, en los Balcanes y en Rusia, incluso si habían sido consecuencia, en gran parte, de la asistencia alemana.

Para comienzos de 1917, la situación logística de los Imperios Centrales, especialmente Austria-Hungría, era preocupante. Al final de ese año, se volvería crítica. Si la logística de las fuerzas armadas mostraba síntomas negativos, la provisión de alimentos y otros muchos recursos básicos para la población civil del Imperio empezaba a hacerse también muy irregular. Para el final de la guerra, la producción agrícola caería en un 40% y se harían necesarias requisas de alimentos en las zonas ocupadas de Rusia, Polonia, Serbia y Rumania, acompañadas a menudo de acciones brutales contra las poblaciones ocupadas, que tampoco alcanzaron para cubrir las brechas en el suministro alimenticio del Imperio. Finalmente, Austria-Hungría, potencia alimentaria antes de la guerra, tuvo que someterse a la humillación de solicitar suministros adicionales a Alemania, para retrasar el colapso total.

Carlos I intentó tomar un rol más protagónico en las tratativas de paz, secretas y públicas, pero el peso político y militar de la Monarquía Dual no hacía más que disminuirse, cada vez más opacado por un “Reich” Alemán que se convertía en el virtual amo de la alianza de los Imperios Centrales. Sólo en el Frente Alpino los austrohúngaros tenían cierta independencia de los alemanes, pero no habían conseguido hasta el momento un rompimiento importante y, al igual que en los demás frentes europeos, los contendientes estaban entrampados en un sangriento empate, que causaba numerosas bajas, imposibles de compensar por los beligerantes, ya muy escasos de reservas, especialmente los Imperios Centrales. La crisis revolucionaria rusa aliviaría momentáneamente a los austro-alemanes, pero el ingreso de Estados Unidos en la guerra, como aliado de británicos y franceses, acabaría por desequilibrar todo el panorama contra Alemania y Austria-Hungría.

Para 1917, Austria-Hungría ya no podía ganar la guerra, pero tampoco tenía la libertad necesaria para salirse de ella. Quedaba por ver si los líderes de Viena conseguían salvar a tiempo el Imperio o si la derrota en la guerra destruiría un Imperio que había existido por espacio de un milenio.

Abajo, una acuarela de R.A. Wolf, que representa una de las muchas colas que se formaban en las tiendas de la Viena de 1917.




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Hace 75 años. 2 de abril de 1942. Segunda Guerra Mundial. El "Raid de Doolittle"

Hace 75 años
2 de abril de 1942
Segunda Guerra Mundial

El "Raid de Doolittle" 

En la entrada del 27 de marzo de 1942, en su diario personal, el Ministro de Propaganda del “III Reich”, Joseph Goebbels, escribe sobre la deportación de decenas de miles de víctimas de lo que ya es el Holocausto en marcha: “un proceso bastante bárbaro es utilizado. De los judíos, no es mucho lo que queda”. Ese día, los primeros judíos franceses son deportados hacia el campo de exterminio de Auschwitz.

En la Batalla del Mediterráneo, el 27 de marzo, los portaaviones británicos “HMS Argus” y “HMS Eagle”, escoltados por el acorazado “HMS Malaya” y su grupo de batalla, parten hacia Malta para lanzar 16 cazas “Spitfire”, destinados a reforzar las defensas de la asediada isla de Malta. La misión concluyó exitosamente y los cazas estaban en los aeródromos de Malta el día 29. La lucha sobre la isla es enconada y, el 1 de abril, bombarderos italianos hunden dos submarinos británicos anclados en La Valetta. Malta es, por estos días, el lugar más bombardeado del mundo.

Alrededor de las 23.00 horas del 28 de marzo y hasta alrededor de las 3.00 hrs. del 29, 234 bombarderos de la “RAF” dejaron caer su carga mortal sobre Lübeck, Alemania. Más de 300 muertos, 784 heridos y un 30% de la ciudad destruida, incluyendo la antigua catedral y el centro histórico de la ciudad, van mostrando la incapacidad creciente de las fuerzas armadas alemanas para defender su territorio y su población civil de los horrores de la guerra. Sólo 12 bombarderos fueron destruidos por acción del fuego antiaéreo.

