sábado, 25 de febrero de 2017

Hace 100 años. 26 de febrero de 1917. Primera Guerra Mundial. Medidas desesperadas

Hace 100 años
26 de febrero de 1917
Primera Guerra Mundial

Medidas desesperadas

En estos días de febrero los británicos vencen en la segunda Batalla de Kut y se cobran revancha por la humillante rendición a la que habían sido obligados por los turcos en abril de 1916. En julio de 1916, el general Frederick Maude asumió el mando del denominado “Cuerpo del Tigris” y lo primero que hizo fue atender a la reorganización de una fuerza militar desmoralizada, que había recibido uno de los golpes más duros de la historia militar británica. Además de recibir un gran flujo de tropas anglo-indias, Maude se ocupó de ordenar la atención médica de su ejército y reestructurar el sistema de transporte.

Para octubre de 1916, Maude disponía de 70.000 hombres listos para entrar en combate. A mediados de diciembre, los británicos atacaron con 50.000. La primera parte de la ofensiva encontró dura resistencia de parte de los turcos, que obligaron a los atacantes a ocupar dos meses completos en despejar la orilla oeste del río Tigris frente a Kut. El 17 de febrero de 1917, Maude lanzó un ataque simultáneo en dos frentes, dueño de la iniciativa y gozando de amplia superioridad numérica. El comandante turco, Kazim Karabekir Bey, falto de más opciones, ordenó la retirada el 24 de febrero, evitando que los restos de su ejército quedaran encerrados en Kut, como ocurrió a los británicos en 1916. Con Kut conquistada, el camino quedaba abierto para el avance de la “Commonwealth” sobre Bagdad.

El 25 de febrero, la acción se concentra en el mar. Ese día, al amparo de la oscuridad, un grupo de destructores alemanes se pudo aproximar lo suficiente hasta la costa inglesa, como para bombardear durante diez minutos las localidades costeras de Margate y Broadstairs, en el condado de Kent. La incursión causó poco daño y es dudoso el propósito estratégico que pudo tener, salvo demostrar la capacidad de las unidades alemanes de pasearse impunemente por el Canal de la Mancha, en las narices de la “Royal Navy”. Cerca de Broadstairs, sin embargo, una bomba de artillería cayó sobre la cabaña donde residía la familia Morgan, que perdió a su madre y dos niños pequeños, sorprendidos en medio de la noche por una horrible muerte. Era un ataque indiscriminado a poblaciones civiles que mostraba que, en esta guerra, se había abierto una puerta hacia una ruta de atrocidades que llegaría a su culminación en los bombardeos de terror de la Segunda Guerra Mundial.

El mismo día 25, el submarino alemán “SM U-50” torpedeó y hundió el buque de pasajeros “RMS Laconia”, a 6 millas marinas del islote de Fastnet, frente a Irlanda. Alemania iba cumpliendo, de esta suerte, su amenaza de implementar la guerra submarina sin restricciones. Entre las 12 personas fallecidas durante el ataque, dos mujeres, madre e hija, de apellido Hoy, eran ciudadanas estadounidenses. Su muerte aumentó aún más la animadversión de la opinión pública norteamericana hacia el gobierno del Káiser y dejó listo el escenario para que el más mínimo incidente causara la declaración de guerra desde Washington.

Desesperados por su creciente inferioridad numérica y de material de guerra, los líderes de Alemania resuelven adoptar una estrategia ofensiva radical en los mares, al tiempo que intentan atrincherarse en tierra, iniciando la retirada hacia nuevas posiciones defensivas en el centro del Frente Occidental, hacia lo que se conocerá como “Línea Hindenburg”. La idea era aferrarse a las conquistas conseguidas durante 1914-1916 y esperar a que las potencias de la Entente, agotadas por el esfuerzo, hasta ahora inútil de recuperarlas, se avinieran a sentarse en la mesa de negociaciones.

Abajo, el “RMS Laconia” fotografiado cerca de Nueva York.




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Hace 75 años. 26 de febrero de 1942. Segunda Guerra Mundial. ABDACOM

Hace 75 años
26 de febrero de 1942
Segunda Guerra Mundial

ABDACOM

El 20 de febrero de 1942 es un día desastroso para los Aliados en la Batalla del Atlántico. A 100 kilómetros de la costa de Virginia, el transporte “Azalea”, de bandera estadounidense, es hundido por el submarino alemán “U-432”, llevándose al fondo del mar a sus 38 tripulantes. Ese mismo día, al frente de Trinidad, el “U-129” echó a pique el mercante noruego “Nordvangen”, mientras que el “U-156” dañaba seriamente al carguero estadounidense “Delpiata”. También hay submarinos italianos operando a este lado del Atlántico, entre otros, el “Torelli”, que manda al fondo del mar al carguero británico “Scotish Star”,  a 770 millas marinas al este de Martinica. Junto con otros tres submarinos italianos, el “Torelli” inicia una operación ofensiva que hundirá catorce embarcaciones adversarias en un lapso de cuatro días.

El general Erwin Rommel es nombrado comandante del “Heeresgruppe Afrika”, el “Grupo de Ejércitos África”, dejando todos los recursos del Eje en la región bajo su mando. La suerte de su campaña se libra en grandes batallas de tanques, sobre las ardientes arenas saharianas, pero también en las aguas del Mediterráneo, cuyo dominio garantiza el adecuado suministro a los ejércitos en combate. El mismo día 23 de febrero, en que Rommel recibe su nuevo nombramiento, un gran convoy germano-italiano que se dirige a Libia, es atacado por el submarino británico “HMS P-38”, pero éste es detectado por la lancha torpedera italiana “Circe”, que lo hunde con cargas de profundidad.

En el frente ruso, prosigue la contraofensiva soviética de invierno, mientras los alemanes emplean todos los medios a su alcance para entorpecer el avance del Ejército Rojo. El 20 de febrero, un solitario bombardero alemán “Heinkel He-111”, comandado por el teniente Hansgeorg Bächter, hunde un carguero de 2.000 toneladas que navegaba por el Mar Negro, llevando suministros a la guarnición soviética de Sebastopol, en Crimea.

En Birmania, el 20 de febrero, los japoneses atacan las posiciones que sostienen los restos de las brigadas 16ª y 46ª del Ejército de la India Británica, en Kyaikto. La rápida ofensiva nipona retrasa la retirada del ejército defensor, causando caos. Para empeorar las cosas, las columnas indias son confundidas con japoneses desde el aire y reciben nutrido fuego de su propia aviación. Y la confusión se empeora luego de que el cuartel general pierda sus equipos de radio en el desorden de la retirada.

