domingo, 19 de marzo de 2017

Hace 100 años. 19 de marzo de 1917. Primera Guerra Mundial. La Caída de Nicolás II

Hace 100 años
19 de marzo de 1917
Primera Guerra Mundial

La Caída de Nicolás II

Los días 15, 16 y 17 de marzo de 1917, el alto mando alemán implementa la “Operación Alberich”, nombre clave dado a una gran maniobra de retirada, ejecutada por el “Deutsches Heer” hacia posiciones más fáciles de defender. Hindenburg y Ludendorff no tenían demasiada preferencia por pasar a la defensiva y les gustaba menos el hecho de renunciar a territorio previamente conquistado, pero la inferioridad numérica, económica e industrial de Alemania se hacía cada vez más aguda y la muy probable entrada de Estados Unidos en la guerra no haría más que aumentar ese desequilibrio. Las batallas de Verdún y el Somme en el Oeste, las ofensivas italianas en los Alpes, la resistencia de la Entente en los Balcanes y la Ofensiva de Brusilov en el Frente Ruso, habían sido aguantadas medianamente bien por Alemania, Bulgaria y Austria-Hungría durante 1916, pero el costo para los Imperios Centrales había sido muy alto. Se esperaban además nuevas ofensivas de la Entente en todos los frentes de guerra, de modo que era urgente acortar el Frente Occidental.

La solución fue preparar la llamada “Línea Hindenburg”, una zona fortificada situada varios kilómetros por detrás de la línea del frente de 1914. Significaba renunciar a 1.500 kilómetros cuadrados de territorio francés conquistado al principio de la guerra, pero los alemanes no tenían opción. Mantener el frente tal como estaba, incluso a la defensiva, los obligaba a defender de la Entente una peligrosa saliente, difícil de mantener cuando se está ante una creciente escasez de soldados y recursos. Al momento de terminar la retirada, el nuevo frente se reducía en 45 kilómetros y permitía liberar 10 divisiones, que podían ser enviadas hacia el Este, en previsión de una posible ofensiva rusa.

“Alberich” también significó destruir todo lo que pudiera resultar útil para los anglo-franceses, en una política de “tierra quemada”, que no era nueva en la guerra, pero que impresionó a la opinión pública mundial por aplicarse en el territorio de un país “civilizado”, como era Francia, por parte de otro país “civilizado”, como era Alemania. Alrededor de 200 localidades fueron destruidas hasta los cimientos, así como instalaciones eléctricas, tuberías de agua, pozos, puentes y caminos.

En cuanto a la población civil, ésta fue deportada. Unas 140.000 personas calificadas como aptas para el trabajo, fueron llevadas a Bélgica o a otras zonas del territorio francés aún ocupado por los alemanes. Y unas 15.000 personas, calificadas como no aptas, fueron evacuadas por separado: enfermos, ancianos y niños. El efecto internacional fue brutal para la imagen de Alemania, ya muy afectada por episodios anteriores, como la violación de la neutralidad belga y la guerra submarina irrestricta. Incluso en el campo alemán hubo disenso. El príncipe Rupprecht, heredero del trono bávaro, manifestó su repugnancia hacia lo que consideraba un injusto maltrato hacia civiles inocentes e hizo lo posible por que su nombre no estuviera asociado a la operación. Pensó incluso en renunciar a su posición en el Ejército Alemán, pero no quiso dar la impresión de que se estaba produciendo un quiebre entre el Reino de Bavaria y el gobierno del “Reich”.

El 16 de marzo de 1917, con la abdicación de Nicolás II y el rechazo del Gran Duque Mijail a reemplazar a su hermano, terminan 300 años de reinado de los Romanov sobre Rusia. Para el 13 de marzo (28 de febrero en el calendario juliano), más de 60.000 soldados se habían amotinado en Petrogrado, en respuesta a la serie de sucesos desencadenados desde el 8 de marzo (23 de febrero). El Zar dio órdenes de aplastar el movimiento por la fuerza, pero sus generales no encontraron una cantidad suficiente de tropas leales en la capital. En la noche del 12 al 13 de marzo, los ministros del Zar presentaron su renuncia, luego de sugerir que el Zar estableciera una dictadura militar. Los opositores liberales de la Duma, que no supieron cómo reaccionar al comienzo de la revolución, decidieron formar un comité para restaurar el orden y aprovechar la oportunidad para establecer una monarquía constitucional. Los líderes de la mayoría parlamentaria se las arreglaron para persuadir a gran parte del alto mando militar de la necesidad de una abdicación de Nicolás II a favor de su hijo, el Zarévich Alexei, como único camino para asegurar la prolongación de la guerra contra Alemania y Austria-Hungría, con reales posibilidades de victoria.

Los líderes de la Duma no tuvieron que esforzarse mucho en convencer a los generales de Nicolás. Sólo dos comandantes de cuerpo ofrecieron sus tropas para defender al Zar y apenas un par renunciarían más tarde, como medida de protesta. El resto del alto mando no tuvo problemas en entregar su lealtad al nuevo Gobierno Provisional. Entre los miles de oficiales promovidos durante la guerra, la simpatía hacia la revolución se había ido extendiendo. Confrontado con la pérdida de confianza del Ejército, Nicolás aceptó abdicar, pero lo quiso hacer en la persona de su hermano, el Gran Duque Mijail, consciente de que los graves problemas de salud de su hijo, Alexei, impedirían que llegara a gobernar realmente algún día. Mijail, por su parte, entendió que las masas revolucionarias de Petrogrado no aceptarían un simple cambio de nombre en la monarquía y declinó el honor que se le ofrecía, declarando que sólo asumiría el trono, una vez que la forma de gobierno definitiva fuera decidida por una asamblea competente. Con el rechazo del Gran Duque, el 16 de marzo (3 de marzo) de 1917, llegaba a su fin la centenaria Monarquía Imperial Rusa.

Pocos lamentaron la caída de los Zares. El “Domingo Sangriento” de la Revolución de 1905 había destruido la fe popular en la benevolencia del Emperador. Los pocos respaldos que pudieran quedarle al monarca fueron barridos por un gobierno incompetente, un deficiente liderazgo militar, los rumores de escándalo sexual dirigidos hacia la Emperatriz, a raíz de su cercanía con el monje Rasputín, y sospechas de simpatías pro alemanas en la Corte Imperial.

