sábado, 10 de diciembre de 2016

Pinochet, diez años depués

Pinochet, diez años después.

Fallecido hace un decenio, el general Augusto Pinochet Ugarte, Comandante en Jefe del Ejército y Presidente de la República, es uno de los personajes más influyentes y controvertidos de la historia de Chile. Hasta con su funeral causó polémica. Sus detractores en el gobierno de hace diez años lo odiaban demasiado como para darle un funeral de Jefe de Estado, aunque no pudieron evitar que 50.000 personas fueran a despedirlo mientras se mantuvo la capilla ardiente en la Escuela Militar.

El 11 de septiembre de 1973, encabezó un golpe de Estado que sacó de La Moneda al Presidente Salvador Allende. El también llamado “pronunciamiento militar” (ambas expresiones son válidas académicamente) fue la acción defensiva de una sociedad acostumbrada a la libertad, que se había visto agredida por los apetitos imperialistas de la Unión Soviética y de su extensión caribeña castrista. Buena parte de los funcionarios y simpatizantes de Allende fueron víctimas de duras medidas represivas, que incluyeron desde la cárcel y el exilio, en la mayoría de los casos, hasta la tortura y la ejecución en algunos cientos de casos, con el beneplácito o la indiferencia de la mayor parte de la sociedad chilena, que sintió alivio cuando los militares decidieron terminar con el experimento allendista. A pocos se le escapaba que el objetivo final de la Unidad Popular no podía ser otro que la llamada "dictadura del proletariado", un sistema político que mantiene unos cuantos ejemplares en el mundo, como Cuba y Corea del Norte, y que ha sido lo bastante estudiado, como para ahondar aquí en sus errores y horrores.

A la izquierda radical, socialista y comunista, se unió al poco tiempo la Democracia Cristiana en la oposición a la dictadura militar y algunos de sus militantes y simpatizantes también recibieron la atención de las policías y de los servicios de inteligencia del régimen. El reproche más serio que se ha hecho al gobierno que Pinochet encabezó en nombre de las Fuerzas Armadas y Carabineros fue justamente la manera violenta de lidiar con, al menos, una parte de la oposición. Los muertos, los torturados o los detenidos sin un debido proceso no podrían formar parte del “legado” de ningún gobierno; a lo más, pueden considerarse un mal tolerado en aras de un bien mayor, argumentado por todos quienes apoyaron activamente al gobierno militar chileno; a saber, el orden interno, la recuperación institucional y el mantenimiento de la independencia nacional. Sobre estas violaciones a los derechos fundamentales de las personas volveré luego.

Sí puede (y objetivamente debe) considerarse un legado del gobierno de Pinochet el excelente estado político-institucional y económico en que entregó un país que recibió como devastado por una guerra. De hecho, Pinochet le evitó a Chile la tragedia de la guerra en 1978, cuando logró superar la crisis fronteriza con la hermana República Argentina, gracias a una muy chilena mezcla de diplomacia y disuasión militar, llena de apariencias y picardías, que lograron engañar a los altos mandos argentinos, quienes seguramente terminaron dudando del éxito de una invasión que llevaban años planificando y que parecía fácil en el papel, debido a las estrecheces que la “Enmienda Kennedy” imponía en el equipamiento militar chileno. La enorme influencia política y moral del entonces recién elegido Juan Pablo II fue también una fuerza decisiva para evitar la guerra en 1978 y conseguir la firma del Tratado de Paz y Amistad en 1984.

Mientras los militares argentinos desviaron su atención hacia el Atlántico Sur, los militares chilenos y los miles de civiles que colaboraban en el gobierno concentraron la suya en dotar al país de una nueva estructura institucional que, reformas más o menos, aún corresponde, en la obra gruesa, al ordenamiento constitucional que hoy rige a la República y bajo cuya sombra Chile ha retomado las sucesiones de autoridades democráticas y la fama de “Estado en forma”, que lo ha honrado desde los días de Portales.

Menos atendida, pero tan decisiva como la institucionalidad jurídica y la economía, la reforma administrativa que dio nacimiento a las actuales regiones es seguramente una de las innovaciones más trascendentales de los últimos cien años. El territorio nacional fue estructurado en una serie de nuevas y mayores unidades mucho más eficientes y gobernables que las antiguas provincias. Estas nuevas regiones no sólo se han vuelto más ricas, mejor administradas y más autónomas; además el nacimiento de las regiones prestó a los chilenos que no viven en Santiago (es decir, la mayoría) un sentido de identidad y pertenencia a su “patria chica” que retroalimenta, en un círculo virtuoso, el mismo proceso de mejoramiento de la administración y de aumento de la calidad de vida de las personas que viven en regiones. Las recientes reformas a la regionalización, algunas ejecutadas, como la división de Tarapacá, otras propuestas, como la división de Bío Bío o la elección popular de intendentes, parecen perder de vista el sentido técnico que debe estar detrás de la administración interna del Estado. Es de esperar que no afecten en demasía la esencia de un sistema que, en general, ha sido tremendamente exitoso desde su implementación en diciembre de 1976.