El 22 de febrero, el Presidente de Filipinas, Manuel Quezón, es evacuado en el submarino estadounidense “USS Swordfish”. Ese mismo día, el Presidente Franklin D. Roosevelt ordena personalmente al general Douglas MacArthur que deje el archipiélago de las Filipinas, cuya caída total en manos japonesas parece inminente. Roosevelt sabe que, por el momento, no puede hacer nada para evitar la derrota en las Filipinas, pero no piensa dejar que un comandante experimentado languidezca prisionero de los japoneses. Éstos están en el auge de su expansión y consiguen incluso atacar el territorio continental americano de Estados Unidos, cuando el submarino japonés “I-17” emerge frente a California y dispara con su cañón de cubierta sobre una refinería de petróleo cerca de Santa Bárbara, en una acción con pocos efectos prácticos, pero cargada de simbolismo.

Los japoneses siguen dueños de la iniciativa en todos los frentes. En las Indias Orientales Holandesas, el 25 de febrero, zarpa una gran flota de invasión desde Balikpapan, en Borneo, con destino a la isla de Java, la última barrera entre el Pacífico y el Índico, que parece estar a punto de convertirse en campo de batalla. La agrupación nipona está compuesta por 41 transportes y la escoltan 5 cruceros y 16 destructores. Es la antesala de una serie de duras batallas que tendrán lugar en Java y en las aguas que la rodean.

El 25 de febrero, el general Archibald Wavell renuncia a la jefatura del “ABDACOM” (“American-British-Dutch-Australian Command”, “Comando Americano-Británico-Holandés-Australiano”), un comando combinado aliado, organizado apresuradamente al inicio de la guerra con Japón, para intentar dar alguna coherencia a las escasas fuerzas que quedaron a disposición de los Aliados, luego de los ataques devastadores con que las fuerzas imperiales japonesas abrieron su ofensiva en diciembre de 1941. El ABDACOM tenía la difícil misión de mantener la “Barrera Malaya”, una línea imaginaria que partía en Singapur y terminaba al sur de las Indias Orientales Holandesas. El objetivo principal era mantener el control aliado del Índico, evitar amenazas a la India desde el mar y negar a los japoneses una aproximación a Australia desde el oeste. La aplastante superioridad japonesa a principios de 1941 convertía la tarea de Wavell en un encargo con pocas posibilidades de éxito. El comando además debía encargarse de la defensa de Birmania y coordinar las fuerzas de cuatro naciones que nunca habían operado juntas, ni siquiera en entrenamiento, para detener a la que, en ese momento, era la marina más poderosa del mundo.

Las prioridades nacionales de los aliados del ABDACOM eran disímiles y hasta contradictorias. Los británicos estaban preocupados de mantener Singapur, los holandeses querían defender su imperio insular, los australianos temían por una invasión en su suelo y estaban muy comprometidos en la campaña norteafricana, de modo que tenían pocos recursos militares a la mano; mientras que Estados Unidos estaba concentrado en intentar conservar el control de las Filipinas y en reponer su presencia naval en el Pacífico, que había sido prácticamente barrida por el ataque japonés de Pearl Harbor.

Una serie de derrotas de los Aliados entre diciembre de 1941 y febrero de 1942 dislocó el ABDACOM, que dejaría de existir para todos los efectos, luego de ocurridas las aplastantes victorias japonesas en Java, en febrero- marzo de 1942.

En la fotografía, dos hombres con grandes responsabilidades, que contaban con muy escasos recursos para afrontarlas a inicios de 1942. Al centro, el general británico, Archibald Wavell, jefe del ABDACOM y el Comandante en Jefe del Real Ejército de las Indias Orientales Holandesas, general Hein ter Poorten, a su derecha.




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domingo, 19 de febrero de 2017

Hace 100 años. 19 de febrero de 1917. Primera Guerra Mundial. Rusia prerrevolucionaria: los políticos

Hace 100 años
19 de febrero de 1917
Primera Guerra Mundial

Rusia prerrevolucionaria: los políticos

Los gobiernos escandinavos se unen al rechazo generalizado que causa en los neutrales la guerra submarina alemana sin restricciones. El 13 de febrero, Noruega, Dinamarca y Suecia protestan en conjunto contra el anuncio alemán. Alemania, que se siente acorralada, apuesta todo su prestigio diplomático a la jugada, atrevida y peligrosa, de hundir con sus submarinos todo lo que flote hacia el Reino Unido y despierte la sospecha de llevar “contrabando de guerra”.

Queda mucho camino por recorrer hasta acercarse a un posible final de la guerra. Los británicos, seguros de su poder naval, saben que el tiempo corre a su favor y están viendo la mejor manera de repartir los despojos que puedan quedar una vez que pase la locura de una guerra que, con la entrada de un país americano en la liza, se ha vuelto indiscutiblemente mundial. El 14 de febrero de 1917, Japón y Gran Bretaña acuerdan repartirse las posesiones coloniales alemanas en el Pacífico: al norte del Ecuador para Japón y al sur del Ecuador para Gran Bretaña. Como con tantas promesas hechas a tantos otros aliados, los británicos hallarán muchas dificultades, luego de la guerra, para honrar su palabra, a veces contrapuesta a promesas hechas a otros aliados o contraproducentes con los intereses de Londres.

El 14 de febrero, en la Cámara de los Comunes, se resuelve que la restitución de Alsacia y Lorena a Francia es un objetivo británico de guerra. Es un paso más hacia el camino sin retorno de una guerra sin negociación posible, cuyo único final puede ser el aplastamiento completo del adversario. Los británicos saben que Alemania difícilmente aceptará, si no es por la fuerza, un arreglo de paz que signifique renunciar a las dos provincias fronterizas. Es posible, en todo caso, que la anexión de esas dos provincias por parte del Imperio Alemán, en el mismo momento de su nacimiento en 1871, haya sido una de las decisiones más catastróficas para el mundo y para la misma Alemania en particular, al impedir toda posible reconciliación entre franceses y alemanes durante tres generaciones.

El Imperio Ruso está a pocas semanas de convertirse en una república. Aunque no todos lo saben, el escenario y los protagonistas están dispuestos para el drama de la Revolución de 1917. Los partidos políticos tenían poco desarrollo, si los comparamos con sus similares del resto de Europa, correspondiente con un sistema constitucional, como el ruso, donde el principal actor político sigue siendo el Zar, el “Autócrata”. Pero la tímida apertura política surgida desde la segunda mitad del siglo XIX y reforzada con la Revolución de 1905, permitió la consolidación de ciertos grupos que, con algo de generosidad, podrían compararse con los partidos políticos de las naciones occidentales.