La caída de la monarquía fue precipitada por dos fuerzas: el movimiento de obreros-soldados y la oposición parlamentaria, extraída de la incipiente clase media rusa, representada por el Partido Constitucional Demócrata o “Kadete”. Estos grupos quedaron institucionalizados y enfrentados en lo que se conoció como “Poder Dual”. La Duma sabía que no tenía autoridad real sobre las masas movilizadas, que se sentirían mucho más representadas por el Soviet de Petrogrado. Los miembros del Soviet fueron invitados a formar parte del Gobierno Provisional, junto a los “Kadetes”, pero rechazaron formar parte de una “revolución burguesa”. Sólo el abogado del Partido Socialista Revolucionario, Alexander Kerensky, se sumó al gobierno y terminaría desempeñando un rol central en el mismo. Pero el resto de los miembros de su partido, así como los Mencheviques, que eran la otra fuerza dominante del Soviet, se mantuvieron al margen al comienzo.

Siguiendo la rígida lógica marxista, la mayoría socialista del Soviet evaluaba que Rusia estaba pasando por una “revolución burguesa” y debería pasar un largo camino de desarrollo capitalista que, en algún momento, la dejaría madura para la “revolución proletaria”. Algunos más exaltados, como los muy minoritarios bolcheviques, llegaron a proponer que el mismo Soviet se transformara en gobierno, pero los mencheviques y los socialistas-revolucionarios no quisieron dar ese paso, temerosos de causar una reacción violenta entre las fuerzas más conservadoras del Ejército.

El 15 de marzo (2 de marzo), el Soviet de Petrogrado aceptó admitir la existencia del Gobierno Provisional, en la medida en que éste llevara adelante un programa de reforma democrática. Pero no se sentía comprometido de antemano a seguir todas sus políticas, especialmente lo relacionado con la continuación de la guerra. Mientras el Gobierno Provisional se quedaba con el poder formal, el Comité Ejecutivo del Soviet era el auténtico dueño de Petrogrado (y, hasta cierto punto, de Rusia, dado el nivel de centralización administrativa del Imperio). En efecto, el Soviet controlaba la capital gracias a la influencia ejercida sobre la guarnición capitalina y sobre los trabajadores de sectores clave, como los transportes y las comunicaciones.

Abajo, una imagen digitalizada de la edición europea del “New York Herald” del 17 de marzo de 1917, que destaca en portada la noticia del momento: la caída del Zar de Todas las Rusias.




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sábado, 10 de diciembre de 2016

Pinochet, diez años depués

Pinochet, diez años después.

Fallecido hace un decenio, el general Augusto Pinochet Ugarte, Comandante en Jefe del Ejército y Presidente de la República, es uno de los personajes más influyentes y controvertidos de la historia de Chile. Hasta con su funeral causó polémica. Sus detractores en el gobierno de hace diez años lo odiaban demasiado como para darle un funeral de Jefe de Estado, aunque no pudieron evitar que 50.000 personas fueran a despedirlo mientras se mantuvo la capilla ardiente en la Escuela Militar.

El 11 de septiembre de 1973, encabezó un golpe de Estado que sacó de La Moneda al Presidente Salvador Allende. El también llamado “pronunciamiento militar” (ambas expresiones son válidas académicamente) fue la acción defensiva de una sociedad acostumbrada a la libertad, que se había visto agredida por los apetitos imperialistas de la Unión Soviética y de su extensión caribeña castrista. Buena parte de los funcionarios y simpatizantes de Allende fueron víctimas de duras medidas represivas, que incluyeron desde la cárcel y el exilio, en la mayoría de los casos, hasta la tortura y la ejecución en algunos cientos de casos, con el beneplácito o la indiferencia de la mayor parte de la sociedad chilena, que sintió alivio cuando los militares decidieron terminar con el experimento allendista. A pocos se le escapaba que el objetivo final de la Unidad Popular no podía ser otro que la llamada "dictadura del proletariado", un sistema político que mantiene unos cuantos ejemplares en el mundo, como Cuba y Corea del Norte, y que ha sido lo bastante estudiado, como para ahondar aquí en sus errores y horrores.

A la izquierda radical, socialista y comunista, se unió al poco tiempo la Democracia Cristiana en la oposición a la dictadura militar y algunos de sus militantes y simpatizantes también recibieron la atención de las policías y de los servicios de inteligencia del régimen. El reproche más serio que se ha hecho al gobierno que Pinochet encabezó en nombre de las Fuerzas Armadas y Carabineros fue justamente la manera violenta de lidiar con, al menos, una parte de la oposición. Los muertos, los torturados o los detenidos sin un debido proceso no podrían formar parte del “legado” de ningún gobierno; a lo más, pueden considerarse un mal tolerado en aras de un bien mayor, argumentado por todos quienes apoyaron activamente al gobierno militar chileno; a saber, el orden interno, la recuperación institucional y el mantenimiento de la independencia nacional. Sobre estas violaciones a los derechos fundamentales de las personas volveré luego.

Sí puede (y objetivamente debe) considerarse un legado del gobierno de Pinochet el excelente estado político-institucional y económico en que entregó un país que recibió como devastado por una guerra. De hecho, Pinochet le evitó a Chile la tragedia de la guerra en 1978, cuando logró superar la crisis fronteriza con la hermana República Argentina, gracias a una muy chilena mezcla de diplomacia y disuasión militar, llena de apariencias y picardías, que lograron engañar a los altos mandos argentinos, quienes seguramente terminaron dudando del éxito de una invasión que llevaban años planificando y que parecía fácil en el papel, debido a las estrecheces que la “Enmienda Kennedy” imponía en el equipamiento militar chileno. La enorme influencia política y moral del entonces recién elegido Juan Pablo II fue también una fuerza decisiva para evitar la guerra en 1978 y conseguir la firma del Tratado de Paz y Amistad en 1984.

Mientras los militares argentinos desviaron su atención hacia el Atlántico Sur, los militares chilenos y los miles de civiles que colaboraban en el gobierno concentraron la suya en dotar al país de una nueva estructura institucional que, reformas más o menos, aún corresponde, en la obra gruesa, al ordenamiento constitucional que hoy rige a la República y bajo cuya sombra Chile ha retomado las sucesiones de autoridades democráticas y la fama de “Estado en forma”, que lo ha honrado desde los días de Portales.

