lunes, 28 de noviembre de 2016

Hace 100 años. 27 de noviembre de 1916. Primera Guerra Mundial. Los últimos días de Francisco José (IV)



Hace 100 años
27 de noviembre de 1916
Primera Guerra Mundial

Los últimos días de Francisco José (IV)

El 21 de noviembre de 1916, Arthur Zimmermann es designado Ministro de Relaciones Exteriores de Alemania. Zimmermann ocupaba el cargo de subsecretario de la cartera desde 1911, bajo el ministro titular, Gottlieb von Jagow. No obstante, Zimmermann desempeñaba muchas de las funciones correspondientes al ministro. Desde su influyente posición, participó directamente en la toma de decisiones que desencadenó la Primera Guerra Mundial. Zimmermann, al igual que el entonces canciller Theobald von Bethmann-Hollweg, concordaba con el Káiser Guillermo, en el sentido de apoyar incondicionalmente a Austria-Hungría en la crisis del verano de 1914; una postura que llevaría a la guerra como resultado inevitable.

Desde el Ministerio de Exteriores, Zimmermann tuvo contactos con los revolucionarios irlandeses, especialmente Roger Casement, con quien se reunió en 1914 y con quien intentó coordinar la entrega de armas a los irlandeses que se sublevaron contra Gran Bretaña en la Rebelión de Pascua de 1916, aunque el alto mando del Ejército Alemán se opuso a involucrar tropas de manera directa. Casement volvió a Irlanda a bordo de un submarino alemán, pero fue capturado y ejecutado por los británicos. El Gobierno Alemán persistió en enviar 20.000 fusiles a los rebeldes irlandeses, pero el barco que los transportaba no pudo contactar con los rebeldes y tuvo que ser hundido por sus tripulantes.

Pero de todos los episodios en que estuvo involucrado, el más célebre sería el llamado “telegrama Zimmermann”, que enviaría en enero de 1917 al gobierno mexicano, con una invitación a unirse a Alemania, ante una eventual declaración de guerra norteamericana al “Reich”. El descubrimiento del telegrama, en marzo de 1917, sería uno de los desencadenantes del ingreso de Estados Unidos en la contienda.

El 24 de noviembre de 1916, el “Gobierno Provisional de Defensa Nacional” de Grecia, presidido por Eleftherios Venizelos, declara la guerra a los Imperios Centrales. Es el paso final para separarse irreconciliablemente del gobierno leal al Rey Constantino, que funcionaba en Atenas. Para noviembre de 1916, el gobierno leal a Constantino había sido reducido a la impotencia. Había tenido que tolerar la ocupación de parte importante de su territorio, convertido en campo de batalla de una guerra en la que no había entrado de manera oficial; había tenido que tolerar la existencia de un gobierno paralelo, dirigido por el ex Primer Ministro, Eleftherios Venizelos; había sufrido la confiscación de su marina de guerra y había tenido que retirar su ejército al Peloponeso, mientras otros luchaban sobre su patria. Las potencias de la Entente seguían negociando en secreto con los enviados del Rey, que deseaba mantener la neutralidad griega a toda costa. Y si el monarca no había sido apartado del poder, era sólo por contar con la protección del Zar Nicolás de Rusia, una ventaja que perdería con la Revolución de Febrero de 1917 en Rusia y que modificaría el escenario político.

El 21 de noviembre de 1916, fallece en Viena Su Imperial y Real Apostólica Majestad, Francisco José I, por la Gracia de Dios, Emperador de Austria, Rey Apostólico de Hungría, Rey de Bohemia; Rey de Dalmacia, Croacia, Eslavonia, Galitzia, Lodomeria e Iliria; Rey de Jerusalén y un largo etcétera de títulos acumulados en la cabeza de una dinastía que llevaba ocho siglos entre los poderosos de Europa. Francisco José había llegado muy joven al trono, con apenas 18 años, convocado a reemplazar a su tío, Fernando I, en 1848, cuyas limitaciones le habían impedido regir y que, de hecho, había tenido que dejar el poder en manos de un consejo de regencia. La Revolución de 1848 y la Primera Guerra de Independencia Italiana convencieron a los líderes políticos austriacos de la necesidad de instalar un monarca capaz, de modo que Fernando tuvo que abdicar en la persona de su sobrino.