Como en todos los demás ámbitos de la vida, la guerra causó dramáticos cambios en el ambiente político ruso. El reinado del Nicolás II estuvo marcado, desde el principio, por un permanente esfuerzo, por parte del monarca, de socavar su gobierno. Las torpezas políticas del Emperador fueron intensificadas por la guerra, que añadió muchas dificultades a los desafíos que enfrentaba el Imperio antes de su estallido. El pobre desempeño del Ejército en el primer año de guerra, la Gran Retirada y la crisis de municiones de 1915, envalentonaron a la oposición, deseosa de exigir reformas al trono. El llamado “Bloque Progresivo” se formó como una amplia coalición, que agrupaba tiendas muy diversas, que pedían, entre otras cosas, gobiernos de confianza de una mayoría parlamentaria, amnistía para los deportados sin juicio sobre bases políticas; la suspensión de medidas discriminatorias contra las nacionalidades del Imperio y respeto a las prerrogativas de las minorías religiosas.

En el momento en que su persona era más necesaria al frente del gobierno, el Zar partió para el frente, con la intención de tomar personalmente el mando de las tropas, causando más confusión en un gobierno ya plagado de descoordinaciones. De todos modos, la mayor parte de la oposición (que era casi todo el espectro político para 1917) se mantuvo fiel y apegado al esfuerzo de la guerra, detrás del Zar, bajo la forma de un patriotismo oposicionista, que buscaba la manera de conservar para Rusia el estatus de gran potencia y mantener la integridad territorial del Imperio. Sólo los partidos de izquierda más extrema, como los bolcheviques y los mencheviques intentaron bloquear créditos especiales de guerra, mientras que estos últimos y los socialistas revolucionarios enfrentaron divisiones al interior de sus colectividades, que no lograban ponerse de acuerdo en torno a la priorización del internacionalismo socialista y la firma de una paz inmediata, o una justificación más patriótica para proseguir la guerra, en nombre de la resistencia al militarismo prusiano.

En este ambiente, nacieron las ideas del “defensismo revolucionario”, que jugaría un importante rol en 1917 y después. El liderazgo de los partidos revolucionarios o, al menos, la mayoría de sus simpatizantes en Rusia fueron capaces de articular un discurso de apoyo a la guerra y de movilización de las masas en ese sentido. La confusión doctrinaria dejó divididas internamente a todas las fuerzas políticas que participaron de la Revolución, desde los moderados de centro, hasta los mencheviques y socialistas revolucionarios, que entraron en la vorágine revolucionaria participando del Gobierno Provisional, pero con objetivos muy contrapuestos, especialmente en lo referido a la continuación de la guerra y a la manera de conducirla. A este respecto, los bolcheviques fueron una notable excepción, lo que les permitió, en última instancia, ejercer una influencia desproporcionada a su tamaño relativamente pequeño, gracias a su disciplina y claridad en los objetivos.

En la fotografía, tomada en el invierno de 1917, un grupo de soldados rusos operan una ametralladora en lo que parece ser un improvisado montaje antiaéreo.




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Hace 75 años. 19 de febrero de 1942. Segunda Guerra Mundial. “Operación Cerberus”

Hace 75 años
19 de febrero de 1942
Segunda Guerra Mundial

“Operación Cerberus”

El 13 de febrero de 1942, Bandjarmasin, capital del Borneo Holandés, cae en manos japonesas. Ese mismo día, los japoneses capturan las últimas reservas de agua que le quedaban a la guarnición británica de Singapur. Ante la inminencia de la caída de la plaza, continúa la evacuación de civiles y personal no indispensable para la defensa. Los altos mandos británicos, liderados por el general Arthur Percival, ya debaten sobre la posibilidad de rendirse. El 15 de febrero de 1942, Winston Churchill autoriza la rendición de Singapur. A las 11.30 horas de ese día, el general Percival despachó una delegación con bandera blanca, que fue rechazada por los japoneses, quienes exigían que el general Percival se rindiera en persona. A las 20.30 horas, Percival firmó el instrumento de rendición, cerrando el ciclo de uno de los peores desastres en la historia militar británica.

En Java, el “HMS Li Wo”, una pequeña embarcación para río, estaba el 14 de febrero evacuando personal militar desde la isla, cuando se topó con parte de una flota japonesa de invasión. El pequeño navío fue despedazado por el fuego de media docena de destructores japoneses. Sin embargo, cubierto en llamas, la valiente embarcación puso rumbo a los transportes enemigos y consiguió embestir a uno, que se hundió al día siguiente, a causa de los daños. De las 120 personas que iban a bordo del “Li Wo”, 13 sobrevivieron. El comandante del buque, teniente Thomas Wilkinson, recibió la “Cruz Victoria” a título póstumo.

En Filipinas, la situación es apenas un poco menos desesperada que en Malasia y en Indonesia. El 14 de febrero, el submarino “Sargo”, de la “US Navy”, descarga 1 millón de proyectiles para ametralladora “.30”. Al partir desde Mindanao, el submarino evacúa 24 personas consideradas demasiado importantes, como para arriesgarse a que caigan prisioneros de los japoneses, que van apretando el cerco sobre las defensas filipinas y norteamericanas.

El 19 de febrero, Japón muestra al mundo que es capaz de alcanzar Australia. Poco antes de las 10.00 hrs., 152 bombarderos y 36 cazas llegan hasta Darwin, que es atacada durante 42 minutos. La incursión es devastadora, causando grandes daños al puerto y destruyendo muchas embarcaciones, incluido el destructor estadounidense “USS Peary”. En la tarde, una segunda agrupación de bombarderos japoneses llega para un nuevo ataque, que se concentra en los aeoródromos y ocasiona la pérdida de decenas de aviones de combate posados en tierra.

Los días 11, 12 y 13 de febrero de 1942, la “Kriegsmarine” emprende una de las acciones más atrevidas de la guerra, cuando logra conducir una considerable fuerza de dos acorazados, un crucero pesado y varios destructores a través del Canal de la Mancha, en las narices de la todopoderosa “Home Fleet” británica.

Hacía tiempo que Hitler estaba obsesionado con Noruega, de modo que ordenó preparar un plan para evacuar las unidades de superficie de la marina alemana en Francia hacia el Mar del Norte y el Báltico, para proteger la costa noruega de algún intento británico de invadir el país escandinavo. La idea era reunir los acorazados “Gneisenau” y “Scharnhorst”, el crucero pesado “Prinz Eugen” y seis destructores, para unirlos al recién terminado acorazado “Tirpitz”, gemelo del “Bismarck”, en la defensa de Noruega.