Menos atendida, pero tan decisiva como la institucionalidad jurídica y la economía, la reforma administrativa que dio nacimiento a las actuales regiones es seguramente una de las innovaciones más trascendentales de los últimos cien años. El territorio nacional fue estructurado en una serie de nuevas y mayores unidades mucho más eficientes y gobernables que las antiguas provincias. Estas nuevas regiones no sólo se han vuelto más ricas, mejor administradas y más autónomas; además el nacimiento de las regiones prestó a los chilenos que no viven en Santiago (es decir, la mayoría) un sentido de identidad y pertenencia a su “patria chica” que retroalimenta, en un círculo virtuoso, el mismo proceso de mejoramiento de la administración y de aumento de la calidad de vida de las personas que viven en regiones. Las recientes reformas a la regionalización, algunas ejecutadas, como la división de Tarapacá, otras propuestas, como la división de Bío Bío o la elección popular de intendentes, parecen perder de vista el sentido técnico que debe estar detrás de la administración interna del Estado. Es de esperar que no afecten en demasía la esencia de un sistema que, en general, ha sido tremendamente exitoso desde su implementación en diciembre de 1976.

Pero todos estos logros y cien más que halláremos en el legado del Gobierno Militar no pueden desviar para siempre la mirada que la historia debe orientar hacia las numerosas violaciones a los derechos fundamentales de muchas personas, por parte de agentes del Estado entre 1973 y 1990 ¿Pudo haber sido diferente? ¿Pudo haberse salvado Chile y haber administrado sus luchas intestinas sin el ingrediente sangriento que ha estado presente en todas las luchas civiles de todas las sociedades existentes desde que la historia se empezó a registrar? Chile ha sido distinto y único en muchos aspectos, pero no lo fue en éste y es poco probable que los actores políticos hubieran hallado una salida sin violencia a lo que era, en el último trimestre de 1973, una guerra civil a punto de estallar.

A riesgo de volverme muy impopular, diré que, tanto como el golpe de Estado fue una respuesta defensiva a una agresión externa, las violencias dirigidas contra ciertos sectores de la oposición no pudieron ser del todo inesperadas. En sí mismas, eran consecuencia de la decisión de llevar adelante el golpe. No podía esperarse que todos los adherentes de la Unidad Popular se sentaran a ver cómo les quitaban el poder, especialmente si pensamos que aspiraban a nada menos que el poder total y si pensamos que ellos mismos habían amenazado con el uso de la fuerza para consolidar ese poder, incluso antes de la ocurrencia del golpe. Traicionados por La Habana y por Moscú, carentes de los recursos necesarios para luchar de igual a igual con los uniformados chilenos, los izquierdistas más recalcitrantes y exaltados se pudieron limitar a una guerrilla que, en poco tiempo, había perdido toda posibilidad real de arrebatar por la fuerza el poder al gobierno de Pinochet. Habría que esperar hasta fines de la década de 1980, para que la violencia de las protestas y nuevos movimientos guerrilleros llegaran a ser lo bastante serios como para comprometer la estabilidad del gobierno.

Era una guerra y nadie en su sano juicio puede esperar que los militares actúen en una guerra como si no estuvieran en guerra (perdonando las reiteraciones). El problema y el reproche al gobierno militar no arrancan de la lucha en sí misma, cuando fusiles se enfrentan a fusiles, incluso si eso ocurre en las condiciones irregulares, violentas y llenas de odio del enfrentamiento interno de un país. El reproche tiene su punto de partida en la manera de tratar al adversario, una vez que éste ya no está en condiciones seguir luchando, porque fue herido, porque fue arrestado luego de rendirse o porque nunca participó activamente de la lucha, no obstante lo cual, sigue sufriendo violencias, como detenciones arbitrarias o interrogatorios acompañados de tortura. En este contexto, esos atropellos a los derechos fundamentales de esas personas deben ser considerados como crímenes de guerra, una expresión categórica, viniendo de alguien que tiene y ha tenido familia directa que ha tenido el inmenso honor de vestir los gloriosos uniformes de nuestras Fuerzas Armadas.

¿Fue justo perseguir judicialmente esos crímenes? ¿Es justo todavía, 43 años después? Es una pregunta que nunca he sido capaz de responderme, porque no me atrevo a juzgar a esos hombres que tuvieron que hacer frente a un tipo de agresión para el que nuestros militares y carabineros no estaban preparados y ante el que tuvieron que ir improvisando. La acción militar, cuando debe proteger la independencia de la nación a la que se debe, tiene como objetivo colocar al agresor externo (el marxismo internacional, aunque contara con chilenos en sus filas, era un ente externo, que obedecía a gobiernos extranjeros) en situación de no poder continuar o repetir su agresión ¿Había otra forma de lidiar con algo tan violento como el marxismo? ¿Bastaría con haber recurrido al exilio en el caso de los extremistas más violentos? ¿Habrían renunciado a usar la violencia nuevamente? La compleja administración del pasado en países que sufrieron dictaduras comunistas debe hacernos pensar en este dilema histórico y moral, y no limitarnos a levantar dedos acusadores desde la comodidad de una sociedad que está en paz, para bien o para mal, gracias o, al menos, a consecuencia de lo que hicieron los miembros de las Fuerzas Armadas, Carabineros y los servicios de seguridad asociados.

En todo caso, la pregunta tiene pocas consecuencias prácticas. Los militares y civiles acusados de violaciones a los derechos fundamentales, de hecho, se han sometido al escrutinio público y al juicio de los tribunales que, casi siempre, los han condenado a severas penas. El mismo Pinochet, al arriesgarse en un plebiscito y someterse a las reglas de la democracia, corría ese riesgo y lo asumió del todo cuando fue llevado ante los tribunales, que nunca pudieron emitir una condena en su contra, incluso contando con la animosidad de la mayoría aplastante de la judicatura y los medios de comunicación.

Si algo no se puede decir es que en Chile hubo impunidad para los que cometieron crímenes de guerra desde el Gobierno Militar, una afirmación que podría buenamente hacerse respecto de quienes toleraron, fomentaron e hicieron uso de la violencia desde la oposición al mismo; muchos de los cuales han ocupado e incluso ocupan cargos públicos, para quienes se ha aplicado y aún existe una especia de Ley de Amnistía tácitamente promulgada.