Había elegido casarse con Isabel (“Sissi”) de Baviera, su prima hermana, de la que se enamoró cuando era apenas una quinceañera. A pesar del mutuo amor que se profesaron al comienzo de su relación, el matrimonio nunca fue del todo feliz. Isabel nunca se acostumbró a la rígida etiqueta de la corte imperial vienesa, probablemente la más cerrada y elitista de Europa. Su vida familiar tampoco fue fácil. La mayor de sus hijas, Sofía, murió siendo una niña y el único varón que tuvieron, Rodolfo, nunca se entendió del todo con su padre y, de hecho, fue apartado de toda función oficial como heredero al trono, debido a sus ideas políticas, consideradas como radicales por el Emperador. En 1889, Rodolfo se suicidó en el llamado “Incidente de Mayerling”, junto a su amante, la baronesa María Vetsera.

El siguiente en la línea sucesoria era el hermano menor de Francisco José, Carlos Luis, un personaje reaccionario y conservador hasta para los estándares Habsburgo. Su hermano nunca se convenció de que fuera apropiado para el cargo. Murió en 1896, luego de contraer una infección durante un viaje a Tierra Santa. Francisco José había tenido otro hermano, Maximiliano, que había sido fusilado en 1867, tras una novelesca aventura como Emperador de México.

La sucesión recayó en Francisco Fernando, hijo de Carlos Luis. Con el Emperador no se llevaba bien y casi todas sus discusiones terminaban a gritos, con el monarca jurando que no abdicaría sino hasta su muerte, para evitar que el nuevo heredero llegara al trono. Francisco Fernando además decidió contraer un matrimonio morganático con la duquesa Sofía Chotek, que significaba apartar de la herencia imperial a toda su descendencia.

En 1898, la Emperatriz Isabel fue asesinada por un anarquista italiano. El ánimo del anciano Emperador nunca se recuperó de la pérdida de la mujer que nunca dejó de amar, a pesar de las diferencias entre ambos. La muerte de sus dos hijos y la de sus hermanos fueron dejando huella en el espíritu de un hombre que había luchado toda la vida contra los duelos de su familia más cercana y contra los cambios de una modernidad que destruía el mundo que él, sucesor de los Césares, estaba llamado a preservar y transmitir. El estallido de la Primera Guerra Mundial fue desencadenado por una nueva tragedia de la dinastía, cuando Francisco Fernando y su esposa fueron asesinados en Sarajevo. Es posible que la desesperación por conservar los retazos de un mundo en proceso de disolución haya influido en la decisión de ir a la guerra que, en una estructura política como Austria-Hungría, dependía de y era responsabilidad del mismo Emperador. Seguramente no imaginó el tipo de guerra que iba a conocer el mundo en los siguientes cuatro años.

Con Francisco José, además de un hombre, murió una época. Su sucesor, el Emperador Carlos I, fue un hombre notable, que llegó a ser beatificado en 2004. Sin embargo, su rol como gobernante fue poco más que un epílogo inevitable de la tragedia que vendría a destruir para siempre el ocho veces centenario Imperio de los Habsburgo.

En la fotografía, un aspecto del solemne servicio fúnebre del Emperador. En primera fila, el Káiser Guillermo II de Alemania.



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Hace 75 años. 27 de noviembre de 1941. Segunda Guerra Mundial. Tobruk: batalla de tanques



Hace 75 años
27 de noviembre de 1941
Segunda Guerra Mundial

Tobruk: batalla de tanques

El 21 de noviembre de 1941, un equipo criptoanalítico de la Marina de Estados Unidos, destacado en el Pearl Harbor, Hawái, detecta la llegada de un escuadrón de submarinos japoneses a las Islas Marshall. Japón y Estados Unidos, aunque siguen negociando, se preparan para lo que parece ser un inevitable curso de colisión. El grupo de analistas que detectó el movimiento japonés estaba dirigido por cierto oficial naval norteamericano, llamado Joseph Rochefort, que llegaría a tener una destacada participación en el apoyo de inteligencia a muchas operaciones durante la Campaña del Pacífico, especialmente en la Batalla de Midway de 1942.