Pero todos estos logros y cien más que halláremos en el legado del Gobierno Militar no pueden desviar para siempre la mirada que la historia debe orientar hacia las numerosas violaciones a los derechos fundamentales de muchas personas, por parte de agentes del Estado entre 1973 y 1990 ¿Pudo haber sido diferente? ¿Pudo haberse salvado Chile y haber administrado sus luchas intestinas sin el ingrediente sangriento que ha estado presente en todas las luchas civiles de todas las sociedades existentes desde que la historia se empezó a registrar? Chile ha sido distinto y único en muchos aspectos, pero no lo fue en éste y es poco probable que los actores políticos hubieran hallado una salida sin violencia a lo que era, en el último trimestre de 1973, una guerra civil a punto de estallar.

A riesgo de volverme muy impopular, diré que, tanto como el golpe de Estado fue una respuesta defensiva a una agresión externa, las violencias dirigidas contra ciertos sectores de la oposición no pudieron ser del todo inesperadas. En sí mismas, eran consecuencia de la decisión de llevar adelante el golpe. No podía esperarse que todos los adherentes de la Unidad Popular se sentaran a ver cómo les quitaban el poder, especialmente si pensamos que aspiraban a nada menos que el poder total y si pensamos que ellos mismos habían amenazado con el uso de la fuerza para consolidar ese poder, incluso antes de la ocurrencia del golpe. Traicionados por La Habana y por Moscú, carentes de los recursos necesarios para luchar de igual a igual con los uniformados chilenos, los izquierdistas más recalcitrantes y exaltados se pudieron limitar a una guerrilla que, en poco tiempo, había perdido toda posibilidad real de arrebatar por la fuerza el poder al gobierno de Pinochet. Habría que esperar hasta fines de la década de 1980, para que la violencia de las protestas y nuevos movimientos guerrilleros llegaran a ser lo bastante serios como para comprometer la estabilidad del gobierno.

Era una guerra y nadie en su sano juicio puede esperar que los militares actúen en una guerra como si no estuvieran en guerra (perdonando las reiteraciones). El problema y el reproche al gobierno militar no arrancan de la lucha en sí misma, cuando fusiles se enfrentan a fusiles, incluso si eso ocurre en las condiciones irregulares, violentas y llenas de odio del enfrentamiento interno de un país. El reproche tiene su punto de partida en la manera de tratar al adversario, una vez que éste ya no está en condiciones seguir luchando, porque fue herido, porque fue arrestado luego de rendirse o porque nunca participó activamente de la lucha, no obstante lo cual, sigue sufriendo violencias, como detenciones arbitrarias o interrogatorios acompañados de tortura. En este contexto, esos atropellos a los derechos fundamentales de esas personas deben ser considerados como crímenes de guerra, una expresión categórica, viniendo de alguien que tiene y ha tenido familia directa que ha tenido el inmenso honor de vestir los gloriosos uniformes de nuestras Fuerzas Armadas.

¿Fue justo perseguir judicialmente esos crímenes? ¿Es justo todavía, 43 años después? Es una pregunta que nunca he sido capaz de responderme, porque no me atrevo a juzgar a esos hombres que tuvieron que hacer frente a un tipo de agresión para el que nuestros militares y carabineros no estaban preparados y ante el que tuvieron que ir improvisando. La acción militar, cuando debe proteger la independencia de la nación a la que se debe, tiene como objetivo colocar al agresor externo (el marxismo internacional, aunque contara con chilenos en sus filas, era un ente externo, que obedecía a gobiernos extranjeros) en situación de no poder continuar o repetir su agresión ¿Había otra forma de lidiar con algo tan violento como el marxismo? ¿Bastaría con haber recurrido al exilio en el caso de los extremistas más violentos? ¿Habrían renunciado a usar la violencia nuevamente? La compleja administración del pasado en países que sufrieron dictaduras comunistas debe hacernos pensar en este dilema histórico y moral, y no limitarnos a levantar dedos acusadores desde la comodidad de una sociedad que está en paz, para bien o para mal, gracias o, al menos, a consecuencia de lo que hicieron los miembros de las Fuerzas Armadas, Carabineros y los servicios de seguridad asociados.