Los británicos detectaron un inusual aumento de la actividad aeronaval alemana en los días previos a la invasión, pero no pudieron predecir el día o la hora de la incursión, de modo que sólo atinaron a minar aún más el ya muy minado Canal de la Mancha. Cuando los buques alemanes zarparon de Brest el 11 de febrero, los británicos supieron del movimiento 13 horas después de su partida. Las baterías de costa de Dover dispararon a la localización aproximada de los navíos germanos, pero fallaron sus blancos. Algunas lanchas torpederas intentaron encontrar a la flota alemana, lo mismo que seis torpederos “Swordfish”, lanzados a toda prisa y que, al igual que las aeronaves del Comando de Bombardeo, no consiguieron causar ningún daño significativo. Los aviones británicos tuvieron en contra el clima, pero también tuvieron que sortear la férrea resistencia de la aviación de caza alemana, que se hizo con el control de los cielos sobre el Canal e impidió a los aviadores británicos una participación decisiva.

La flota alemana alcanzó su destino casi sin sufrir daños, excepto los causados por una mina que fue golpeada por el “Scharnhorst”. Los alemanes además perdieron 17 aviones que apoyaron la operación. En suma, casi no sufrieron bajas.

La “Kriegsmarine” obtuvo una importante victoria táctica en lo que pasaría a la historia como “Channel Dash” (algo así como “Corrida del Canal”), pero fue signo de haber perdido la iniciativa estratégica. En efecto, priorizar la costa escandinava significaba renunciar al control de la superficie frente a la costa francesa. Progresivamente, sólo los submarinos alemanes serían capaces de hacer acto de presencia efectivo en el Atlántico. Los buques capitales alemanes evitarían hacer salidas en alta mar, salvo por algunas operaciones muy puntuales para acosar algún convoy o hacer una demostración de fuerza. Una unidad tan poderosa como el “Tirpitz” acabaría hundido en un fiordo noruego por las bombas de aviación británicas, casi sin salir a cazar convoyes o luchar contra otros buques.

En la fotografía, tomada desde la cubierta del “Prinz Eugen”, se ve al “Scharnhorst” y al “Gneisenau”, que avanzan a toda velocidad a través del Canal.




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domingo, 12 de febrero de 2017

Hace 100 años. 12 de febrero de 1917. Primera Guerra Mundial. Rusia prerrevolucionaria: trabajadores, campesinos y nacionalidades

Hace 100 años
12 de febrero de 1917
Primera Guerra Mundial

Rusia prerrevolucionaria: trabajadores, campesinos y nacionalidades

A comienzos de febrero, con su victoria en Siwa, Egipto, los británicos pueden dar por concluida la campaña contra los sanusíes. Los sanusíes eran una cofradía musulmana, fundada en el Norte de África, que llegó a alcanzar especial influencia en Libia, donde su líder se convertiría en rey, luego de obtener la independencia de Italia. Hábiles guerreros del desierto, los sanusíes resistieron la expansión colonial francesa en Argelia y Chad, y la colonización italiana de Libia. En enero de 1915, se levantaron en armas contra los británicos y sus aliados italianos, convencidos por los turcos, que habían entrado en la guerra como aliados de Alemania.

Aunque nunca amenazaron seriamente el control británico de Egipto, los sanusíes obligaron a distraer cuantiosos recursos que, de otro modo, pudieron destinarse al Sinaí y Palestina, obligando a Gran Bretaña e Italia a hacer la guerra en su propio territorio colonial, en vez de intensificar la lucha contra los otomanos. La campaña contra los sanusíes se prolongó por dos años y mezcló modos tradicionales de hacer la guerra, con los avances tecnológicos a disposición de las potencias europeas. El uso de aviones, automóviles y carros blindados por parte de los británicos, permitió a estos últimos cubrir rápidamente las grandes distancias del desierto norteafricano, para atacar en lugares inesperados y obtener información de reconocimiento. Una vez que las bandas sanusíes quedaron desconectadas del Valle del Nilo, terminaron divididas y aisladas en oasis, donde fueron forzadas a rendirse por la falta de suministros o por la rápida acción de tropas motorizadas británicas, que superaron en movilidad a un enemigo que aún dependía del camello para desplazarse. Estás técnicas fueron perfeccionadas para la Campaña del Sinaí-Palestina en 1917 y dejarían muchas lecciones para la lucha protagonizada por los británicos y el “Afrika Korps” en la siguiente guerra.

En Rusia, la situación interna está relativamente tranquila, aunque es la calma que precede a la tempestad. Una variada serie de circunstancias ha influido para que el viejo Imperio de los Zares esté maduro para la más sanguinaria revolución que ha conocido la humanidad. Desde fines del siglo XIX, Rusia ha sido escenario de un acelerado proceso de industrialización, que elevó bruscamente la población de obreros en las grandes ciudades. En 1910, el proletariado urbano alcanzaba una cifra equivalente a entre un 40 y 50 por ciento de la población total de grandes ciudades, como Moscú, San Petersburgo y Bakú. Esta masa de trabajadores, desenraizados de las villas campesinas, debía enfrentar las complejas condiciones de su nueva vida, que otorgaba nuevas oportunidades, pero también peligros, como las enfermedades causadas por el hacinamiento y los abusos cometidos por algunos empleadores inescrupulosos. Estos trabajadores formarían la vanguardia revolucionaria y serían el principal apoyo de los bolcheviques en los años iniciales de la Revolución.

Con todo, al estallar la Primera Guerra Mundial, el Imperio de los Zares era mayormente una inmensa nación de campesinos. Rusia tenía la mayor proporción de población rural de Europa, correspondiente a un 85 por ciento del total. Muchos aspectos de la vida cotidiana campesina habían cambiado poco, en relación a cómo había sido desde tiempos inmemoriales, incluso tras la abolición total de la servidumbre en 1861. La vida seguía organizada en torno al trabajo comunitario, el ritmo familiar y la religión. Las actividades económicas más importantes seguían siendo la agricultura de subsistencia y la manufactura artesanal, poco permeables a los avances tecnológicos, generalmente desconocidos en la Rusia profunda. Los asuntos comunitarios era manejados por el “Mir”, la asamblea de varones cabezas de familia, que detentaba los títulos de dominio sobre la tierra, la redistribuía si era necesario y asumía una serie de otras obligaciones fiscales y administrativas, vinculando efectivamente a la comunidad campesina con el mundo exterior, especialmente con el gobierno central.