Los japoneses ya están ensamblando la fuerza de ataque encargada de destruir la Flota del Pacífico de la “US Navy”, en caso de que la diplomacia falle. Las perspectivas para la paz en el Pacífico no son alentadoras. El 22, el personal de la embajada japonesa en Washington es informado de que la propuesta recibida dos días antes, el 20 de noviembre, es la última oferta de paz del Imperio Japonés. Si no es aceptada para el 29 de noviembre de 1941, deberán tomarse las medidas para iniciar la guerra contra Estados Unidos, Gran Bretaña y sus aliados. Casi nadie duda de que, en el corto plazo, habrá guerra en el Pacífico. Hasta ahora, sin embargo, Japón ha sido exitoso en ocultar la dirección de los  ataques que planifica para iniciar su ofensiva. Incluso el embajador Eugen Ott, que representa en Tokio a Alemania, aliada del Trono del Crisantemo, reporta a su gobierno que los japoneses están a un paso de lanzarse al ataque; con toda seguridad, en primer lugar, hacia el sur, hacia las Indias Orientales Holandesas y las Filipinas. Nadie espera que golpeen un objetivo tan lejano y arriesgado como Hawái.

El 26 de noviembre, los portaaviones japoneses dejan las Islas Kuriles en dirección a Pearl Harbor. Al otro lado del mundo, el Secretario de Estado Norteamericano, Corder Hull, recibe la información de movimientos de tropas japonesas en Indochina. Hull resuelve presentar una propuesta final al Japón, demandando que los japoneses retiren todas sus tropas de China e Indochina. La propuesta resultaba inaceptable para Japón, que estaba interviniendo en China desde 1937.

En África, la batalla arrecia en torno a Tobruk. El 21 de noviembre, la guarnición de la fortaleza intenta una salida para contactar a las tropas del 8º Ejército que atacan a los alemanes desde Egipto. Se abre una gran batalla de tanques en torno al aeródromo de Sidi Rezegh, que durará los siguientes tres días. Rommel, falto de combustible, ordena que el crucero italiano “Cadorna” parta desde Brindisi con el valioso combustible. La urgente necesidad de carburante obliga a hacer la travesía sin escolta en las aguas del Mediterráneo, siempre peligrosas para un carguero desprotegido. El “Cadorna”, a pesar de las dificultades, logrará llegar hasta África con el tan necesario petróleo, que dará movilidad a las divisiones acorazadas del Eje.

El 23, el “Comando Supremo” Italiano accede a colocar la División Acorazada “Ariete” y la División Motorizada “Trieste” bajo el mando directo de Rommel, que pasa a controlar todas las fuerzas blindadas y motorizadas del Eje en Libia. Ese mismo día, con una osada maniobra, los tanques de Rommel flanquean a la 7ª División Blindada británica, que debe retroceder 30 kilómetros, tras sufrir fuertes bajas. Rommel persigue a los británicos, pero simplemente no tiene suficientes recursos para una contraofensiva. El 26, debe abandonar Sidi Rezegh y el 27 de noviembre, la 2ª División Neozelandesa consigue penetrar el cerco alemán de Tobruk y enlaza con las tropas asediadas. La 21ª y 15ª Divisiones Panzer intentan posicionarse para un contraataque, pero son detenidas por las tropas australianas y británicas. Por el momento, la iniciativa es de la “Commonwealth”.