En todo caso, la pregunta tiene pocas consecuencias prácticas. Los militares y civiles acusados de violaciones a los derechos fundamentales, de hecho, se han sometido al escrutinio público y al juicio de los tribunales que, casi siempre, los han condenado a severas penas. El mismo Pinochet, al arriesgarse en un plebiscito y someterse a las reglas de la democracia, corría ese riesgo y lo asumió del todo cuando fue llevado ante los tribunales, que nunca pudieron emitir una condena en su contra, incluso contando con la animosidad de la mayoría aplastante de la judicatura y los medios de comunicación.

Si algo no se puede decir es que en Chile hubo impunidad para los que cometieron crímenes de guerra desde el Gobierno Militar, una afirmación que podría buenamente hacerse respecto de quienes toleraron, fomentaron e hicieron uso de la violencia desde la oposición al mismo; muchos de los cuales han ocupado e incluso ocupan cargos públicos, para quienes se ha aplicado y aún existe una especia de Ley de Amnistía tácitamente promulgada.


Hay muchas respuestas que no somos capaces de dar respecto de Augusto Pinochet y su gobierno. Sin embargo, para poder aspirar a hacerlo, es bueno que, de una vez por todas, estemos dispuestos a convertirlo en objeto normal de estudio histórico y deje de ser objeto de esa mezcla de odio y temor supersticioso que, aún después de 10 años de muerto, sienten hacia su persona los que se declaran sus opositores.

Abajo, fotografía aérea de la multitud que presentaba sus respetos al fallecido general, durante su velatorio en la Escuela Militar.

Imagen tomada de http://www.losandes.com.ar/files/image/2006/12/11/153846.jpg


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lunes, 15 de agosto de 2016

Hace 75 años. 14 de agosto de 1941. Segunda Guerra Mundial

Hace 75 años
14 de agosto de 1941
Segunda Guerra Mundial

El 8 de agosto de 1941, una agrupación de bombarderos bimotor Ilyushin “Il-4” realiza un ataque sobre Berlín, el primero de la aviación soviética sobre territorio alemán. Aunque el bombardeo no tuvo mucho impacto, es una nueva prueba de que no hubo tal cosa como una súbita destrucción de la aviación rusa en un ataque masivo alemán durante las primeras horas de “Barbarroja”. Mucho más destructivo fue el “raid” efectuado por la “RAF” británica en las primeras horas del 12 agosto. Poco antes de la madrugada, aparatos británicos atacaron las vías férreas de Hanover. Tras ponerse el sol, 78 bombarderos, escoltados por 485 cazas, efectuaron el mayor ataque diurno sobre Alemania hasta la fecha, esta vez, sobre la zona en torno a Colonia. Los alemanes pudieron reunir apenas unos cuantos cazas, pero el fuego antiaéreo era intenso.

En el Frente Oriental, el 8 de agosto culmina la lucha en la llamada “Bolsa de Uman”, en Ucrania Occidental. En Ucrania, el mariscal Semión Budionni tenía nominalmente bajo su mando 1,5 millón de hombres al comenzar la campaña. Al igual que en todos los sectores cubiertos por el Ejército Rojo, desde los primeros días de la campaña, una gran parte de los soldados prefirieron desertar o darse prisioneros, abandonando toneladas de excelente material de guerra, que habría causado grandes problemas a los alemanes, en manos de tropas motivadas. Para mediados de agosto, los restos de las unidades más cercanas a la frontera habían recibido refuerzos desde los escalones militares del interior, pero las tropas de refresco tuvieron el mismo comportamiento que sus camaradas de las primeras batallas de junio y julio, aunque se iba haciendo más frecuente para los alemanes tener que cambiar desde formación de marcha a formación de combate.

De los 300.000 hombres que quedaron en Uman, unos 100.000 pudieron escapar del cerco; el resto de lo que alguna vez fueron el 6º y el 12º Ejércitos Soviéticos fueron pulverizados, convirtiéndose en muertos o prisioneros. Tras la rendición de los rusos, las puntas de lanza de los “Panzergruppen” fueron redirigidas hacia Kiev, donde estaba montándose el escenario para otro gran cerco de tropas soviéticas.

Entre el 9 y el 12 de agosto, el Presidente de Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt, y el Primer Ministro Británico, Winston S. Churchill, sostuvieron varias reuniones a bordo del acorazado británico “HMS Prince of Wales” y del crucero pesado norteamericano “USS Augusta”, frente a la Bahía de Placentia, en Newfoundland, Canadá. Fue la primera de muchas reuniones que ambos líderes protagonizarían durante la guerra. El resultado de esta conferencia fue una declaración conjunta, conocida como “Carta del Atlántico”.