En el Pacífico, aviones norteamericanos atacan posiciones japonesas en Nueva Guinea el 1 de abril de 1942. Los aparatos pertenecen a un escuadrón de aviones “A-24 Bansheee”, una variante basada en tierra del famoso bombardero en picado “Douglas SBD Dauntless”, que uso con mucho éxito la “US Navy” durante la Campaña del Pacífico. Más al norte, ese mismo día, zarpa el submarino “USS Swordfish”, cargado con 40 toneladas de comida para la guarnición filipino-estadounidense, sitiada en Corregidor por los japoneses. El submarino, sin embargo, no conseguiría llegar antes de la rendición final de la guarnición. Lo mismo pasaría con el submarino “USS Searaven”, que partiría el 2 de abril, cargado con municiones, pero no conseguiría entregarlo a la guarnición, antes de que se rindiera a los japoneses.

El 2 de abril, la “US Navy” lanza una operación de escasas consecuencias estratégicas inmediatas, pero que tendría una repercusión sicológica y militar inmensa en el mediano plazo. Ese día, el portaaviones, “USS Hornet” zarpa desde la Base Naval de Alameda, cerca de San Fransico, California, con 16 bombarderos medianos “B-25 Mitchell” a bordo, encargados de llevar adelante el famoso “Raid de Doolittle”, sobre territorio japonés.

Hasta el momento, el resultado de todos los enfrentamientos con los japoneses había sido desastroso: Pearl Harbor, las Filipinas, el Mar de Java. Los británicos también habían sido muy golpeados en Singapur, Australia y Birmania. Dejando a un lado los objetivos generales de la guerra, que se sabía podían saldarse con una victoria aliada en el largo plazo, los Aliados necesitaban desesperadamente un golpe propagandístico en la forma de una pequeña victoria, que levantara la moral del público estadounidense, poco habituado al espectáculo de ver a sus ejércitos rindiéndose y a sus buques hundiéndose. Para los mandos navales, era esencial que Tokyo estuviera entre los objetivos de un ataque aéreo de represalia. Sin embargo, los bombarderos aeronavales llevaban muy poca carga de bombas, como para que el riesgo de la incursión valiera la pena.

El capitán Donald B. Duncan, jefe de operaciones del almirante Ernest King, ideó un atrevido plan, que incluía usar pesados bombarderos del Ejército, los “B-25 Mitchell”. Entre otros, el plan tenía el inconveniente de usar un modelo que despegaba generalmente desde pistas que medían el doble de lo que medían las pistas de los portaaviones. Además, muchos líderes estadounidenses no querían arriesgar ninguno de sus preciosos portaaviones en una operación que sabían tendría más efecto propagandístico que estratégico. Después de todo, con la flota de acorazados destruida en Pearl Harbor, los cuatro portaaviones de la “US Navy” eran el único obstáculo relevante entre la Marina Imperial Japonesa y el territorio metropolitano de Estados Unidos.

Finalmente se dio luz verde al plan y se escogió al teniente coronel James Doolittle para liderar la formación de ataque. Para llevar los bombarderos hasta la distancia de lanzamiento, se escogió al portaaviones “USS Hornet”, asistido por una fuerza de escolta, mandada por el almirante William Halsey. Doolittle ensambló una fuerza de voluntarios, a los que se les ordenó estricto sigilo y no se les dio pistas sobre el objetivo que debían atacar. Sólo pudieron intuir algo, porque se les entrenó en pistas cortas, equipadas con catapultas y se les puso al día en etiqueta naval. Sabían, por tanto, que la misión sería en el Pacífico. La mayoría pensaba, al momento de zarpar, que el objetivo serían las Filipinas. Doolittle, por lo demás, ordenó que dejaran de hacer preguntas y mantuvieran la boca cerrada, para no dar materia prima a posibles espías.

Los pilotos no fueron entrenados en aterrizaje en portaaviones, porque se planificó que volaran hacia China, luego de realizar el ataque, y pudieran dar con las tropas nacionalistas chinas, aliadas de Estados Unidos en la guerra contra Japón. Los aviones tendrían que aterrizar de emergencia, en el mejor de los casos, o lanzarse las tripulaciones usando paracaídas.

Aunque los pilotos y el propio Doolittle no lo sabían, el ataque tendría consecuencias estratégicas gigantescas, pues influiría poderosamente en la decisión del alto mando japonés de lanzar la ofensiva que acabaría convirtiéndose en la Batalla de Midway.