El avance de los tanques alemanes e italianos del día 23 estuvo a punto de partir en dos a las formaciones de tanques de la “Commonwealth”, que fueron rescatadas de un desastre gracias al apoyo de su aviación, que ahora domina los cielos africanos. Los aviones aliados, no obstante, enfrentan un nuevo obstáculo. Empiezan a arribar al frente africano los primeros ejemplares de aparatos “Macchi C.202 Folgore”, considerado el mejor caza italiano de la guerra. En general, los cazas italianos eran modelos muy obsoletos, como el biplano “Fiat CR.42” o el “Macchi MC.200 Saetta”. El “Folgore” era de otra raza: potente, ágil y bien armado, era capaz de hacer frente a los mejores cazas aliados y fue más que un desafío para los “Hawker Hurricane” de fabricación británica y los “Curtiss P-40 Warhawk”, de fabricación estadounidense, que conformaban los escuadrones de caza de la “Commonwealth” en Noráfrica, a fines de 1941.

En la fotografía, un par de “Folgore”, pintados con camuflaje para el desierto, esperan su turno para entrar en acción en alguna pista de Libia.

Imagen tomada de http://www.mauroantonellini.com/joomla/images/stories/foto/macchi202-07_r.jpg



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lunes, 21 de noviembre de 2016

Hace 100 años. 20 de noviembre de 1916. Primera Guerra Mundial. Los últimos días de Francisco José (III)



Hace 100 años
20 de noviembre de 1916
Primera Guerra Mundial

Los últimos días de Francisco José (III)

El 15 de noviembre, tropas del Imperio Británico inician su avance hacia el interior de la Península del Sinaí, al mando del general Sir Archibald Murray. Es el inicio de un intento definitivo por destruir el poder otomano en Medio Oriente. No se trata solamente de una operación de reconocimiento u hostigamiento; esta vez, las tropas egipcio-británicas tienen el objetivo de ocupar de manera permanente el corredor sirio-palestino, para avanzar después hacia el mismísimo corazón del Imperio Turco.

El frente del Sinaí, a diferencia de los otros teatros de operaciones de la guerra, se caracterizaba porque los ejércitos enemigos estaban separados por una gran e inhóspita “tierra de nadie”, de cientos de kilómetros de ancho. Ocasionalmente los contendientes habían organizado incursiones en territorio adversario, pero era raro que las tropas de uno y otro bando se encontraran, fuera de estos ocasionales ataques. La demora en implementar una ofensiva tenía que ver, en gran parte, con las considerables dificultades logísticas de la lucha en el desierto. El primer y mayor problema era hacerse con agua. Los pozos dispersos, que habían servido a los beduinos durante siglos, eran insuficientes para una fuerza compuesta por decenas de miles de soldados. El mando militar de la “Commonwealth” planeó resolver el dilema del agua construyendo un extenso acueducto, que traería agua desde el Canal de Suez hasta Palestina, bajo la forma de una tubería subterránea, complementada con una línea de ferrocarril.

Los trabajos para el acueducto se habían iniciado a mediados de 1916; de hecho, los turcos habían intentado, sin éxito, atacar estas obras en agosto de 1916, frente al canal, pero fueron derrotados por los británicos, que iniciaron la persecución de esas tropas turcas derrotadas, en esta nueva campaña lanzada en noviembre. La fuerza anglo-egipcia avanzó hasta enero de 1917, cuando los turcos endurecieron su resistencia, conscientes de que los invasores se acercaban peligrosamente a los territorios tradicionalmente turcos, pasando a través de Judea-Palestina y Siria, tierras cargadas de gran simbolismo e importancia histórica, cuya posesión implicaba cuestiones de prestigio imperial, además de consideraciones estratégicas.

El 18 de noviembre puede darse por terminada la larga Batalla del Somme, una de las más importantes y más prolongadas de la Gran Guerra. Los últimos enfrentamientos en la zona del río Ancre habían significado algunos avances para los británicos, pero éstos no consiguieron un rompimiento decisivo en las líneas alemanas, que estarían en su lugar al momento de iniciarse el invierno.