Aunque EE.UU. no entraría a la guerra sino hasta cuatro meses más tarde, uno de los propósitos del encuentro fue asegurar el apoyo norteamericano al Reino Unido, que se había salvado de una invasión nazi, luego de rechazar el asalto de la aviación alemana durante la Batalla de Inglaterra, pero que todavía enfrentaba una situación militar y geopolítica crítica. Después de poner fuera de combate a Francia y a la propia Fuerza Expedicionaria Británica, Alemania había infligido derrotas humillantes a Yugoslavia, Grecia y a las tropas británicas que intentaron asistir a esas naciones balcánicas. En África del Norte, el genial general alemán, Erwin Rommel, tenía sitiada a la guarnición de Tobruk, con la mira puesta en el Canal de Suez y, por tanto, amenazaba la conexión de Gran Bretaña con sus posesiones coloniales, especialmente la India. Alemania también avanzaba rápidamente hacia el interior de la Unión Soviética y la caída de Moscú, en agosto de 1941, parecía cosa de días. Por último, además de lidiar con las agresiones nazis en Europa, el Reino Unido estaba preocupado por la creciente agresividad japonesa en el Pacífico, donde todo parecía indicar que el “Imperio del Sol Naciente” se preparaba para dar un golpe de mano contra los intereses británicos en el Extremo Oriente.

El documento resultante de la conferencia formuló una serie de principios que estarían en la base de la política occidental de posguerra, al menos, a nivel de buenas intenciones, como el rechazo a aumentos territoriales por parte de los vencedores, liberalización del comercio internacional, libertad de los mares y la búsqueda de cierto estándares mínimos en trabajo, economía y bienestar social. Uno de los principios más importante formulados en la Carta del Atlántico era restaurar la autodeterminación de todas las naciones que habían sido ocupadas durante la guerra y permitir a todos los pueblos decidir libremente la forma de gobierno que mejor se acomodara a sus intereses. Es imposible dejar de ver gran similitud entre los “Catorce Puntos” que Woodrow Wilson quiso imponer al término de la guerra anterior y estos principios formulados por los líderes de las democracias occidentales, un cuarto de siglo más tarde. Las propuestas de Roosevelt tendrían mejor fortuna que las de su predecesor, pero su efectividad fue, de todos modos, limitada. Las naciones de Europa Central y Oriental, que habían tenido que soportar la tutela del nazismo o sus agresiones, al terminar la Segunda Guerra Mundial, permanecieron en una era de oscuridad, que no sería superada sino hasta fines del siglo XX, cuando las tiranías marxistas fueran abolidas en casi todos los estados donde llegaron a gobernar.

Los resultados prácticos inmediatos del encuentro tampoco fueron alentadores. Roosevelt esperaba que la Carta alentara al público estadounidense a apoyar la intervención de EE.UU. como aliado militar de los británicos; sin embargo, la mayor parte de la población se opuso a la entrada en la guerra hasta que Japón atacó territorio estadounidense en diciembre de 1941. Churchill esperaba conseguir un compromiso de parte de Roosevelt, en el sentido de cumplir ciertas condiciones o plazos para entrar en la guerra, pero ni siquiera consiguió que el Presidente discutiera el asunto. Para Churchill y para muchos en Gran Bretaña, el Imperio Británico estaba recibiendo poco, a cambio de conceder mucho, especialmente en ciertos puntos que podían ser un peligro para sus mismísima existencia, como el principio de autodeterminación de los pueblos, que podía ser esgrimido por las posesiones coloniales británicas contra la metrópoli, como ocurrió, de hecho, luego de finalizar la guerra. Asimismo, si se llevaba al extremo el principio de libertad de comercio, el sistema de preferencias para el comercio al interior del Imperio no podía seguir existiendo en la forma en que lo había hecho hasta entonces. Churchill sabía que renunciar a esas ventajas comerciales le enajenaría el apoyo de muchos en casa, partiendo por los sectores más proteccionistas en su propio Partido Conservador.

Por otro lado, el sagaz líder británico entendía que el contenido de la Carta era lo mejor que podía obtenerse, dadas las duras condiciones en que estaba siendo acordada. Es por eso que recomendó a su gabinete que lo aceptara, bajo la premisa de que sería imprudente presentar objeciones innecesarias a un poderoso aliado, como EE.UU., tomando en cuenta la severa crisis que enfrentaba Gran Bretaña. Después de todo, la Carta del Atlántico serviría para acercar más a las dos potencias anglosajonas y elevaría la moral de los británicos, que tan faltos estaban de buenas noticias en el verano de 1941. Y, aunque no era un verdadero tratado, era una afirmación pública de la solidaridad entre el Reino Unido y Estados Unidos.