En la fotografía de abajo, se observa la cubierta de vuelo del “Hornet”, llevando los “Mitchell” a bordo. Al lado, el destructor “USS Gwin” y, al fondo, el crucero ligero “USS Nashville”. Después de la guerra, el “Nashville” sirvió bajo bandera chilena con el nombre de “Capitán Prat”, desde 1950 y hasta 1982, cuando un destructor más moderno, que se sumó ese año a la Armada, fue bautizado con el nombre del héroe de Iquique. El crucero ligero, durante los dos últimos años de servicio, entre 1982 y 1984, se llamó “Chacabuco”.




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domingo, 19 de marzo de 2017

Hace 100 años. 19 de marzo de 1917. Primera Guerra Mundial. La Caída de Nicolás II

Hace 100 años
19 de marzo de 1917
Primera Guerra Mundial

La Caída de Nicolás II

Los días 15, 16 y 17 de marzo de 1917, el alto mando alemán implementa la “Operación Alberich”, nombre clave dado a una gran maniobra de retirada, ejecutada por el “Deutsches Heer” hacia posiciones más fáciles de defender. Hindenburg y Ludendorff no tenían demasiada preferencia por pasar a la defensiva y les gustaba menos el hecho de renunciar a territorio previamente conquistado, pero la inferioridad numérica, económica e industrial de Alemania se hacía cada vez más aguda y la muy probable entrada de Estados Unidos en la guerra no haría más que aumentar ese desequilibrio. Las batallas de Verdún y el Somme en el Oeste, las ofensivas italianas en los Alpes, la resistencia de la Entente en los Balcanes y la Ofensiva de Brusilov en el Frente Ruso, habían sido aguantadas medianamente bien por Alemania, Bulgaria y Austria-Hungría durante 1916, pero el costo para los Imperios Centrales había sido muy alto. Se esperaban además nuevas ofensivas de la Entente en todos los frentes de guerra, de modo que era urgente acortar el Frente Occidental.

La solución fue preparar la llamada “Línea Hindenburg”, una zona fortificada situada varios kilómetros por detrás de la línea del frente de 1914. Significaba renunciar a 1.500 kilómetros cuadrados de territorio francés conquistado al principio de la guerra, pero los alemanes no tenían opción. Mantener el frente tal como estaba, incluso a la defensiva, los obligaba a defender de la Entente una peligrosa saliente, difícil de mantener cuando se está ante una creciente escasez de soldados y recursos. Al momento de terminar la retirada, el nuevo frente se reducía en 45 kilómetros y permitía liberar 10 divisiones, que podían ser enviadas hacia el Este, en previsión de una posible ofensiva rusa.

“Alberich” también significó destruir todo lo que pudiera resultar útil para los anglo-franceses, en una política de “tierra quemada”, que no era nueva en la guerra, pero que impresionó a la opinión pública mundial por aplicarse en el territorio de un país “civilizado”, como era Francia, por parte de otro país “civilizado”, como era Alemania. Alrededor de 200 localidades fueron destruidas hasta los cimientos, así como instalaciones eléctricas, tuberías de agua, pozos, puentes y caminos.

En cuanto a la población civil, ésta fue deportada. Unas 140.000 personas calificadas como aptas para el trabajo, fueron llevadas a Bélgica o a otras zonas del territorio francés aún ocupado por los alemanes. Y unas 15.000 personas, calificadas como no aptas, fueron evacuadas por separado: enfermos, ancianos y niños. El efecto internacional fue brutal para la imagen de Alemania, ya muy afectada por episodios anteriores, como la violación de la neutralidad belga y la guerra submarina irrestricta. Incluso en el campo alemán hubo disenso. El príncipe Rupprecht, heredero del trono bávaro, manifestó su repugnancia hacia lo que consideraba un injusto maltrato hacia civiles inocentes e hizo lo posible por que su nombre no estuviera asociado a la operación. Pensó incluso en renunciar a su posición en el Ejército Alemán, pero no quiso dar la impresión de que se estaba produciendo un quiebre entre el Reino de Bavaria y el gobierno del “Reich”.