Para los contingentes del Imperio Británico, el Somme convirtió en un auténtico ejército, aguerrido y experimentado, al grupo de entusiastas novatos que reemplazó al antiguo ejército regular, destruido en las primeras batallas del verano de 1914. Pero esta experiencia ganada por la “BEF” (“British Expeditionary Force”) fue la única ventaja concreta obtenida. Para fines de noviembre de 1916, las tropas de la Entente habían avanzado escasos kilómetros, a cambio de 420.000 bajas británicas y 200.000 bajas francesas. Sin duda, un sacrificio demasiado grande para tan magra conquista. Los alemanes, por su parte, sufrieron alrededor de 500.000 bajas en los casi cuatro meses que duró la batalla. Este nuevo tipo de guerra, industrializada y de desgaste, se iba a caracterizar por estas carnicerías horrendas, en que masas incontables de infantes se lanzaban sobre las trincheras enemigas, una y otra vez, a pesar de sufrir miles de muertos en cada ataque y conseguir la conquista de unos pocos kilómetros cuadrados… cuando conseguían algo.

La Batalla del Somme, cuyo resultado debe calificarse como indeciso, significó un paso en la victoria final de la Entente. La guerra de desgaste, aunque hablara mal de la imaginación de los estados mayores de Londres y París, era peor negocio para Alemania, que para Francia y Gran Bretaña, que contaban con el dominio de las líneas mundiales de comunicación y con los casi inagotables recursos humanos y materiales de sus vastos imperios coloniales, además del Imperio Colonial Belga, el Imperio Colonial Portugués, el Reino de Italia y, en breve, el concurso de Estados Unidos.

La presión ejercida sobre Alemania y sus aliados era enorme. Que Alemania haya sorteado la prueba de luchar al mismo tiempo en 1916, sin colapsar, en Verdún, en el Somme, contra la ofensiva rusa de Brusilov, en Serbia, en Salónica y en Rumania, dice mucho de la calidad del ciudadano alemán convertido en soldado. El valor del soldado alemán y la excelencia de su cuerpo de oficiales, serían factores para que 1917 fuera un año inesperadamente complicado para la Entente, que además perdería un valioso aliado, cuando la Revolución redujera a la impotencia al Imperio Ruso.

Francisco José I, Emperador de Austria y Rey Apostólico de Hungría, agoniza. Una neumonía, su avanzada edad, muchos años de duro trabajo y una larga vida llena de lutos, están a punto de llevarse el alma del anciano monarca al Más Allá. Carlos, el heredero al trono de la centenaria Monarquía Habsburguesa, es llamado a Viena, ante la inminente partida del soberano. En pocas horas más, Carlos se convertirá en el último de los Césares, en una línea dinástica que bien puede atribuir su herencia a partir del mismísimo César Augusto, a través del medieval Sacro Imperio Romano-Germánico.

En su larga historia, el núcleo demográfico y cultural del Imperio habían sido los germanohablantes. Al iniciarse el siglo XX, los austriacos eran el grupo étnico más numeroso, aunque constituían, de todos modos, una manifiesta minoría. El censo de 1910 registró a 12.600.000 personas como germanohablantes, es decir, un 23,9% del total de la población de Austria-Hungría. En la “Cisleitania”, correspondían a un tercio de la población total, mientras que llegaban a poco más de un 10% de los habitantes de la mitad húngara del Imperio. El centro de gravedad de la comunidad germanohablante estaba en las provincias del Danubio y de los Alpes, donde se hallaban algunas zonas que eran casi enteramente germánicas en cuanto a población.

La relación de los germanohablantes con las otras nacionalidades reflejaba las contradicciones de un Imperio multiétnico que pugnaba por sobrevivir en tiempos del nacionalismo. En algunas regiones, como el Tirol o Carintia, donde los germanohablantes eran la mayoría, su insistencia en dar la prioridad al idioma alemán en la educación y la administración pública, a menudo causaba tensiones con grupos minoritarios, pero numerosos, como los italianos tiroleses o los eslovenos de Carintia. Bohemia representaba un caso distinto, donde los alemanes eran un grupo culturalmente importante, aunque minoritario, con poco menos de un 37% de la población total. Algunos líderes nacionalistas germanohablantes de los Sudetes habían pretendido con frecuencia separar los territorios de mayoría alemana del resto de Bohemia, contra la negativa de la mayoría checa, que insistía en la inviolabilidad del territorio histórico del Reino de Bohemia, como uno de los tantos “Territorios de la Corona”, que constituían el Imperio Austrohúngaro. En otras regiones, los germanohablantes estaban presentes de manera dispersa o representaban a la autoridad imperial en la burocracia y las fuerzas armadas o bien bajo la forma de elites sociales, como la nobleza o la alta burguesía, que correspondían a una proporción pequeña de la población.