Esta gigantesca nación de campesinos fue la que aportó la mayor parte de los contingentes para el Ejército Imperial que enfrentó a Alemania y Austria-Hungría, de modo que se vio inundada por miles de jóvenes que volverían a sus hogares, al empezar la Revolución, a medida que el Ejército se desintegraba junto con el Estado. En un primer momento, el mundo campesino no fue actor principal de la Revolución y fue más un espectador de los sucesos que llevaron a la caída del Zar, en febrero de 1917, y al ascenso de los bolcheviques, en octubre del mismo año. La intensificación de la guerra civil los arrastraría a un ambiente de violencia generalizada, desde fines de 1917, y terminaría siendo, como grupo social, una de las principales víctimas del totalitarismo bolchevique en los años iniciales de la Unión Soviética.

Las distintas nacionalidades que convivían en el Imperio eran en sí mismas un factor a tomar en cuenta. En general, sin embargo, la mayor parte de los pueblos de Rusia se mantuvieron leales al Zar durante la prueba de la Gran Guerra, con ciertas notables excepciones, como los polacos, que siempre han tenido una conciencia nacional muy profunda, mezclada con una arraigada identidad católica, que los hace sentirse muy diferentes de los “cismáticos” ortodoxos rusos. Con menor intensidad que los polacos, los demás grupos nacionales reunidos en el Imperio Ruso experimentaron un intenso despertar nacionalista en el siglo XIX. Polacos, fineses, bálticos, judíos, musulmanes, georgianos, armenios, ucranianos y otros empezaron a verse como “naciones”, intentando organizar movimientos destinados a conseguir cierto grado de autonomía e incluso independencia total. No obstante, a diferencia de lo ocurrido en Austria-Hungría, la diversidad nacional no fue la causa más relevante de colapso del Imperio. Fue muy común que los activistas de las distintas partes del Imperio, especialmente cuando eran cercanos al socialismo, sintieran que la mejor manera de servir al renacimiento nacional y a la autonomía era formando causa común con los demás pueblos del Imperio, incluidos los rusos, para luchar por las libertades y los derechos de todos los habitantes de la vieja Rusia.

En la fotografía, una reunión de miembros de un “mir” campesino.




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Hace 75 años. 12 de febrero de 1941. Segunda Guerra Mundial. El Imperio Colonial Holandés

Hace 75 años
12 de febrero de 1941
Segunda Guerra Mundial

El Imperio Colonial Holandés

La flota submarina alemana vive su segundo “tiempo feliz” en la Batalla del Atlántico. El 6 de febrero, un carguero norteamericano es hundido frente a las costas de Estados Unidos. El mismo día, se pierden también un barco británico frente a Bermuda y una nave panameña a la altura de las Azores. Pero los alemanes también sufren pérdidas. El mismo 6 de febrero, el submarino “U-82” es hundido por cargas de profundidad lanzadas desde la balandra británica “HMS Rochester”, mientras defendía el convoy “OS-18”, que pasaba frente a las Azores. El 8 de febrero, frente a las costas de Virginia, el “U-108” hunde el carguero británico “Ocean Venture”. El 9 de febrero, es atacado el convoy “ON-60”, que pierde el carguero británico “Empire Fusilier”, además de resultar dañada la corbeta “Alysse”, de las Fuerzas Francesas Libres del general De Gaulle, que se hunde al día siguiente, antes de alcanzar un puerto. A este ritmo, la frágil conexión de Gran Bretaña con el mundo corre el riesgo de verse cortada por la acción de los submarinos alemanes. La Batalla del Atlántico está en un momento crítico.

En África del Norte, Rommel contraataca y recaptura Benghazi, Libia, el 6 de febrero. Los germano-italianos la habían perdido hacía pocas semanas, mientras eran obligados a retirarse por el empuje de las tropas de la “Commonwealth”. El 9 de febrero, la “Regia Aeronautica Italiana” bombardea Alejandría, centro neurálgico del poder imperial británico en África del Norte. También en los cielos africanos, el 12 de febrero de 1942, el “as” alemán Hans Joachim Marseille llega a 44 derribos, tras dar cuenta de un “Hurricane” y tres cazas “P-40”, a los mandos de su letal “Messershcmitt Bf-109”.

En el Frente Oriental, la guerra se hace cada vez más brutal. El gobierno nazi hace circular nuevas instrucciones para la lucha contra guerrillas en retaguardia. En el documento, se establece que la lucha contra tropas irregulares debe hacerse sin consideración de ninguna moral o legalidad convencional, sin limitaciones incluso respecto de mujeres y niños. Mientras se impartían estas macabras instrucciones, la “Wehrmacht” sigue teniendo dificultades para estabilizar el frente. En Demyansk, el 8 de febrero, 100.000 soldados alemanes quedan rodeados por tres grandes unidades soviéticas: 3er. Ejército de Choque, 4º Ejército de choque y 11er. Ejército. Los alemanes rodeados se verán obligados a resistir aislados durante lo que queda del invierno y dependerán de los envíos de suministros lanzados desde el aire.

En Europa, Albert Speer es nombrado Ministro de Armamentos y Municiones el 8 de febrero. Desde ese puesto, se convertirá en pieza clave del esfuerzo bélico alemán. En Brest, el 11 de febrero, el crucero pesado de la “Kriegsmarine”, “Prinz Eugen”, zarpa desde Brest, Francia, como parte de la “Operación Cerberus” cuyo objetivo es llevar a salvo hasta Alemania a las unidades capitales de superficie que mantiene hasta el momento la Marina Alemana en la costa atlántica francesa. Al “Prinz Eugen”, se unirán los acorazados “Schanrhorst” y “Gneisenau”, además de seis destructores.

En Asia y el Pacífico, los Aliados sólo conocen derrotas. El 7 de febrero, tropas japonesas cruzan sorpresivamente el Río Salween, en Birmania, cortando la retirada de un grupo de tropas británicas, formado por parte del 7º Regimiento de Gurkhas y del Regimiento de Infantería Ligera “King’s Own Yorkshire”. El comandante de los Gurkhas, teniente coronel H.A. Stevenson, al darse cuenta de que su posición se ha vuelto insostenible, ordena una desesperada carga a la bayoneta, para escapar del cerco japonés. La retirada que siguió fue un recorrido de 75 kilómetros por terreno muy difícil, sin comida. Fue una experiencia muy dura, que presagió las terribles condiciones en que se lucharía la campaña birmana en los años siguientes.

El 8 de febrero, el Ejército Imperial Japonés inicia su asalto principal a Singapur. En un primer momento, las tropas japonesas sufren fuerte bajas a manos de tropas australianas, estacionadas en la costa noroccidental de la isla, pero la confusión de la batalla ocasionó su retirada prematura y permitió a los atacantes establecer una cabeza de playa para esa misma noche. En el curso del 9 de febrero, 10.000 soldados japoneses llegan hasta la isla, aprovechando la cabeza de playa. Para el 10, la caída de la plaza parece inevitable y la “RAF” empieza a retirar los pocos aviones que van quedando en condiciones de volar, para evitar su captura por parte de los japoneses.