El 16 de marzo de 1917, con la abdicación de Nicolás II y el rechazo del Gran Duque Mijail a reemplazar a su hermano, terminan 300 años de reinado de los Romanov sobre Rusia. Para el 13 de marzo (28 de febrero en el calendario juliano), más de 60.000 soldados se habían amotinado en Petrogrado, en respuesta a la serie de sucesos desencadenados desde el 8 de marzo (23 de febrero). El Zar dio órdenes de aplastar el movimiento por la fuerza, pero sus generales no encontraron una cantidad suficiente de tropas leales en la capital. En la noche del 12 al 13 de marzo, los ministros del Zar presentaron su renuncia, luego de sugerir que el Zar estableciera una dictadura militar. Los opositores liberales de la Duma, que no supieron cómo reaccionar al comienzo de la revolución, decidieron formar un comité para restaurar el orden y aprovechar la oportunidad para establecer una monarquía constitucional. Los líderes de la mayoría parlamentaria se las arreglaron para persuadir a gran parte del alto mando militar de la necesidad de una abdicación de Nicolás II a favor de su hijo, el Zarévich Alexei, como único camino para asegurar la prolongación de la guerra contra Alemania y Austria-Hungría, con reales posibilidades de victoria.

Los líderes de la Duma no tuvieron que esforzarse mucho en convencer a los generales de Nicolás. Sólo dos comandantes de cuerpo ofrecieron sus tropas para defender al Zar y apenas un par renunciarían más tarde, como medida de protesta. El resto del alto mando no tuvo problemas en entregar su lealtad al nuevo Gobierno Provisional. Entre los miles de oficiales promovidos durante la guerra, la simpatía hacia la revolución se había ido extendiendo. Confrontado con la pérdida de confianza del Ejército, Nicolás aceptó abdicar, pero lo quiso hacer en la persona de su hermano, el Gran Duque Mijail, consciente de que los graves problemas de salud de su hijo, Alexei, impedirían que llegara a gobernar realmente algún día. Mijail, por su parte, entendió que las masas revolucionarias de Petrogrado no aceptarían un simple cambio de nombre en la monarquía y declinó el honor que se le ofrecía, declarando que sólo asumiría el trono, una vez que la forma de gobierno definitiva fuera decidida por una asamblea competente. Con el rechazo del Gran Duque, el 16 de marzo (3 de marzo) de 1917, llegaba a su fin la centenaria Monarquía Imperial Rusa.

Pocos lamentaron la caída de los Zares. El “Domingo Sangriento” de la Revolución de 1905 había destruido la fe popular en la benevolencia del Emperador. Los pocos respaldos que pudieran quedarle al monarca fueron barridos por un gobierno incompetente, un deficiente liderazgo militar, los rumores de escándalo sexual dirigidos hacia la Emperatriz, a raíz de su cercanía con el monje Rasputín, y sospechas de simpatías pro alemanas en la Corte Imperial.

La caída de la monarquía fue precipitada por dos fuerzas: el movimiento de obreros-soldados y la oposición parlamentaria, extraída de la incipiente clase media rusa, representada por el Partido Constitucional Demócrata o “Kadete”. Estos grupos quedaron institucionalizados y enfrentados en lo que se conoció como “Poder Dual”. La Duma sabía que no tenía autoridad real sobre las masas movilizadas, que se sentirían mucho más representadas por el Soviet de Petrogrado. Los miembros del Soviet fueron invitados a formar parte del Gobierno Provisional, junto a los “Kadetes”, pero rechazaron formar parte de una “revolución burguesa”. Sólo el abogado del Partido Socialista Revolucionario, Alexander Kerensky, se sumó al gobierno y terminaría desempeñando un rol central en el mismo. Pero el resto de los miembros de su partido, así como los Mencheviques, que eran la otra fuerza dominante del Soviet, se mantuvieron al margen al comienzo.

Siguiendo la rígida lógica marxista, la mayoría socialista del Soviet evaluaba que Rusia estaba pasando por una “revolución burguesa” y debería pasar un largo camino de desarrollo capitalista que, en algún momento, la dejaría madura para la “revolución proletaria”. Algunos más exaltados, como los muy minoritarios bolcheviques, llegaron a proponer que el mismo Soviet se transformara en gobierno, pero los mencheviques y los socialistas-revolucionarios no quisieron dar ese paso, temerosos de causar una reacción violenta entre las fuerzas más conservadoras del Ejército.