Hay muchas respuestas que no somos capaces de dar respecto de Augusto Pinochet y su gobierno. Sin embargo, para poder aspirar a hacerlo, es bueno que, de una vez por todas, estemos dispuestos a convertirlo en objeto normal de estudio histórico y deje de ser objeto de esa mezcla de odio y temor supersticioso que, aún después de 10 años de muerto, sienten hacia su persona los que se declaran sus opositores.

Abajo, fotografía aérea de la multitud que presentaba sus respetos al fallecido general, durante su velatorio en la Escuela Militar.

Imagen tomada de http://www.losandes.com.ar/files/image/2006/12/11/153846.jpg


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domingo, 14 de mayo de 2006

Estamos Muy Preocupados




Ante todo, ofrezco a todos mis lectores unas sentidas disculpas. Es bien sabido que la excusa agrava la falta, pero he tenido trabajo hasta más arriba del paracaídas, como dicen en el Ejército y, sencillamente, no había tenido tiempo de sentarme a actualizar esta bitácora. En rigor, tampoco tengo mucho tiempo ahora, pero han sido tantos los que se han acercado en los últimos días a este humilde espacio de mis disparates, que ya me siento como el peor de las maleducados por no haber escrito.

En fin, aquí vamos otra vez.

Amigos, estamos muy preocupados. Estamos perplejos todos los que nos dedicamos a enseñar en algún nivel: básico, secundario o superior. Y llevamos hace demasiado tiempo este estupor. Algo muy malo está pasando: nuestros niños y jóvenes aprenden prácticamente nada en las aulas.

Hace ya algunas temporadas que empecé a enseñar en universidades e institutos profesionales. Les contaré (aunque supongo que para muchos no es novedad) que mis colegas y yo solemos comentar con inquietud que buena parte de nuestros alumnos llegan a la educación universitaria con enormes lagunas. Les cuesta un mundo expresarse por escrito y aun oralmente; más que errores, cometen horrores ortográficos; ignoran las nociones más elementales de la sintaxis; desconocen lo más básico de historia y geografía, mientras que de la filosofía y las demás ciencias humanas apenas conocen el nombre.

Recuerdo que hace cuatro o cinco años, mientras aplicaba una evaluación, uno de mis alumnos solicitó mi ayuda a propósito de una pregunta. Se le pedía que ordenara secuencialmente una serie de hechos históricos, entre ellos la caída del Muro de Berlín. Tras escasos minutos de inútil orientación por mi parte, me di cuenta de que su problema no era ignorar cuándo había ocurrido aquello; la fuente de su angustia estaba en que no sabía que había existido un Muro de Berlín...

Podría aburrirlos con un largo listado de experiencias similares y más de alguno pensaría: “bueno, es que las cosas humanísticas no son pasión de multitudes, pero las ciencias duras son otra cosa.” Lo siento, pero es también muy usual que una regla simple de tres, la sumatoria de los ángulos interiores de un triángulo o una división con decimales se conviertan en una pesadilla.
Huelga agregar, por último, que en un país como el nuestro, donde grandes cantidades de profesionales apenas hablan castellano, nuestros estudiantes son incapaces de elaborar la más simple frase en inglés o en cualquier otro idioma extranjero.

Desde luego, hay excepciones. Sin embargo, la regla general corresponde al penoso escenario que les he descrito. Si no me creen, echen un vistazo a las informaciones de prensa o a los sitios web relacionados con las tan comentadas pruebas internacionales, como TIMSS y PISA, por no hablar del ya tristemente célebre SIMCE criollo o la PSU.

¿Qué está pasando? ¿Falta dinero? Quizá, pero el factor de recursos económicos no explica el desastre (sí, desastre) por sí solo. La Concertación ha invertido en educación como nadie y la educación nunca ha estado peor en la historia republicana. Por lo demás, si alzamos la vista más allá de la cordillera que nos dio por baluarte el Señor y del mar que tranquilo nos baña, la conclusión tampoco pasa por disponer de más o menos plata.

Por ejemplo, Luxemburgo fue el país europeo peor situado en los resultados de las pruebas internacionales del 2002, aunque presenta el PIB per cápita más alto del mundo; en otras palabras, es el país más rico del planeta, pero sus estudiantes son los más ignorantes de la vieja Europa. De los países desarrollados, el peor situado es Estados Unidos, que sigue inmediatamente a Luxemburgo en términos de producto (35 mil dólares). Alemania, en tanto, el motor económico de la Unión Europea, con una PIB per cápita de casi 24 mil dólares, es superado en conocimientos científicos por Hungría, un Estado en vías de desarrollo, que hace apenas quince años se reintegró al mundo, tras deshacerse de la peor tiranía que ha ideado jamás el ser humano.

El país mejor evaluado es Japón y podría uno pensar que, dadas las cifras macroeconómicas del Imperio del Sol Naciente, la relación entre dinero y resultados es directamente proporcional. No obstante, la teoría se desmorona cuando comprobamos que el segundo lugar lo ocupa Corea del Sur, seguida de Finlandia. El PIB per cápita de los coreanos no llega ni a la mitad del de los alemanes o luxemburgueses y, si bien el de los fineses es casi tan alto como el los teutones, sus espectaculares resultados económicos son demasiado recientes como para explicar sus índices educativos sobresalientes.

En realidad, no he descubierto nada nuevo. Nadie ha afirmado jamás seriamente que el aumento en el gasto signifique mejores resultados (aunque los ministros, muy amigos de las estadísticas inútiles, lo sugieren para las audiencias televisivas). Si tengo más dinero —puede pensarse—, lo natural es que invierta más y, por tanto, que me vaya mejor. No señores, falso; las cifras son elocuentes otra vez: Estados Unidos gasta anualmente más de 7.700 dólares por alumno en niveles de primera enseñanza, mientras que Corea no llega a los 3.600 (en dólares indexados, de acuerdo con la paridad de poder adquisitivo); Suiza destina a dicho ítem casi 10 mil dólares, pero es largamente superada por Irlanda, que apenas se acerca a los 4 mil.

Es claro a estas alturas que el problema no está en aumentar el presupuesto. Debemos buscar otras explicaciones.