En la fotografía, Roosevelt y Churchill (sentados, a la izquierda de la imagen), asisten a un servicio religioso a bordo del “Prince of Wales”. Este poderoso acorazado había alcanzado fama al enfrentar al acorazado “Bismarck” en la Batalla del Estrecho de Dinamarca y ahora aumentaba su celebridad al ser el escenario de un importante encuentro diplomático. En diciembre de ese mismo año, volvería a hacer historia, pero de manera trágica, cuando fuera el primer buque capital, junto con el crucero de batalla “HMS Repulse”, en ser hundido en alta mar por un ataque aéreo, frente a las costas de Malaca, al inicio de la ofensiva japonesa en el Pacífico.







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domingo, 22 de mayo de 2016

Hace 75 años. 22 de mayo de 1941. Segunda Guerra Mundial

Hace 75 años
22 de mayo de 1941
Segunda Guerra Mundial

Durante los días 15 y 16 de mayo de 1941, se desarrolla la “Operación Brevity”. Se trata de una ofensiva lanzada por las tropas de la “Commonwealth” contra las fuerzas del Eje en África del Norte. El primer objetivo era reconquistar el estratégico Paso de Halfaya. El objetivo siguiente era preparar el terreno para preparar un ataque con mayor profundidad hacia Tobruk, que permitiera relevar por tierra a la guarnición asediada por las fuerzas de Rommel. A pesar del éxito inicial de la ofensiva británica, los contraataques alemanes consiguieron restablecer la situación y, para el segundo día, el mando británico inició la retirada de sus tropas.

El 16 de mayo de 1941, el Delegado del Comisario del Pueblo para la NKVD (la policía política y represiva soviética), Vsevolod Merkulov, reporta a Iosif Stalin sobre la deportación planificada para los “elementos socialmente peligrosos” de los países bálticos, que habían sido anexados por la URSS en agosto de 1941. Las deportaciones masivas fueron una herramienta muy utilizada por el régimen comunista de Stalin, como una forma de diluir los sentimientos nacionales de los pueblos de la Unión Soviética y, de paso, eliminar toda amenaza (real, potencial o imaginaria) de grupos que pudieran sentir poca simpatía hacia el gobierno de Moscú. La primera vez que se usó este mecanismo fue en 1937, cuando casi la totalidad de los ciudadanos soviéticos de etnia coreana fueron deportados desde su hogar ancestral hasta Kazajstán y Uzbekistán, en el Asia Central. De los más de 170.000 coreanos desplazados, alrededor de 40.000 personas murieron de hambre, a causa de las horribles condiciones del viaje o por las dificultades de adaptarse a los territorios hasta donde eran llevados.

En el caso de los países bálticos —Estonia, Letonia y Lituania—, las primeras migraciones forzosas fueron las deportaciones de junio de 1941, aunque el aparato represivo estalinista estaba trabajando a toda máquina desde el mismo día en que las tropas soviéticas atravesaron las fronteras de los tres pequeños países, que tuvieron que aceptar la “protección” comunista, ante la alternativa de lisa y llanamente ser exterminados por entero de la faz de la Tierra. En Lituania, las deportaciones de junio afectaron entre 16.000 y 18.000 personas. En Letonia, el conteo supera las 15.000 personas. En Estonia, más de 10.000 personas fueron deportadas en la misma operación y, durante el primer año de la ocupación soviética, un total de 54.000 estonios fueron ejecutados, deportados o movilizados en el Ejército Rojo. Además de los “enemigos del pueblo” y los “elementos socialmente extraños o peligrosos”, los comunistas enviaban hasta los campos de concentración a todas sus familias, de hecho, generando una campaña de exterminio en regla.

Entre 1937 y 1949, el régimen comunista ordenó la deportación de 2.000.000 de personas, pertenecientes a 13 nacionalidades distintas, en lo que ha sido una de las mayores, más despiadadas y más efectivas limpiezas étnicas de la historia universal. Hubo grupos nacionales que, no obstante perder gran parte de su población, pudieron mantener su identidad y recuperar su independencia a fines del siglo XX, cuando cayó el Imperio Mundial Soviético; fue el caso de Estonia, Letonia y Lituania, entre otros. Pero otros grupos, como los soviéticos de ascendencia alemana y finesa; los calmucos, los tártaros de Crimea y los griegos del Mar Negro fueron prácticamente extinguidos. A diferencia de los crímenes genocidas llevados a cabo por los nazis y sus aliados, los genocidios comunistas han recibido poca atención mediática, aunque están bien documentados y han sido cada vez más estudiados, especialmente por investigadores de las naciones que los sufrieron.