El 15 de marzo (2 de marzo), el Soviet de Petrogrado aceptó admitir la existencia del Gobierno Provisional, en la medida en que éste llevara adelante un programa de reforma democrática. Pero no se sentía comprometido de antemano a seguir todas sus políticas, especialmente lo relacionado con la continuación de la guerra. Mientras el Gobierno Provisional se quedaba con el poder formal, el Comité Ejecutivo del Soviet era el auténtico dueño de Petrogrado (y, hasta cierto punto, de Rusia, dado el nivel de centralización administrativa del Imperio). En efecto, el Soviet controlaba la capital gracias a la influencia ejercida sobre la guarnición capitalina y sobre los trabajadores de sectores clave, como los transportes y las comunicaciones.

Abajo, una imagen digitalizada de la edición europea del “New York Herald” del 17 de marzo de 1917, que destaca en portada la noticia del momento: la caída del Zar de Todas las Rusias.




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Hace 75 años. 19 de marzo de 1942. Segunda Guerra Mundial. Sangre chilena en el mar

Hace 75 años
19 de marzo de 1942
Segunda Guerra Mundial

Sangre chilena en el mar

En el Pacífico, la lucha es enconada. Aunque siguen acorralados, los Aliados resisten como pueden y presentan batalla a los invencibles japoneses, siempre que pueden. El 13 de marzo de 1942, cinco “B-17” norteamericanos son lanzados desde Australia para atacar Rabaul, en Nueva Bretaña. Sólo uno de los aparatos alcanzó su objetivo, causando poco daño. Ese mismo día, una agrupación de cazas japoneses “Mitsubishi A6M Zero” ataca con sus ametralladoras y cañones las instalaciones de Port Moresby, en la Papúa Australiana. Al día siguiente, Port Moresby recibe la visita de bombarderos japoneses. Otra agrupación de aviones nipones, el 14 de marzo, deja caer su carga mortal en la Isla Horn, Queensland, Australia. El 15, es el turno de Madang, en el Territorio Australiano de Nueva Guinea, de ser atacado por bombarderos japoneses,  y el 16 de marzo, el importante puerto australiano de Darwin es nuevamente bombardeado por aviones japoneses, dueños absolutos del cielo, tanto como su poderosa flota es dueña absoluta de las aguas del Océano Pacífico.

El 15 de marzo de 1942, el general Douglas Mac Arthur, hasta entonces, a cargo de la defensa de Filipinas, deja el archipiélago a bordo de una “Fortaleza Volante”. El 18 de marzo, recibe el nombramiento oficial de Comandante Supremo del Área del Pacífico Suroeste. Mac Arthur tiene a su cargo los ejércitos, aviaciones y marinas de varias naciones, entre ellas, cuatro potencias de dimensiones imperiales. Los recursos de que dispone, sin embargo, a comienzos de 1942, son completamente insuficientes y ya no puede hacer mucho para evitar la derrota completa de Estados Unidos en Filipinas. Habrán de pasar muchos meses para que el célebre general norteamericano cumpla su propósito de reconquistar dicho territorio.

La locura nazi se deja sentir en un macabro escenario, todavía desconocido para gran parte del mundo. El 13 de marzo de 1942, el campo de concentración de Belzec, en Polonia, inicia su funcionamiento, cuando recibe sus primeros 6.000 prisioneros, mayoritariamente judíos. En Auschwitz, que ya funciona hace tiempo, alrededor de 1.200 prisioneros son calificados como “no aptos” para el trabajo. Las autoridades del campo determinan que se los retire del hospital de Auschwitz y se los lleve al campo de Birkenau, donde son asesinados. Es la “Solución Final”, implementada por los defensores de la “raza superior”.

En el Frente Oriental, los soviéticos lanzan un gran ataque en la Península de Kerch, intentando relevar a la asediada ciudad-fortaleza de Sebastopol. Los soviéticos gozan de superioridad numérica, tienen más tanques y aviones, pero no han logrado recuperarse de los efectos de la tiranía de Stalin y de la agresión de Hitler. El verano de 1942 los verá de nuevo batirse en retirada y sufrir algunas grandes derrotas, antes de que el Ejército Rojo se convierta finalmente en la imparable máquina de conquistas de 1944-1945. Al igual que en 1941, Hitler promete, en un discurso del 15 de marzo, que la victoria completa sobre la Unión Soviética se alcanzará a fines del verano…