El 7 de febrero, una incursión aérea japonesa ataca Palembang, Sumatra, Indias Orientales Holandesas, destruyendo 34 aeronaves de la “RAF”. En el mismo teatro de operaciones, al día siguiente, tropas japonesas desembarcan 75 kilómetros al sureste de Bandjarmasin, Borneo Holandés, y se mueven hacia su primer objetivo: al aeródromo de Martapoera. En las Célebes, una poderosa flota japonesa de invasión se dirige hacia Makassar. Aunque el submarino estadounidense “USS S-37” logra hundir uno de los transportes, los japoneses consiguen consolidar el desembarco.

Para lograr la supremacía, Japón necesitaba desplazar cuatro potencias coloniales en el Asia-Pacífico: Gran Bretaña, Estados Unidos, Francia y Holanda. La principal posesión francesa, Indochina, quedó a merced de los japoneses, luego de la capitulación de Francia en junio de 1940. Por estos días de febrero, las fuerzas armadas japonesas están machacando las posesiones insulares de Estados Unidos y penetran profundamente en Birmania y en la Malasia Británica, buscando abrirse camino hacia la India. Un rival menos conocido es Holanda, cuya principal posesión colonial, las llamadas Indias Orientales Holandesas (actual Indonesia), fue uno de los teatros de operaciones principales de la campaña. Holanda había sido una gran potencia colonial en el siglo XVI. En esa época, rivalizó con naciones europeas mucho mayores, más antiguas y más pobladas, como España, Portugal, Francia e Inglaterra. En su momento de apogeo, el Imperio Holandés abarcaba posesiones en cuatro continentes y hasta la gran ciudad de Nueva York tuvo sus inicios como un asentamiento colonial holandés.

Hasta antes de la guerra, las Indias Orientales Holandesas, ricas en petróleo y otras materias primas, tenían sus propias fuerzas armadas, independientes de las ramas estacionadas en la Holanda metropolitana. El Real Ejército de las Indias Holandesas estaba formado por europeos en los rangos de oficiales y suboficiales, y personal nativo en la tropa, con un núcleo de 35.000 a 40.000 soldados profesionales, complementados con milicia local, en caso de necesidad, que podían acercar el total a unos 70.000 efectivos. La mayor parte de las milicias recibían un entrenamiento muy básico, de modo que eran una adición importante en cuanto a números, pero no demasiado en cuanto a real capacidad militar. La planificación militar holandesa preveía concentrar la defensa en ciertos sectores fáciles de fortificar y en los puntos estratégicos más importantes. Si se producían desembarcos japoneses, se esperaba que la marina y la aviación contuvieran las amenazas, una tarea que estaba muy por encima de las reales capacidades del elemento naval y aéreo, incluso cuando las fuerzas holandesas quedaron fusionadas con las unidades británicas, australianas y estadounidenses.

La aviación del Ejército contaba con el número nada despreciable de 390 aparatos, pero debía defender un inmenso territorio insular, además de apoyar las acciones navales. En cuanto a la marina, la mayor parte de la flota de preguerra estaba estacionada en las colonias. A pesar de su glorioso pasado, la Marina Holandesa de 1940-1941 no contaba con nada más poderoso que cuatro cruceros ligeros. De los pocos recursos navales holandeses, la mayor parte se encontraba en las Indias Orientales Holandesas y debería, por tanto, enfrentar a los japoneses: tres cruceros ligeros, ocho destructores y veinte submarinos. Sin duda, una fuerza modesta, considerando el enorme territorio a defender y el gran poderío del enemigo a enfrentar. Durante la década de 1930, el gobierno había decidido expandir la Marina, ordenando el diseño y construcción de unidades navales más poderosas y modernas, incluyendo dos grandes cruceros de batalla, que apenas tenían su casco construido cuando los alemanes invadieron Holanda en 1940. Era un buen comienzo, pero incluso si hubieran estad terminados a tiempo, el esfuerzo era tardío e insuficiente, considerando las obligaciones coloniales de los holandeses. La unión con las flotas de Australia, Gran Bretaña y Estados Unidos, luego del ataque a Pearl Harbor, alivió en algo la situación, pero las aplastantes victorias japonesas de las primeras semanas de la guerra en el Pacífico destruyeron o dañaron seriamente a lo mejor de las marinas aliadas del Pacífico, que tenían poco que oponer a las docenas de grandes cruceros, submarinos, acorazados y portaaviones japoneses, que convirtieron el Pacífico asiático en un lago japonés hasta el afortunado golpe de mano que dio a los norteamericanos su primera victoria mayor en la Batalla de Midway, en junio de 1942.

En la fotografía, el crucero ligero holandés “HNLMS De Ruyter”, que sería hundido en la Batalla de Java, el 27 de febrero de 1942, llevándose a gran parte de su tripulación, incluido el contraalmirante holandés Karel Doorman. El almirante Doorman lo había usado como su buque insignia hasta ese entonces, mientras se desempeñaba al mando de las fuerzas navales del “ABDACOM”, el comando conjunto de las fuerzas australianas, estadounidenses, británicas y holandesas que intentaban detener la rampante expansión japonesa de principios de 1942.


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domingo, 5 de febrero de 2017

Hace 100 años. 5 de febrero de 1917. Primera Guerra Mundial. Guerra submarina sin restricciones

Hace 100 años
5 de febrero de 1917
Primera Guerra Mundial

Guerra submarina sin restricciones

El 31 de enero de 1917, el Gobierno Imperial Alemán anuncia que reiniciará la guerra submarina sin restricciones al tráfico mercante que vaya desde y hacia las costas de Gran Bretaña y de sus aliados. En la nota diplomática respectiva, enviada desde Berlín a Washington, el Canciller Alemán, Theobald von Bethmann-Hollweg, descargaba en las potencias de la Entente toda la responsabilidad por las medidas que, desde su perspectiva, Alemania estaba obligada a adoptar. Bethmann-Hollweg pedía al Presidente Woodrow Wilson que tomara en cuenta el reciente llamado alemán a iniciar conversaciones de paz. El rechazo de la Entente a la propuesta, según Alemania, hacía recaer toda responsabilidad en la continuación de la guerra sobre los hombros de quienes gobernaban en Londres y París.