La identidad cultural de los germanohablantes en el Imperio de los Habsburgo era un asunto problemático. El desarrollo de una identidad “austriaca” debía mucho a la política de la dinastía, que dio su existencia al complejo correspondiente a las tierras hereditarias de Austria. Al comienzo, Austria no era más que la aglomeración fortuita de algunos territorios, cuyos puntos en común eran la lengua alemana y el hecho de tener un mismo monarca, que coincidía normalmente con la persona del Sacro Emperador Romano-Germánico. Con el paso de los siglos, las tierras hereditarias de Austria se convirtieron en el núcleo de la multiétnica Monarquía Habsburguesa. Durante el siglo XVIII, los territorios de lo que sería Austria propiamente tal, consolidaron un desarrollo cultural independiente, fuertemente influido por los programas de unificación impulsados bajo la Emperatriz María Teresa y sus sucesores, cuyo propósito era convertir el mosaico de sus dominios en algo parecido a un estado austriaco unificado. Al iniciarse el siglo XIX, a pesar de las obvias heterogeneidades, los dominios de los Habsburgo eran identificados simplemente como “Austria” y la disolución del Sacro Imperio no hizo más que reconocer esta evolución en el terreno fáctico.

Austria fue un caso especial en el contexto del despertar nacionalista de los pueblos históricamente reconocidos como “alemanes”. En el caso de los territorios que terminarían formando la Alemania propiamente tal, el paso hacia la nación-estado estuvo marcado por el conflicto entre ciertas identidades regionales: prusianos, sajones, bávaros, etc., grupos que, no obstante, sentían una fuerte pertenencia a la gran “nación alemana”, considerada en términos culturales. El caso de los austriacos era más complicado todavía. Además de los particularismos regionales (tiroleses, vieneses, germano-bohemios, etc.) y del sentimiento de pertenecer al universo cultural alemán en sentido extenso, los austriacos sentían sobre sus hombros la pesada responsabilidad de ser el sostén demográfico y político del Imperio de los Habsburgo, un privilegio y una carga que compartían con la minoría magiar de Hungría desde el Compromiso de 1867.

La identidad austriaca, desafiada desde su mismo nacimiento, fue duramente puesta a prueba en 1866-1871, con la creación de un estado nacional alemán en torno al Reino de Prusia, que arrebató a Austria su papel directivo tradicional entre los estados alemanes. Desde entonces, Austria no sería el único “Reich” y Francisco José no sería el único “Kaiser”. La obvia frustración de perder la guerra de 1866 contra Prusia y tener que compartir la posición de liderazgo en el mundo germanoparlante, se combinó con la necesidad de reinventar el Imperio como “Austria-Hungría” en 1867; una innovación que no bastaba para impedir cierto complejo de inferioridad ante el vigoroso desarrollo de la Alemania Guillermina, visto desde la posición de un viejo Imperio que se presentaba como gran potencia, pero que era realmente un poder en declive.

La política europea de alianzas determinó que el nuevo “Reich” Alemán fuera a la guerra de la mano del viejo “Reich” Austriaco. La derrota de ambos y la disolución del segundo hizo más insegura aún la confundida identidad austriaca, al punto de que, en la siguiente guerra, Austria no sería otra cosa que una provincia subsumida en el “III Reich” de Hitler.

Abajo, un póster para promover la compra de bonos de guerra, con la representación femenina de Austria como imagen central, siguiendo el modelo de la “Marianne” francesa y de la “Britannia” del Reino Unido.