A las 2.30 horas de la madrugada del 13 de marzo de 1942, se produce la única baja chilena por acción de guerra, cuando el vapor “Toltén” es torpedeado mientras realizaba el recorrido sin carga entre los puertos estadounidenses de Baltimore y Nueva York. Se perdieron las vidas de 27 marinos. Sólo sobrevivió el fogonero Julio Faust, que fue hallado por un guardacostas norteamericano, mientras se aferraba a una balsa. Kenneth Pugh Gillmore, marino en retiro e historiador, es el único que, en Chile, ha realizado una investigación minuciosa sobre este suceso trágico y desconocido de la historia naval de nuestro país. Además de pertenecer a la Armada, el autor se sentía especialmente unido al destino fatal del “Toltén”, porque un medio hermano suyo, Norman Pugh Cook, era el oficial de guardia al momento de producirse el hundimiento y se fue al fondo del mar, junto con el resto de los tripulantes.

El “Toltén”, hasta antes de la guerra, se llamaba “Lotta” y navegaba bajo bandera danesa. Había sido construido en 1938 por el armador Lauritzen y desplazaba 1.574 toneladas brutas. Al producirse la ocupación alemana de Dinamarca, en 1940, el malogrado vapor recibió un salvoconducto del gobierno británico para permanecer en Talcahuano, donde lo sorprendió la agresión germana, en vista de la promesa hecha por el gobierno chileno de seguir considerando a Dinamarca como un país neutral, a pesar de estar, de hecho, bajo el gobierno del “III Reich”. Otros cuatro mercantes daneses estaban en la misma situación: “Helga”, “Frida”, “Laila” y “Selma”. Poco después, no obstante, las cinco naves fueron requisadas y puestas bajo bandera chilena, en un acto de dudosa legalidad y que no fue reconocido por los gobiernos del Eje, en una irregularidad, cuyo peligro advirtió oportunamente el Cónsul General de Chile en Nueva York, don Aníbal Jara. El cónsul Jara adivinaba que, de encontrarse con algunas de esas naves y si lograba dar con su identidad, era poco probable que un capitán alemán, japonés o italiano considerasen que la bandera chilena fuera una protección legítima para su tranquila navegación.

En todo caso, no parece que la bandera enarbolada por el “Toltén” haya sido un factor importante al momento de producirse el ataque. Era de noche y los barcos neutrales debían seguir la regla de navegar con sus luces encendidas, de modo de hacerse reconocibles por los comandantes beligerantes. Sin embargo, mientras surcaba las aguas de la costa este norteamericana, el “Toltén” fue interceptado por un patrullero estadounidense, que nunca fue del todo identificado y que dio orden de apagar las luces. Y todos saben que un navío con las luces apagadas o utiliza bandera beligerante o es, al menos, sospechoso y susceptible de agresión legítima ¿Por qué el patrullero norteamericano dio la orden de encender las luces al “Toltén”? Es una respuesta que nunca conoceremos.

El hundimiento del “Toltén” podía ser un antecedente importante para la política exterior de Chile que, junto con Argentina, fueron las últimas naciones latinoamericanas en alinearse con Estados Unidos contra Alemania y sus aliados. Al igual que durante la guerra anterior, los capitanes alemanes no hacían distinciones entre las banderas neutrales y enemigas, a la hora de atacar buques mercantes que pudieran servir a los intereses de sus enemigos. Era una guerra total, en todos los frentes: militar, diplomático y económico.

Durante largo tiempo, se desconoció la identidad e incluso la nacionalidad del submarino responsable del ataque, aunque los gobiernos de Italia, Estados Unidos y Japón sugirieron que fuera alemán, dado que la “Kriegsmarine” se hallaba en medio de una intensa y exitosa ofensiva en el Atlántico y el Caribe. Después de la guerra, se supo que el “Toltén” fue torpedeado por el submarino alemán “U-404”, que comandaba el “kaptleutnant” Otto von Bulow, un distinguido oficial, que dirigía una experimentada tripulación y cuyos éxitos durante la guerra lo llevaron a recibir las hojas de encina para su “cruz de hierro”, por haber hundido más de 50.000 toneladas, una hazaña conseguida por otros famosos “ases”, como Günter Prien y Otto Kretschmer. Von Bulow no era un capitán que pudiera fallar un blanco y, detectando un barco oscurecido, no se le puede culpar de faltar a las reglas de combate.

En la fotografía, sacada del archivo de la Guardia Costera de Estados Unidos, se ve al “Toltén”, ya navegando bajo pabellón chileno, aunque todavía se lee “Lotta” en un costado de la nave.




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