A la hora del análisis de otros factores, como el sueldo de los profesores o las horas de clase, hallamos paradojas muy parecidas a las ya mencionadas. Tampoco debe tratarse de recursos materiales e infraestructura. Quizá en los colegios que atienden a niños y jóvenes bajo la línea de la pobreza, la carencia de recursos técnicos en las aulas puede haber incidido, así como el hecho de provenir de barrios hostiles o familias disfuncionales.

Cabría suponer, entonces, que los alumnos extraídos de sectores medios y altos, deberían llegar bien preparados, pero todo profesor universitario (sus discípulos provienen mayoritariamente de este segmento) sabe que no es así. Estos jóvenes nunca han pasado frío o hambre, fueron criados con cariño y como ninguna generación antes que ésta, han tenido a su disposición medios audiovisuales y textos abundantes y de buena calidad. En efecto, estos avances sorprendentes eran algo de cuya existencia mi generación (y no soy tan viejo, tengo 30) no sospechaba.

“Siempre negativo este tipo —dirán ustedes—, si no se queja por los abortos, la guerra o la contaminación, viene con los problemas educacionales; constantemente quejándose, nunca proponiendo nada.” Concedido, a veces puedo ser un poco negativo, así que veamos si consigo hilvanar un par de ideas constructivas.

Hay que partir por recuperar a los buenos profesores. Las escuelas de pedagogía deben esforzarse por captar a los mejores. Para que eso ocurra, deben conseguirse tres cosas. Primero, las facultades deben dotarse con los mejores docentes, ojalá, personas dedicadas vocacionalmente y a tiempo completo a la enseñanza y a la investigación académica.

Segundo, resulta indispensable un aumento generalizado en las remuneraciones de los profesores básicos y secundarios. Tenemos claro que nunca un profesor se hará rico, pero deben tener sueldos dignos y, sobre todo, deben pagárseles apropiadamente las horas de estudio y corrección de evaluaciones.

Tercero, la sociedad debe mirar otra vez a los profesores con el respeto y, me atrevería a decir, la veneración que les profesaba la generación de nuestros padres y abuelos. Tal vez fue mala idea masificar la enseñanza de la pedagogía. Es verdad que antes educábamos sólo a la elite, pero también lo es que ahora agregamos al pueblo a las aulas, pero no le enseñamos casi nada... y también perdimos a la elite.

Bajo condiciones profesionales justas, debidamente supervisadas por las autoridades, creo que es posible que los profesores nos devuelvan esa educación de excelencia que hizo célebre a Chile en la América austral. Estoy de acuerdo con la evaluación docente, siempre y cuando se extiendan mecanismos de medición para las numerosas escuelas nuevas de educación y se mensuren, asimismo, las condiciones de trabajo, pago e infraestructura de muchos colegios que, cobrando cifras astronómicas de matrícula, dejan mucho que desear en el servicio que prestan y en la forma en que tratan a sus profesores y trabajadores.

Estas no son recetas, son sólo ideas de un lego en educación, aunque sospecho que iniciativas como éstas podrían resultar útiles incluso para los países desarrollado, que también deben estar inquietos y tal vez más que nosotros.

Sólo tomándonos la educación en serio, podremos reencantar al alumno de pedagogía y convencerlo de que no hay tarea más noble que recibir un niño o niña y hacer de él o ella un hombre o mujer de bien, al servicio de su patria y de sus semejantes. Y de que vale la pena vivir esa labor con la fogosidad del apóstol, porque, insisto, por mucho que arreglen los sueldos, nunca conoceremos maestros millonarios y no tendríamos por qué conocerlos tampoco. Enseñar es y será siempre un apostolado.

Todavía recuerdo con cariño algunos profesores que me inspiraron para estudiar y, en general, para ser un mejor hombre. Así como trato de olvidar algunos que me alejaron para siempre de algunas disciplinas. No quiero generalizar, pero siempre he sospechado que mis profesores de matemáticas, física, química y biología, en demasiadas ocasiones, casi se empeñaban en que detestara las ciencias duras.

Bueno, finalmente, no olvidemos a las familias. El ambiente de los niños y jóvenes, en lo inmediato, no es sólo la escuela, es también su hogar. No podemos consentir que los padres sean figuras ausentes. Siempre tiene que haber tiempo y energía para estar con los hijos, aunque uno este cansado; para conversar con ellos y ayudarlos a estudiar. No puede ser que muchos lleguen del trabajo nada más que a esgrimir el control remoto (¡cómo me desagrada la televisión!) o a dormir. Los hijos y la familia están primero; a no olvidar que, como alguien dijo, tener un hijo no te convierte automáticamente en padre, así como tener un piano no te convierte automáticamente en pianista.


Hago un llamado a todos los padres para que los más jóvenes nos vean esforzarnos con alegría en nuestro trabajo y aprovechar el tiempo libre, aunque sea parcialmente, en aumentar nuestra cultura con lecturas edificantes. Ojalá todas las casas dediquen grandes espacios a los libros, porque los niños aprenden, sobre todo, con los buenos ejemplos. Y, de pasada, exijo nuevamente que los libros estén exentos de todos los impuestos.

Eso es, ya no los aburro más, pero como ahora escribo tan poco aquí y este asunto es relevante, me pareció que podían excusarme si me extendía mucho.

Frase de Hoy:
El que sabe y sabe que sabe, es un sabio; seguidle.
El que sabe y no sabe que sabe, está dormido; despertadle.
El que no sabe y no sabe que no sabe, es un necio; evitadle.
El que no sabe y sabe que no sabe, es un niño; enseñadle.
(Versos atribuidos a Mahoma)

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lunes, 6 de febrero de 2006

Los Dibujitos de la Ira


En los últimos días, hemos presenciado la rampante controversia causada por la publicación de doce caricaturas de Mahoma, el profeta del Islam, en el diario danés Jyllands-Posten y su posterior reproducción en otros medios impresos, especialmente europeos. Por razones que no vale la pena discutir aquí, los dibujitos de la discordia fueron originalmente exhibidos en septiembre del año pasado, pero la escalada de manifestaciones violentas en el mundo musulmán recién estalló en los últimos días. Representaciones culturales y diplomáticas atacadas, ciudadanos de los países involucrados amenazados, y ese largo etcétera de la violencia religiosa, han sido el triste balance de la disputa. La mala suerte ha querido que incluso nuestra embajada chilena en Damasco compartiera edificio con las legaciones sueca y danesa, incómoda vecindad que la convirtió en blanco de los airados mahometanos, que la incendiaron junto con las dependencias de esas naciones escandinavas.