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Hace 75 años. 20 de noviembre de 1941. Segunda Guerra Mundial. La “Commonwealth” golpea en África



Hace 75 años
20 de noviembre de 1941
Segunda Guerra Mundial

La “Commonwealth” golpea en África

El 14 de noviembre de 1941, la presencia naval británica en el Mediterráneo sufre un rudo golpe. El portaaviones “HMS Ark Royal” no consigue recuperarse de los daños que había sufrido el día anterior y se hunde frente a Gibraltar. La nave había lanzado una agrupación de cazas “Hawker Hurricane” hacia Malta, para reforzar la defensa de la isla, tras lo cual fue alcanzada por un torpedo, lanzado desde un submarino alemán. Ese mismo día 14, los británicos envían varios cargueros que disfrazan de barcos españoles, italianos y franceses, sin escolta, con suministros para Malta. Al mismo tiempo, los transportes “Empire Defender” y “Empire Pelican” son enviados a socorrer la isla con sus pertrechos. Sin embargo, el “Pelican” es hundido por la acción de un torpedero italiano “SM.79 Sparviero”.

El 15 de noviembre, los alemanes reanudan su avance hacia Moscú. Los Grupos “Panzer” 1, 2 y 3, acompañando a los Ejércitos 2º, 3º y 9º extienden las pinzas para intentar cerrar una trampa sobre la capital soviética. Pero el clima es aliado de la defensa. En algunos sectores, las temperaturas caen hasta los -20º Celsius, congelando hombres y máquinas. Cada metro es conquistado por los alemanes sólo tras grandes sacrificios. Además los rusos empiezan, por fin, a pelear en serio. Todavía son muchas las descoordinaciones de un Ejército Rojo muy desorientado, que se enfrenta a la mejor fuerza militar del mundo; pero Moscú será el lugar y el momento de la primera recuperación soviética, aunque sea sólo para evitar la derrota total. El 17 de noviembre, estas tropas germanas que atacan hacia Moscú, se encuentran luchando, por primera vez, contra tropas de refresco venidas desde el Asia Central; se trata de la 44ª División de Caballería, que hostiga las líneas artilleras germanas. La URSS ha perdido millones de soldados, pero todavía tiene reservas, que parecen inagotables.

En el norte del gigantesco Frente Oriental, el 19 de noviembre, el general soviético Feofan Lagunov conduce sin contratiempos un vehículo blindado de reconocimiento “M1”, de fabricación estadounidense, sobre las congeladas aguas del Lago Ladoga, que prueban ser lo bastante resistentes para que puedan pasar camiones con suministros hasta la guarnición que resiste el asedio alemán en Leningrado. Al sur, sin embargo, las cosas siguen yendo mal para los soviéticos, que pierden la importante ciudad de Rostov el 20 de noviembre.

El 17 de noviembre, el coronel general Ernst Udet, Director General de Armamento Aéreo, acaba con su vida, disparándose a sí mismo. Había sufrido varios meses de enfermedad, depresión y tensiones, al ver cómo las pérdidas de su amada “Luftwaffe” aumentaban, sin que se viera cerca la victoria final. Udet había sido el segundo “as” alemán de la Primera Guerra Mundial, sólo superado por el “Barón Rojo” en cantidad de victorias. Ese mismo día, otro célebre comandante alemán vio su vida amenazada: el general Erwin Rommel. Una agrupación de comandos británicos había sido dejada tras las líneas enemigas por dos submarinos, con la misión de capturar o matar al “Zorro del Desierto”. La audaz operación estuvo condenada desde el principio. Las malas condiciones del mal impidieron desembarcar a todos los comandos. De los 36 que lograron tocar tierra, sólo dos regresaron con vida hasta las líneas británicas; el resto murió o fue tomado prisionero. Además, los británicos tenían la información de que Rommel estaría ese día en Sidi-Rafa, Libia, pero la inteligencia falló y no habrían conseguido su objetivo, que estaba en otra parte, incluso si hubieran burlado la vigilancia alemana.