“Como los intentos de llegar a un entendimiento con las potencias de la Entente —rezaba la nota— han sido respondidas por las últimas con el anuncio de una continuación intensificada de la guerra, el Gobierno Imperial, en orden a servir el bienestar de la humanidad en el más alto sentido y no fallarle a su propio pueblo, se ve ahora obligado a proseguir la lucha por la existencia, nuevamente forzado a ello, con el pleno empleo de todas las armas que están a su disposición”.

En un memorando adjunto, el Gobierno Alemán detallaba las zonas en torno a las Islas Británicas y en el Mediterráneo, que quedarían sujetas al ataque de los submarinos. Quedaban establecidas ciertas provisiones para continuar el tránsito de pasajeros, siempre y cuando no cargaran contrabando de guerra, pero la medida significaba intentar, de hecho, un bloqueo total a Gran Bretaña, Francia y sus aliados, atacando todo lo que flotara desde o hacia sus costas, bajo bandera neutral o beligerante.

La respuesta de las naciones neutrales fue contundente, especialmente en el caso de Estados Unidos, cuya entrada en el conflicto tanto temía Bethmann-Hollweg. El 3 de febrero de 1917, la administración Wilson cortó relaciones diplomáticas con Alemania, en un intento de mostrar a Alemania que la molestia norteamericana era real y que podía significar la amenaza de medidas que podían ir más allá de la pura diplomacia. En cosa de pocos meses, la tensión con Estados Unidos aumentaría hasta llevar esta nación a la guerra con Alemania.

En general, la respuesta de las naciones neutrales fue hostil a la postura alemana. El gobierno de Chile, presidido por Juan Luis Sanfuentes, respondió en el sentido de que la medida adoptada por Alemania “equivale a una restricción de los derechos de los neutrales; una restricción a la que Chile no puede acceder, porque es contraria a los principios que han estado largamente establecidos a favor de las naciones neutrales”. La nota emitida desde Santiago terminaba afirmando que “Chile se reserva libertad de acción para proteger todos sus derechos, en el evento de cualquier acción hostil contra sus barcos.” España, también neutral, respondió protestando que “la decisión de cerrar completamente el acceso a ciertos mares, sustituyendo el indisputable derecho de captura en ciertos casos, por el derecho a destrucción en todos los casos, está fuera de los principios legales de la vida internacional.” Brasil también manifestó su molestia a Berlín y respondió que no podía “aceptar como efectivo el bloqueo, que ha sido repentinamente decretado por el Gobierno Imperial.”

Cabe preguntarse por qué Alemania se arriesgaba a las consecuencias de dar un paso tan resistido por naciones neutrales, cuya simpatía o, al menos, neutralidad, había intentado preservar por tanto tiempo. Al gobierno del Káiser debió parecerle preocupante que naciones como Chile o España, con vínculos de amistad muy intensos con Alemania, reaccionaran reservándose el derecho de usar todos los medios necesarios para defender su tráfico mercante, sin importarles las circunstancias en que la decisión se adoptaba. En cuanto a Estados Unidos y Brasil, los únicos estados del hemisferio occidental que tenían real peso internacional en ese entonces, el “Reich” alemán acabaría recibiendo declaraciones de guerra desde las capitales de ambos durante 1917.

La respuesta está en la desesperación en que empezaban a caer los líderes del Imperio Alemán. Para inicios de 1917, a pesar de resistir el empuje de la Entente en los distintos frentes de batalla, la guerra se hacía cada vez más difícil de sostener para Alemania. Se esperaba que el uso de una táctica tan drástica mantuviera a Estados Unidos fuera de la guerra, si obtenía resultados lo bastante efectivos e impresionantes. O que, al menos, redujera considerablemente el impacto de la entrada de los norteamericanos en la contienda, al comprometer gravemente las líneas de suministros del Atlántico.

Por otro lado, al iniciarse 1917, los efectos del bloqueo británico sobre Alemania estaban haciéndose muy difíciles de soportar. El alto mando militar, así como los principales responsables del gobierno, estaban convencidos de que el país estaba ante el peligro inminente de colapsar por agotamiento y escasez de alimentos y materias primas en general. La masiva pérdida de vidas en el Somme y en Verdún no ayudaba a tener más optimismo y tanto Hindenburg, como Ludendorff, habían llegado a la convicción de que la guerra submarina sin restricciones era el único camino para abreviar los sufrimientos del pueblo alemán.

En mayo de 1916, Alemania había aceptado suspender la guerra submarina sin restricciones, antes las protestas de Estados Unidos. Sin embargo, ya en febrero de 1917, la situación militar resultaba mucho más preocupante, debido al paso del tiempo, que corría contra Alemania. Finalmente, la “Kaiserliche Marine” estaba mejor equipada que a mediados de 1916. Al comenzar la campaña de 1917, Alemania contaba con 46 grandes submarinos, capaces de operar en aguas profundas, y con 23 “U-boote” destinados a operar en las costas, a menor profundidad. Los altos mandos navales esperaban que la campaña, bien llevada, podía significar el hundimiento de 600.000 toneladas al mes. Sumado a las malas cosechas de 1916, los alemanes confiaban en que Gran Bretaña podía ser obligada a rendirse por medio del hambre, en un plazo de cinco meses.  La apuesta era muy alta, pero parecía la única manera de conseguir la victoria que, hasta el momento, había rehuido a Alemania desde 1914.

En la fotografía, la inscripción reza: “Unsere Unterseeboote im Hafen”, “nuestros submarinos en puerto.” En 1917, la flota alemana submarina alcanzaría su apogeo, con 146 unidades listas para patrullar. Era un número impresionante para la época, encuadrado en una flota bien tripulada, que contaba con los mejores modelos del mundo. Sin embargo, aunque causaría dolores de cabeza a los británicos, no alcanzaría para poner a Gran Bretaña de rodillas. El segundo de la primera línea es el “SMS U-20”, que había hundido al trasatlántico “Lusitania” en mayo de 1915.




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Hace 75 años. 5 de febrero de 1942. Segunda Guerra Mundial. El Gran Terror (II)

Hace 75 años
5 de febrero de 1942
Segunda Guerra Mundial

El Gran Terror (II)

En el Mediterráneo, la lucha prosigue sin cuartel, para asegurar los suministros de las tropas que luchan en el Norte de África. El 30 de enero de 1942, el submarino británico “HMS Thunderbolt” lanza tres torpedos a un convoy del Eje que navega 6 millas marinas al este de Lefkanda, Grecia. Los tres torpedos fallan, alertando a la lancha torpedera italiana “Solferino”, que contraataca con cargas de profundidad, aunque sin dar tampoco en el blanco. En África del Norte, frente al Mediterráneo, el 30 de enero, Erwin Rommel recibe la promoción al grado de “Generaloberst” (coronel-general), el más alto del escalafón del Ejército Alemán. Al mismo tiempo, las tropas bajo su mando son rebautizadas como “Panzerarmee Afrika” (“Ejército Panzer África”).