He preferido no exhibir en este espacio copias de las caricaturas. Cualquiera, navegando en la red, puede hallarlas. Sólo para ejemplificar su tenor, describiré algunas: una efigie del Profeta con un turbante en forma de bomba, una imagen del mismo con cuernos en la cabeza y una viñeta en que Mahoma se apresura a advertir a unos musulmanes que llegan al Paraíso, que no entren, porque se han quedado sin vírgenes.

Si nos atenemos al aspecto estrictamente jurídico positivo, es posible sostener que las caricaturas son inobjetables. Pero la cuestión crucial no tiene que ver con el ordenamiento legal; en otras palabras, no se trata de determinar si las leyes nacionales y los tratados internacionales restringen o permiten el insulto de las creencias religiosas de una comunidad humana determinada.

Debemos apelar, pues, a la ética periodística, a la formulación doctrinaria de la libertad de expresión y, por último, pero no menos importante, al sentido común y a la prudencia responsable que implica esa libertad.

La libertad de expresión es una de las bases de la institucionalidad democrática. Es muy sugerente que los griegos, precursores de nuestras modernas libertades, raramente utilizaran la expresión demokratía para referirse al sistema de gobierno ático. El régimen de Pericles se definía a sí mismo mediante otras dos expresiones: isonomía, es decir, igualdad de prerrogativas, e isegoría, es decir, el derecho de expresarse libremente en la asamblea de ciudadanos, la Ecclesia, sin temor a represalias.

Desde sus orígenes, pues, las libertades occidentales han estado asociadas al derecho a opinar. Sin embargo, todos los privilegios y libertades, bien entendidos, comportan deberes y límites. La libertad de expresión, entendida como un derecho natural, implica un importante deber correlativo inscrito en la Ley Moral Natural, consistente en que no es lícito decir lo que a uno se le antoje.

La pregunta, entonces, que debemos hacernos como ciudadanos y, en nuestro caso, como periodistas, es la siguiente: ¿la libertad de expresión nos da derecho a insultar a otras personas? Y, más específicamente, ¿nos autoriza a denigrar los valores y los sistemas de creencias distintos a los nuestros?

Mi respuesta es un rotundo ¡NO! Cuando se trata del honor de las personas, el asunto está mejor zanjado. Casi todas las legislaciones reconocen el derecho de una persona ofendida por un medio, a recurrir a los tribunales para que se repare el daño a su imagen. Desde luego, muchas veces esa imagen queda injusta e indefinidamente menoscabada, pero ese es otro asunto.

Pero cuando el ataque va dirigido a instituciones, valores o colectivos, nos hallamos caminando sobre terreno resbaladizo, porque el tratamiento legislativo es más vago. En tal punto, pues, la argumentación ha de ser ética. El humor relativo a la contingencia política o social, en sí mismo es lícito. Desde siempre se ha utilizado como un arma doctrinaria poderosa que, guardando las formas y respetando el fondo, es legítima.

No obstante, en muchas ocasiones, la caricaturización del adversario ideológico se nos aparece como un ejercicio burdo de descalificación, cuando la batería argumental se agota. Por ejemplo, Michelle Bachelet tiene muchos defectos como líder político y está lejos de parecerme idónea para desempeñar la Presidencia, pero siempre me ha parecido ilegítimo que la llamen gordis. Primero, porque quien usa ese epíteto, por pereza intelectual, ha preferido utilizar el lugar común y apelar a una característica física que nada tiene que ver con las cualidades personales que uno espera de un mandatario. Segundo, porque es una vulgaridad que no se le dice a una mujer. En resumen, es indigno de un periodista o un contradictor serio y, además, resulta impropio de un caballero. Como le escuché una vez a Pedro Carcuro, “nunca hay que hacer como periodista, lo que uno no haría como caballero.”

En el caso de las caricaturas de Mahoma y, en general, siempre que se trata de reírse de las convicciones de otras personas, el problema es similar. A falta de argumentos, la sátira se convierte en el arma fácil del ignorante o el cobarde. Los periodistas que publicaron esos dibujos han hecho gala de una profunda ignorancia de la cosmovisión musulmana. Es, al igual que el Cristianismo y el Judaísmo, un llamado a la fraternidad de los hombres. A su modo, que es distinto al nuestro, pero no por eso menos valioso. Podemos sostener que es menos verdadero, pero no menos valioso y respetable, insisto.

Quienes han publicado y defendido esas viñetas olvidan que denostar las creencias religiosas de otros, significa denigrar su alma, ese sagrario del hombre, donde se guardan sus afectos, sus amores, su relación espiritual con sus semejantes y su vinculación con Dios. En otras palabras, es como decir: “tus creencias son inferiores a las mías, hasta el punto que dan risa; tú eres inferior a mí, hasta el punto que eres ridículo.”

Práctica comprobadamente peligrosa, por lo demás, que abre las puertas a otras atrocidades. Los nazis utilizaron profusamente la caricaturización de los judíos, como arma propagandística, para insertar en el imaginario colectivo la imagen del judío tacaño, miserable, egoísta, aprovechador y desleal. Los regímenes socialistas hicieron algo parecido con sus enemigos: el kulak chupasangre, el burgués explotador, el religioso que aliena al pueblo. Y ya vimos en qué terminaron esos experimentos: el Auschwitz alemán, el GULAG soviético, el Ploesti rumano y La Cabaña cubana. Por último, pretender enfrentar el integrismo islámico ridiculizándolo como algo inferior, es caer en su juego, en tanto los extremistas musulmanes (que son una minoría de los musulmanes) realizan sus barbaridades en cuanto estiman que los principios del Islam son superiores a todos los demás.

Además de estas razones éticas y doctrinarias, las caricaturas de Mahoma son irresponsables e imprudentes, dada la presente coyuntura en las relaciones entre Occidente y el mundo islámico. No me trago ese placebo del Choque de Civilizaciones; es una torpeza simplona y nada tiene que ver aquí. En artículo publicado hace algunos meses en este mismo espacio, explico mi posición al respecto (http://senadorleon.blogspot.com/2005/07/el-porqu-de-londres.html).