El 18 de noviembre, el 8º Ejército Británico lanza la “Operación Crusader”, cuyo objetivo era levantar el asedio de Tobruk y destruir las fuerzas del Eje estructuradas en torno al “Afrika Korps” alemán. El último intento aliado de relevo de Tobruk había sido la fracasada “Operación Battleaxe”, de junio de 1941, que costó la salida del general Archibald Wavell, reemplazado por el general Claude Auchinleck como nuevo comandante de las fuerzas aliadas en el Norte de África. La ofensiva sería llevada a cabo por dos grandes unidades. El 30º Cuerpo, bajo el mando del general Willoughby Norrie, estaba formado por la 7ª División Blindada, la 1ª División de Infantería Sudafricana y la 22ª Brigada de Guardias. En tanto, el 13er Cuerpo, mandado por el general Reade Godwin-Austen,  alineaba la 4ª División de Infantería India, la 2ª División Neozelandesa y la Brigada de Tanques del 1er Ejército.

El 8º Ejército de Auchinleck también contaba con la presión que pudiera ejercer la guarnición de Tobruk, que incluía la 32ª Brigada de Tanques, la 70ª División de Infantería Británica, la Brigada Polaca de los Cárpatos y el 11er Batallón Checo de Infantería. Estas unidades habían llegado a Tobruk en el curso de las últimas semanas, para relevar a la 9ª División de Infantería Australiana, que había sido transferida. La única formación australiana que quedaba en el puerto-fortaleza al momento de iniciarse “Crusader” era la 20ª Brigada.

Bloqueando el camino de las fuerzas de la “Commonwealth”, estaba el “Grupo Panzer África”, con la 15ª y 21ª Divisiones “Panzer”, la 90ª División de Infantería Ligera alemana, la 55ª División de Infantería Italiana “Savona” y el 21er. Cuerpo Italiano, que agrupaba cuatro divisiones de infantería. Rommel podía contar también con el 20º Cuerpo Motorizado Italiano, que consistía de la 132ª División Blindada “Ariete” y la 101ª División Motorizada “Trieste”. La mayor parte de las fuerzas del Eje estaban cerca de o alrededor de Tobruk, pues el general Rommel estaba preparando un ataque mayor sobre el puerto en torno al 24 de noviembre.

Antes de que amaneciera el 18 de noviembre, el 8º Ejército Británico inició su avance desde Mersa Matruh, en Egipto, hacia la frontera libia con la 7ª División Blindada como punta de lanza. Las fases iniciales de la ofensiva tendrían que haber recibido el apoyo de 724 aviones que, sin embargo, tuvieron que quedarse en tierra, debido a un inesperado frente de mal tiempo que, por otro lado, impidió a los aparatos alemanes de reconocimiento recoger buena información para los mandos ítalo-germanos. La ofensiva también recibió el apoyo de los buques británicos y australianos, que bombardearon las posiciones del Eje desde el primer día de la operación.

Los momentos más dramáticos de la operación estarían marcados por las grandes batallas de tanques, protagonizadas por los “Panzer II”, “Panzer III” y “Panzer IV” alemanes, y los “Fiat-Ansaldo M13/40” italianos, del lado del Eje. Las fuerzas acorazadas de la “Commonwealth” habían experimentado alguna renovación antes de la batalla, con la adición de tanques ligeros “M3 Stuart”, de fabricación estadounidense, acompañando a lo que quedaba de los modelos británicos más antiguos, representados por la gama de “Cruisers” y los robustos, pero muy lentos, “Matilda”. A esta mixtura, los británicos habían añadido el “Crusader A15”, un nuevo modelo de tanques, que ya había luchado en la “Operación Battleaxe” de junio de 1941. El “Crusader”, a pesar de presentar muchos problemas técnicos, fue relativamente exitoso contra los tanques alemanes e italianos, al contar con mejor movilidad y mayor potencia de fuego. De todos modos, el modelo no vio acción de combate más allá del teatro de operaciones Norteafricano, aunque el chasís fue usado posteriormente para vehículos de comunicaciones, antiaéreos, de observación y otros blindados similares de propósito especial.

En la fotografía, un “Crusader” pasa frente a los restos humeantes de un “Panzer IV” alemán.

  

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