sábado, 25 de marzo de 2006

Código Da Vinci: Una Historia Disfrazada de Historia


Amigos todos, he estado muy lejos de la blogósfera en los últimos meses. Y es que sencillamente no he tenido el tiempo de hacer otra cosa que no sea trabajar. Estoy feliz, no me quejo, me encanta mi trabajo; pero sin duda cuando es intenso, no deja mucho espacio para otras actividades.

Pero estoy de vuelta y como es usual conmigo, con alguna controversia. Qué quieren, soy un rebelde. Como dice la frase: el pez muerto es el único que no nada contra la corriente. Pues contra la corriente nadaré, si se trata de defender lo que honradamente creo que es la verdad y el bien.

Vamos viendo, entonces.

Me precio de ser un buen lector. Leo mucho, porque me gusta y, además, porque es parte fundamental de mi trabajo. Generalmente, leer no constituye un esfuerzo y hasta donde recuerdo, nunca he dejado una lectura a la mitad, por densa que pudiera ser.

Eso fue así hasta que, hace algunas semanas, empecé a dedicar parte de mi escaso tiempo libre a la lectura del Código da Vinci. No fue fácil avanzar en dicho libro. Fue una tarea titánica contener las náuseas y resultó derechamente imposible evitar prolongados bostezos. Pero pensé que con el estreno de la película en pocas semanas más, era mi deber informarme, para ser capaz de opinar con elementos de juicio suficientes.

Pero no tengo mucho tiempo libre, tengo toneladas de trabajo y definitivamente cualquier actividad es más útil que leer a Dan Brown, ese pobre y triste imitador de segunda categoría del gran Umberto Eco. De manera que, al llegar a la página 269, decidí que ya poseía suficiente información como para concluir que el Código da Vinci es uno de los peores libros que han caído en mis manos.

Por otro lado, como soy un tipo metódico para trabajar la información, fui fichando las abundantes mal interpretaciones, errores, medias verdades y mentiras contenidas en el susodicho texto. Así que al tener llenas de fichas una docena de páginas, me di por satisfecho con ese gran esfuerzo que fue avanzar por esas páginas soporíferas y repletas de prejuicios e ignorancia.

Escribir un libro malo, no es reprochable, estamos claros. Pero prostituir la literatura para hacer propaganda negra barata, sí que lo es.

En ésta y otras clases de tribunas, son muchos quienes se sorprenden por la discusión generada en torno al libro. Argumentan que criticar al libro por sus aberraciones disfrazadas de investigaciones, consiste en confundir la ciencia histórica con la mera apreciación artística de una obra literaria. Es ficción, concedido. Pero escuché un planteamiento muy inteligente hace algunos días: ¿qué pasaría si alguien escribe un libro o produce una película, donde se relata la historia de Sony Pictures (realizadora del filme) como una banda de narcotraficantes y asesinos, que encubren sus ilícitos con la farándula hollywoodense? ¿Se conformarían con un “disculpe, pero es sólo ficción”?

Por tanto, el problema no pasa por confundir una novela (pésima, insisto) con un libro de historia. Me queda claro que el autor, Dan Brown, no es un historiador. Eso fluye de la profunda ignorancia de la que hace gala en su obra. De muestra un botón de ignorancia prejuiciosa: el malo de la película, Silas, es un monje del Opus Dei que va por la vida matando gente, por orden de un obispo. Curiosa la elección del autor, porque en el Opus Dei hay curas y laicos... pero ni un solo monje. Sospecho que Mr. Brown no conoce la diferencia entre uno y otro o no dispone de la más mínima información sobre lo que es el Opus Dei.

El resto del somnífero es la elaboración de una poco ingeniosa teoría conspirativa, que rescata aspectos pueriles de una serie de leyendas medievales sobre el Santo Grial y María Magdalena, que están en la misma línea que el ciclo del Rey Arturo, la Santa Redoma y la dormición de Federico Barbarroja. En un libro de historia de cualquier medievalista francés serio, no es posible encontrar ningún dato sobre la supuesta historia de Da Vinci, la Última Cena y María Magdalena-San Juan. Vayan y vean, consulten las numerosas obras de Bloch, Lefevbre, Le Goff, Braudel, Pirenne, Marrou, etc. Verán que no miento. Desde luego, eso implica trabajo e investigación, cosa que un ignorante como Dan Brown no sería capaz hacer. De modo que este sujeto, simplemente, inventa una mala novelita y la disfraza con harapos, tratando de asemejarlos a las venerables vestiduras de la ciencia de la que Heródoto es padre y Clío es musa. En suma, es una mala historia, disfrazada de Historia.

Aceptando que estamos ante ficción, ha de aceptarse igualmente que la literatura es, muchas veces, un poderoso testimonio (falso, en este caso) de lo que son los hombres, sus afanes y sus épocas. No se trata de relatar en una novela con exactitud los hechos históricos, pero puede pretender reflejarlos y emitir juicios sobre sus protagonistas. Lo mismo pasa con el cine y el teatro, que bajo inocentes formas de arte, han actuado como aventajados medios de propaganda en diversos momentos y latitudes.

Dan Brown se sirve de la muy utilizada herramienta de atacar las figuras de autoridad, con el expediente de esparcir falsedades y medias verdades sobre respetables instituciones, en este caso, la Iglesia. Es sabido que la invención de teorías conspirativas es muy útil para aumentar las ventas, al menos cuando se trata de capturar la atención del público poco ilustrado. No me extraña que la estrategia tenga éxito en un país como Chile, donde el pobre uso del lenguaje demuestra que leemos poco o nada. Por lo mismo, no me extrañaría que, cuando se estrene la película, las salas de cine se llenen.

El Código da Vinci, bajo la apariencia de un pésimo libro, no es otra cosa que una andanada de calumnias y falsedades dirigidas contra la Iglesia, en especial contra el Opus Dei, prelatura que desde su mismo nacimiento ha sido víctima de los más despiadados e injustificados ataques. En sí mismo, no le puedo reprochar al señor Brown querer vender su libro, pero es inaceptable servirse de la mentira y el insulto para ello.


Frase de Hoy: Un vaso medio vacío de vino es también uno medio lleno, pero una mentira a medias, de ningún modo es una media verdad (Jean Cocteau)

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