El 19 de mayo de 1941, el acorazado alemán “Bismarck”, acompañado del crucero pesado “Prinz Eugen”, inician la “Operación Rheinübung” (“Ejercicio del Rin”). Al mando del almirante Günther Lütjens, el objetivo de los dos poderosos navíos era entorpecer el tráfico mercante de convoyes dirigidos hacia y desde las Islas Británicas. Fueron escoltados por destructores hasta el Mar del Norte. Luego de reabastecerse en la Noruega ocupada, la flotilla siguió hacia el mar abierto. Informes erróneos de inteligencia y reconocimiento convencieron al mando naval alemán de que la “Home Fleet” no estaba al tanto de la salida del “Bismarck” y de que seguía anclada en su base escocesa de Scapa Flow. Sin embargo, la “Royal Navy” supo de la operación apenas iniciada, despachando de inmediato al crucero de batalla “HMS Hood” y al acorazado “HMS Prince of Wales” para reforzar los navíos que patrullaban la zona. En pocos días, el “Bismarck” y los británicos escribirían una página memorable de la historia naval.

En la madrugada del 20 de mayo, se da inicio a la “Operación Merkur”, el nombre en clave dado al asalto aerotransportado alemán sobre Creta. La isla había recibido miles de soldados aliados evacuados desde Grecia. Al momento de producirse el ataque, la isla era defendida por alrededor de 40.000 soldados griegos y de la “Commonwealth”. Sin embargo, las tropas escapadas del desastre de Grecia y Yugoslavia habían perdido casi todo su equipo pesado y, en ocasiones, carecían de equipo en lo absoluto. Uno de los comandantes británicos, poco antes de la invasión, pidió que algunos miles de hombres bajo su mando fueran sacados de la isla antes del inminente asalto, pues al carecer de armas y estar desmoralizados por la reciente derrota, lo único que podía esperarse de ellos era que se metieran en problemas con la población civil.

Los alemanes, por otro lado, se encontraron con un panorama mucho más difícil que el que planificaron. Suponían que la isla estaba defendida por no más de 5.000 hombres, una estimación muy inferior a lo que realmente había. Su dominio del aire les permitía transportar tropas usando aviones con relativa facilidad, pero la “Royal Navy” dominaba las aguas y, aunque los británicos sufrieron sensibles pérdidas navales por acción de la “Luftwaffe”, frustraron todos los intentos de desembarcar tropas por mar. La “Regia Marina”, muy disminuida luego de Tarento y Cabo Matapán, hizo lo mejor que pudo, pero no tenía buques lo bastante poderosos como para desafiar a las unidades británicas en mar abierto. Por último, fue también sorpresiva la resistencia ofrecida por la población civil cretense que los alemanes esperaban fuera pasiva, si no abiertamente simpatizante de la fuerza invasora.

En Creta, fue la primera vez que los “Fallschirmjäger” (paracaidistas) alemanes fueron usados en masa y fue la primera invasión aerotransportada de la historia. Se habían utilizado paracaidistas en Holanda, Noruega y Grecia, pero en Creta fue la primera vez que el grueso de las fuerzas de una operación llegaba desde el aire, sea saltando en paracaídas o desembarcando desde planeadores.

Los alemanes sufrieron severas bajas, especialmente en los primeros días de la batalla. Hubo una compañía del 1er Regimiento de Asalto que perdió 116 de sus 126 hombres y dos tercios del 3er Batallón del mismo regimiento cayeron muertos en el primer día. Además de la vulnerabilidad inherente de los paracaidistas y soldados aerotransportados en planeadores, algunos aspectos de la operación fueron mal calculados. Por ejemplo, la mayor parte del armamento fue lanzado en cajas separadas y no junto con los paracaidistas que, de tal suerte, muchas veces tocaban tierra sólo con su cuchillo y una pistola, mientras que su armamento, en ocasiones, caía varios kilómetros más lejos, empujado por el viento. Los civiles cretenses y las tropas defensoras hicieron amplio uso de las armas alemanas que caían literalmente desde el cielo.