Y, sin embargo, aunque no presenciamos un choque de culturas, los recientes atentados en Nueva York, Madrid y Londres aconsejan prudencia. Aunque probaran que toda mi argumentación es errónea, subsiste el peligro de desatar una represalia sangrienta que, seguramente, no será sufrida por el descriteriado que diseñó y publicó los chistecitos. Como siempre, pagarían los inocentes.


Toda libertad, especialmente la libertad de prensa, encierra una grave responsabilidad. Las consecuencias de un artículo, un reportaje o, en este caso, una caricatura irreflexiva, pueden ser insospechadas. Si no me creen, pregúntenle a nuestro embajador en Damasco. Como dijo Masaryk: “la libertad no es más que el derecho que tiene cada hombre de cumplir con su deber.”
En conclusión, no se trata de si una torcida interpretación legal nos da el derecho de insultar a las personas, sólo porque son distintas o creen en cosas diversas. Es de sentido común que está mal, que es ilícito, que es ilegítimo insultar al resto, así como es de sentido común que resultaba especialmente peligroso hacerlo, en este preciso momento, con la religión musulmana. Pero, como escribió Chesterton, por desgracia, el sentido común “es el menos común de los sentidos.”



Frase de Hoy: Concede a tu espíritu el hábito de la duda, y a tu corazón, el de la tolerancia. (Georg Christoph Lichtenberg)

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jueves, 19 de enero de 2006

Yo Acuso


Yo Acuso, fue el título de un escrito publicado por Émile Zola en 1898, en que denunciaba la perversa persecución del gobierno francés de la época, contra el capitán Alfred Dreyfus, injustamente acusado de traición. Ante el vergonzoso estado de cosas y amparado por el derecho a petición y por la libertad de expresión, reconocidos por la Constitución Política de la República de 1980, protesto como sigue:

Yo acuso al actual gobierno de promover un GENOCIDIO mediante la distribución de la píldora del día después. Son directamente responsables la actual Presidenta electa, como ex ministra de salud, y el actual Presidente de la República. Uno y otro han aclarado que el asesinato masivo de niños en el vientre de su madre, va a continuar.

Yo acuso al Gobierno de la República de no dar debida cuenta de numerosos casos de corrupción sin aclarar ¿En qué quedaron las investigaciones del MOP? ¿Quién explica el sospechoso cierre de Cerrillos? Y esto, sólo por citar dos, entre numerosos ejemplos.

Yo acuso a los medios de comunicación de una obsecuencia servil ante un gobierno que ha llegado a límites de corrupción desconocidos en Chile. Los medios, lamiendo las botas de la coalición gobernante, han renunciado a su deber sagrado de salvaguardar el ámbito público. Después de canonizar al actual Presidente, siguieron mansamente las indicaciones de las autoridades, para inventar la candidatura de una persona claramente incapaz de ejercer la Primera Magistratura, quien sólo se distingue por su sexo.

Yo acuso a los parlamentarios de gobierno y especialmente a los de oposición, de mantenerse enfrascados en una lucha feroz por obtener cuotas de poder, en vez de cumplir con su obligación constitucional de fiscalizar la administración pública. En el mejor de los casos, su silencio es negligente; espero que no sea culpable.

Yo acuso al Gobierno y a los tribunales de incumplir deliberadamente su deber de proteger a los ciudadanos de la amenaza delictiva. La misma noche en que la Presidenta electa celebraba su triunfo, tuve que renunciar al descanso; en vez de dormir, tuve que vigilar mi casa, porque un asaltante había entrado a la residencia de una vecina y Carabineros estuvo buscándolo hasta la madrugada, sin éxito. Parece que los únicos ciudadanos que reciben sanciones en los tribunales, son los que han llevado uniforme; para el resto, hay impunidad.

Yo acuso a la Presidenta electa de poner en grave riesgo el orden político del país, mediante la propuesta de un sistema electoral proporcional. Está comprobada su ineficiencia, así como está comprobada la eficacia del actual mecanismo binominal, en términos de garantizar estabilidad.

Yo acuso a la Concertación de establecer una alianza táctica con el Partido Comunista. A cambio de unos cuantos votos, la coalición gobernante ha accedido a la modificación electoral recién apuntada y se ha asociado con un movimiento que ha sido el responsable directo de los peores crímenes en la historia humana y de la crisis institucional más grave en la historia de Chile.

Yo acuso a la oposición de desgastarse en luchas inútiles por conservar las migajas de poder que le deja el Gobierno. Su miopía y pusilanimidad los ha condenado a un permanente y merecido segundo lugar. Preocupados de sus propios cuoteos, han dejado de garantizar la vigilancia del Gobierno y han puesto en grave riesgo el fundamento democrático de la alternancia del poder.

Yo acuso a la clase política de preocuparse más de las elecciones que de la grandeza de Chile.

Yo acuso a los ciudadanos de ceguera al elegir a las autoridades y de renunciar a su derecho a indignarse y a manifestarlo.



Frase de Hoy: Para que triunfe el mal, sólo es necesario que los buenos no hagan nada. (Edmund Burke)

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jueves, 10 de noviembre de 2005

Manos firmes y paños fríos

Gracias a Dios, Chile no ha debido entrar en una guerra externa desde hace 127 años... y contando; nuevamente, gracias a Dios. Sin ánimo de ser alarmista, el controvertido proyecto aprobado por el militante Congreso de la hermana República del Perú, puede llevarnos a una situación insospechada; incluso, a lo impensable: a la guerra.

Las escaladas de conflicto suelen ser vertiginosas y, por mucho que uno se sienta preparado, la historia demuestra con pruebas uniformes y abrumadoras, que casi siempre las crisis internacionales avanzan más rápido de lo que actúan los actores diplomáticos y gubernamentales. La única manera de salir airoso de un disputa internacional, es tener un servicio exterior bien preparado y atento y, hasta el momento, aunque estoy lejos de ser un hincha de Ricardo Lagos, reconozco hidalgamente que el Presidente de la República y sus colaboradores, han manejado el asunto de manera correcta.