En Asia y el Pacífico, Japón conserva la iniciativa. El 30 de enero, las últimas tropas británicas que se mantenían en la Malasia Británica completan su retirada hacia Singapur, dándose inicio al asedio de la plaza fuerte. El 4 de febrero, los defensores rechazarían la primera oferta de rendición japonesa. En Indonesia, ese mismo día, tropas australianas y holandesas que defendían la isla de Ambon, deben retirarse ante la presión de los japoneses. Faltos de apoyo aéreo, los defensores deben abandonar sus posiciones para evitar ser destruidos o capturados. Para el 1 de febrero, a los holandeses no les quedaba más alternativas que rendirse, mientras que unas pocas fuerzas australianas continuaron batiéndose en una desesperada retirada.

En las Filipinas, los hombres del general Douglas MacArthur se aferran a su Fortaleza de Corregidor, con la esperanza de que llegue alguna ayuda. El 3 de febrero, el submarino norteamericano “USS Trout” descarga 3.500 rondas de municiones antiaéreas de 3 pulgadas. Considerando las escasas posibilidades de levantar el cerco japonés, las autoridades militares y civiles deciden embarcar 20 toneladas de oro y plata japonesa en el sumergible.

En Birmania, la campaña va mal también para los Aliados, que deben ceder posiciones, al estar superados en número, armamento y apoyo aéreo. El 31 de enero, el general William Slim, Comandante del “Burma Corps”, emitió un informe a sus superiores, que pedían explicaciones por la serie de derrotas sufridas contra las fuerzas japonesas que invadían Birmania. En el documento, el general Slim hacía notar que, mientras sus tropas contaban con poco más de 30 aviones para cobertura aérea, los japoneses contaban con alrededor de 150 aeronaves. Para marzo de 1942, más de 400 aviones japoneses estarían repletando los cielos birmanos.

Los soviéticos intentan sacar todo el partido que pueden de su contraofensiva, que tuvieron que iniciar de espaldas contra su propia capital. Sin embargo, los alemanes han ido gradualmente estabilizando el frente y los soviéticos están teniendo muchas dificultados para desalojar a los alemanes de las posiciones defensivas que han ido tomando, incluso cuando bolsas de tropas germanas han quedado rodeadas de tropas rusas superiores en número, como ocurriría en Demiansk y Kholm. El Ejército Rojo ha recibido gran cantidad de material de guerra proveniente e Estados Unidos y Gran Bretaña, y sus fábricas siguen produciendo armamento de gran calidad, en grandes cantidades, pero la moral de las tropas aún debe recuperarse del impacto inicial de la invasión alemana. Además, el Ejército Soviético sufrió mucho durante el “Gran Terror”. Miles de oficiales fueron ejecutados o encarcelados, como parte de la última gran purga llevada a cabo por Stalin antes de la guerra contra Alemania.

Los oficiales de las fuerzas armadas fueron una de las categorías de personas más golpeadas por el Gran Terror. Para los historiadores, su represión es un objeto de estudio respecto del cual se cuentan con abundante cantidad de datos precisos. El acoso a los militares empezó el 11 de julio de 1937, cuando la prensa anunció la condena a muerte, por supuesta traición, del mariscal Mijail Tujachevski, el oficial profesional de mayor graduación de la rama terrestre, organizador del Ejército, gran defensor de su motorización, comandante destacado de la guerra civil y que estuvo a un paso de conquistar Varsovia en 1920, luego de expulsar a los polacos de Ucrania. La mayoría de los involucrados en la “conspiración militar” inventada por el NKVD habían sido detenidos desde mayo de 1937 y fueron sometidos a brutales interrogatorios. De hecho, veinte años más tarde, durante la investigación que rehabilitó la memoria de Tujachevski, se encontró que varias páginas de su “confesión” estaban manchadas con sangre.

Como “medios de prueba”, se presentaron una serie de cartas falsas, supuestamente intercambiadas entre Tujachevski y el alto mando alemán. La Gestapo se prestó para corroborar la “evidencia”, sabiendo que era falsa, seguramente esperando algunos favores de Stalin. Cuando, en agosto de 1939, Stalin y Hitler firmaron el Pacto de No Agresión, el NKVD entregaró 570 militantes del Partido Comunista Alemán, que habían buscado refugio de los nazis en la “Patria de los Trabajadores” y que habían sido purgados, junto con varias secciones extranjeras de la “Internacional”, durante el Gran Terror estalinista. El favor quedaría así pagado.

En 1937-1938, prácticamente todo el alto mando del Ejército y de la Marina resultó purgado. De un total estimado de 178.000 oficiales, no menos de 30.000 fueron expulsados, pasando de los cuarteles a los campos de concentración o al paredón. Con su ataque a los militares, Stalin buscaba reestructurar completamente los mandos militares, con elementos jóvenes, que no conservaban memorias de los momentos comprometidos de Stalin y sus secuaces durante la Guerra Civil y la Guerra con Polonia de 1919-1921. Estos “hombres nuevos”, totalmente sometidos a Stalin, no se opondrían a las órdenes del jefe, como sí podría haberlo hecho un hombre como Tujachevski, bolchevique tan veterano (y tan cruel) como el propio Stalin. El tipo de oficial que quedó a cargo del Ejército Rojo, aunque no osaría oponerse a Stalin, tampoco se opondría con fuerza al enemigo en el campo de batalla. En un ambiente lleno de delatores y con la amenaza constante de ser llevado a un campo de concentración, torturado y fusilado, los que conservaron sus puestos no eran seguramente los prototipos de buen líder bélico. En el mejor de los casos, la masiva desaparición de oficiales obligó a colocar hombres relativamente jóvenes en puestos para los que no estaban preparados. Fueron estos oficiales los que condujeron la bochornosa campaña contra Finlandia en 1939-1940 y serían el tipo de oficial que, según muchos reportes del frente, durante el verano de 1941, usualmente preferirían arrancarse las insignias del mando frente a sus subordinados, para sumarse a ellos en la desbandada general, a la primera señal de tropas alemanas.

En la fotografía, los cinco mariscales de la Unión Soviética antes del Gran Terror. De pie, Semión Budionni y Vasili Blücher; sentados, de izquierda a derecha, Mijail Tujachevski, Kliment Voroshilov y Alexander Yegorov. Yegorov, Blücher y Tujachevski serían torturados y ejecutados durante las purgas.




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