La suerte de la batalla quedó vinculada desde el comienzo a la lucha en torno al aeródromo de Maleme, uno de los principales de la isla, que podía permitir traer numerosa tropa y abundante equipo desde el continente, en caso de ser capturado. En torno a Maleme se libraron recias batallas. En la noche del 21 de mayo, fallas en las comunicaciones de las tropas defensoras del aeródromo incidieron en que éstas fueran retiradas, convencidos los comandantes de las mismas de que los paracaidistas estaban a punto de desbordarlos. La captura de Maleme resultó clave y, aunque el resto de la batalla fue muy dura, la llegada de refuerzos por aire hizo posible a los alemanes sostenerse y, a la larga, ganar la batalla. Para el 27 de mayo, la posición greco-británica era insostenible. Entre el 28 de mayo y el 1 de junio, casi 20.000 soldados fueron evacuados, aunque Londres tuvo que ver nuevamente cómo sus fuerzas debían ser rescatadas con lo puesto desde un campo de batalla, además de lamentar más de 22.000 bajas entre muertos, heridos y prisioneros. La Marina Británica tuvo que operar bajo los peligrosos cielos de Creta, hasta la mismísima evacuación, prácticamente carente de apoyo aéreo. Las aviaciones del Eje, dueñas de los aires, hundieron 4 cruceros y 6 destructores, además de dañar un portaaviones, un acorazado, 4 cruceros, 2 destructores y un submarino. Cuando parte del alto mando británico flaqueaba ante las sensibles pérdidas navales, el Comandante en Jefe de la Flota del Mediterráneo, Andrew Cunningham, determinado a no abandonar a sus camaradas del ejército, pronunció palabras que ganarían fama: “le toma a la marina tres años construir un buque. Tomará trescientos años construir una nueva tradición. La evacuación continuará.”

En la fotografía, las telas de los paracaídas alemanes nublan el cielo de Creta. Al centro de la captura, un transporte “Junkers JU-52”, dañado por fuego antiaéreo, se precipita hacia tierra. Al fondo, sobre el mar y las montañas, se aprecian las columnas de agua y humo levantadas por las bombas que caen desde los bombarderos alemanes que apoyan el espectacular asalto.





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sábado, 30 de abril de 2016

Hace 100 años. 1 de mayo de 1916. Primera Guerra Mundial

Hace 100 años
1 de mayo de 1916
Primera Guerra Mundial

El 25 de abril de 1916, un grupo de cruceros de batalla alemanes ataca las localidades de Lowestoft y Yarmouth, como parte del apoyo prometido a los separatistas irlandeses, que están empeñados en el gran “Alzamiento de Pascua”. Desde el punto de vista militar, los resultados no fueron satisfactorios para la “Hochseeflotte”, que esperaba atraer unidades navales británicas a la batalla de manera aislada, para así poder destruirlas en detalle y disminuir en algo la ventaja numérica de la “Grand Fleet”. Los cruceros ligeros y destructores británicos que se acercaron hasta las naves alemanas, pusieron distancia entre ellos y los atacantes, apenas entendieron que enfrentaban una flota de grandes cruceros de batalla. De modo que la incursión no causó más que unas pocas bajas en las unidades navales británicas. Tampoco causó demasiado daño en las instalaciones navales de Lowestoft y Yarmouth, pero se produjeron víctimas civiles, que vinieron a golpear aún más la ya deteriorada imagen internacional del Imperio Alemán, especialmente entre el público norteamericano, al que se le presentó la versión de una flota alemana dedicada a destruir pueblitos costeros con sus grandes cañones.

En la mañana del 27 de abril de 1916, el acorazado “predreadnought” “HMS Russell”, de la Marina Británica, resulta hundido, luego de impactar dos minas sembradas por el submarino alemán “U-73” frente a las costas de Malta. Las bajas británicas ascienden a 27 oficiales y 98 tripulantes.

El 26 de abril, el Gobierno del Zar accede a los términos del llamado “Acuerdo Sykes-Picot”, convenido poco antes entre Francia y Gran Bretaña, referido a futuras esferas de influencia de las potencias de la Entente sobre los territorios del Imperio Otomano, una vez que fuere derrotado. El acuerdo sería firmado pocos días después, pero se mantendría secreto hasta 1917. Como casi todos los acuerdos diplomáticos secretos, contradecía muchos de los compromisos contraídos por la Entente antes y durante la guerra. Desde el punto de vista de franceses, rusos y británicos, la suerte de los turcos estaba echada. Sin embargo, en Kut, ese mismo abril de 1916, estos últimos darían prueba de que todavía tenían fuerza y medios para luchar.

Luego de 147 días de asedio, el 29 de abril de 1916, se rinden las tropas del Imperio Británico asediadas por los turcos en Kut, Mesopotamia. Tras fallar todos los intentos de relevar a las fuerzas sitiadas, los británicos secretamente intentaron pagar al gobierno turco, a cambio de obtener libre paso para sus tropas en Kut. La oferta fue rechazada por los otomanos, que se preparaban para el asalto final, cuando el jefe de la plaza, general Charles Townshend, rindió a los casi 13.000 soldados aliados bajo su mando. La caída de Kut constituyó un serio revés estratégico y, sobre todo, un devastador golpe al orgullo británico, que había menospreciado la capacidad combativa de las tropas del Sultán.