Segunda opción, la guerra. Poco probable, sí; impensable, ciertamente; horrible, desde luego; imposible, desgraciadamente, no. Cuando, como dijo Lenin, se pasa desde “las armas de la crítica, a la crítica de las armas”, la única forma de estar preparado es haber configurado y mantenido un dispositivo militar disuasivo. En pocas palabras, las Fuerzas Armadas han de tener dimensiones y equipamientos que convenzan a cualquier agresor eventual, de que su ataque le resultará mucho más caro, que cualquier beneficio que pudiera obtener de un conflicto bélico.

En ese sentido, las administraciones recientes, desde el Presidente Pinochet, al Presidente Lagos, ha sido previsoras. Aprovechando las buenas cifras macroeconómicas y la tranquilidad del país, desde 1985, aproximadamente, se ha realizado un profundo proceso de reforma y modernización de las Fuerzas Armadas, que las colocan a la altura de cualquier escenario de confrontación militar externa.

Como ya decía, hace 20 siglos, el autor latino Vergetius, en su “Epitome Rei Militaris”, “si vis pacem, para bellum”: “si quieres paz, prepárate para la guerra”.

Tengo familia con uniforme, de manera que la perspectiva de una guerra, aunque sea corta y limitada, me parece inquietante. Y aunque no fuera así, creo que ningún hombre debiera ver jamás la guerra. Por eso, exactamente, me parece que, tanto en la diplomacia, como en la defensa, deben mantenerse las políticas que han sido tradicionales en Chile. Es decir, mantener una diplomacia vigilante y proactiva, y unas Fuerzas Armadas bien equipadas y modernas.

Muchas son las voces que suelen alzarse en son de protesta cuando se adquieren o se producen armas para la milicia. Estoy de acuerdo en que, de ser posible, sería preferible usar el acero en arados, en vez de usarlo en espadas. La tierra prefiere beber el sudor del obrero, antes que la sangre del soldado. Pero esta crisis, que espero en Dios pueda ser contenida por nuestras autoridades políticas, tal vez termina de convencernos a todos de la necesidad de mantener siempre bien dotados a nuestros regimientos, bases navales y bases aéreas. No vivimos en el Paraíso Terrenal y, gústenos o no, por mucho tiempo estaremos condicionados a vivir junto a vecinos inestables, que pueden sentirse tentados a liberar presión interna, a través de nuestras fronteras.

Otro asunto que me preocupa es la actitud de la gente. Los únicos círculos donde no encuentro histerias chauvinistas y nacionalismos exacerbados, es en los ambientes militares. Ellos saben lo que es la guerra y prefieren evitarla a toda costa. En la vida social, en el mundo del trabajo, en las universidades, en cambio, he percibido un creciente aire de beligerancia y, lo más preocupante, de abierto desprecio a nuestros hermanos peruanos. Que eso son, hermanos; no son indios, no son monos, no son cholos; son nuestros hermanos.

Estoy de acuerdo en que hay que ser firmes. Ya hubo un tratado y el Perú tendrá que respetarlo. Si no lo hace y sufrimos una agresión, bueno, habrá que defenderse. Y estoy seguro de que lo haríamos con éxito, es decir, con la victoria. Paños fríos, sostenidos con manos firmes.

Pero no está bien contribuir al ambiente belicista con comentarios despectivos o con actitudes soberbias. En los últimos años, muchos chilenos se pasean por el mundo haciendo alarde de una de las peores formas de ordinariez, que es pensar que todos en el continente, menos nosotros, son bárbaros atrasados, mientras que nosotros, poco menos, que somos miembros del Primer Mundo. Es cosa de ver una población como la Costanera, entrar en las calles de Hualpencillo o la Emergencia, para ver que nos queda mucho por recorrer. Además, lo que nos hizo “grandes en la América Austral”, como dice el himno de la Escuela Militar, fue la sobriedad y la humildad, no la soberbia vulgar de "nuevo rico".

Una reflexión a modo de recuerdo. Trabajé seis meses en Estados Unidos, en el centro de esquí “Dodge Ridge”, en Cold Springs, California. Entre los muchos amigos que hice, se contaban varios peruanos. Recuerdo especialmente a las dos preciosas Úrsulas y a la no menos bonita Daniela. Al buen Piero y, en fin, a tantos otros. Por cierto, si mi país llamara, seré el primero en la frontera y, de ser necesario, ofrendaría mi vida en las sagradas aras de la Patria; siempre he estado dispuesto a dar mi sudor y mi sangre por aquellos que amo; quienes me conocen, me han visto hacerlo. Y yo amo a mi país. Pero preferiría no tener que hacerlo, porque mi naturaleza se rebela de sólo pensar que hombres con nuestro uniformes o hasta yo mismo, pudiéramos cercenar la vida de una de estas personas o destruir sus hogares.

Eso, precisamente, es la integración. Conocer al “otro” e internalizar que son personas, dignas de nuestro respeto y hasta afecto, en el caso de estos amigos míos peruanos (incluso amor, porque la Úrsula es muy linda, pero eso puede dar para otro blog; pero, en serio, una limeña preciosa). Por eso estos viajes y la permeabilización de las fronteras son procesos que es necesario alentar.

Conozco a mucha gente en muchas esferas y soy muy preguntón. Y muchos me han confidenciado que “la cosa podría ponerse fea”. Esperemos que no llegue a eso. Grau y Bolognesi, Prat y Carrera Pinto, fueron hombres grandes, que legaron un ejemplo imperecedero de abnegación y sacrificio por el amor de la patria y por amor de los nobles pueblos de Chile y del Perú; incluso, el sacrificio máximo. Pero su entrega por ese amor, ha de recordarnos que dicho amor debe ser más fuerte que el resentimiento que puede surgir frente a los que podemos creer, erróneamente, que son nuestros enemigos. Si todos amáramos a nuestras patrias, más de lo que detestamos a nuestros adversarios, la guerra no existiría en el mundo; si amáramos a nuestros niños, más de lo que odiamos a los enemigos que nos creamos, podríamos convertir todos los sables y bayonetas en herramientas de labranza. Ruego a Dios que ese día llegue. Y ruego a Dios que no llegue el día en que esta crisis se convierta en algo peor.




Frase de Hoy: La guerra es una masacre entre gentes que no se conocen, para provecho de gentes que sí se conocen, pero que no se masacran (Paul Ambrose Valléry)

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