Entre el 24 y el 29 de abril de 1916, se desarrolla el “Alzamiento de Pascua” en Irlanda. En la maña del 24, 1.200 rebeldes irlandeses ocuparon algunos puntos clave de Dublín. Los líderes del movimiento esperaban contar con una fuerza más numerosa, pero algunas órdenes confusas lo impidieron. De todos modos, a medidas que avanzaron las horas, un número difícil de determinar se unió al alzamiento en desarrollo. Los rebeldes fijaron su cuartel general en la Oficina General de Correos, desde donde proclamaron una República Irlandesa. La asonada tomó por sorpresa a los británicos, que siempre estaban preocupados por la levantisca Irlanda, pero no estaban esperando una rebelión de esta magnitud. Los primeros contraataques fueron malamente desorganizados y tuvieron poco éxito en recuperar los puntos ocupados por los rebeldes, que pudieron causar numerosas bajas a los militares y policías.

Tras recuperarse del impacto inicial, los británicos reaccionaron reforzando su presencia militar en la isla, especialmente en Dublín, y procurando organizar mejor su respuesta. Una vez que los británicos empezaron a coordinarse, resultó claro que los rebeldes irlandeses estaban imposiblemente superados en número y material. Además el alzamiento sólo prendió en Dublín con real fuerza, posibilitando a los británicos concentrar sus esfuerzos en la capital.

Para el 29, Sábado Santo, era evidente que la suerte estaba echada. Su cuartel general había sido atacado por todos los medios militares disponibles, incluyendo artillería. El nivel de daño era tal, que el mando separatista tuvo que excavar un túnel y establecerse en un edificio cercano. Dándose cuenta de que el levantamiento ya no llevaba a ninguna parte y sólo causaría mayores víctimas inocentes, el líder republicano, Patrick Pearse, ordenó la rendición incondicional de los rebeldes. La orden de rendición fue llevada hasta los distintos núcleos de resistencia, aunque se produjeron enfrentamientos esporádicos hasta el domingo 30.

El “Alzamiento de Pascua” marca el inicio del período revolucionario irlandés, que concluiría con la Guerra de Independencia Irlandesa (1919-1921) y el establecimiento del “Estado Libre de Irlanda” en 1922. En cuanto a sus efectos más profundos, la respuesta británica fue brutal, simplemente ejecutando a la mayoría de los rebeldes que se habían rendido. Además, durante lo más duro de la lucha, la reacción militar británica produjo muchas bajas civiles. Con todo, los rebeldes tampoco recibieron el apoyo unánime de la población, que los consideraba culpables de causar mayores penurias en la gente, por causa de una rebelión condenada de antemano al fracaso. En los años siguientes, la lucha irregular se intensificó y los británicos apretaron un poco más el puño. Aunque la mayor parte de la opinión pública era partidaria de un arreglo pacífico para dar autonomía a Irlanda, la mayoría de los irlandeses terminó convenciéndose de que los medios políticos no bastarían para sacar al Ejército Británico de la isla. El aumento de la violencia fue la lógica consecuencia de este orden de cosas.

En la fotografía, un aspecto del dañado centro de Dublín, tras el aplastamiento de la rebelión.




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Hace 75 años. 1 de mayo de 1941. Segunda Guerra Mundial

Hace 75 años
1 de mayo de 1941
Segunda Guerra Mundial

Rommel prosigue su ofensiva hacia la frontera libio-egipcia, aunque los avances son escasos, dado que la fuerte guarnición de Tobruk, a sus espaldas, se rehúsa a rendirse o ceder terreno. El 25 de abril de 1941, los dos últimos “Hurricane” británicos son evacuados de Tobruk y se unen a otros 13 cazas del mismo modelo en Egipto, que forman toda la defensa aérea que, por el momento, tiene el Imperio Británico en Noráfrica. Los británicos, comprometidos en Grecia, África, el Atlántico y el “Blitz”, están estirando sus recursos al máximo. Rommel, sin embargo, tampoco nada en la abundancia y sencillamente no tiene suficientes hombres, ni equipo (en especial, tanques) como para forzar una decisión en Tobruk. Alemania tiene el más potente ejército del mundo… en Europa, al otro lado del Mediterráneo, pero la “Regia Marina” Italiana no es capaz de imponerse a la “Royal Navy” Británica y asegurar un pasaje a los suministros y refuerzos, tan necesarios para las tropas del Eje que están a punto de perder una oportunidad única de vencer en la batalla africana.

Al día siguiente, 26 de abril, los alemanes consiguen asegurar el estratégico Paso de Halfaya. Y el 27, nutridas formaciones de “Stukas” atacan Tobruk. La isla de Malta, cuya suerte está tan vinculada a la lucha en África, es también atacada por la “Luftwaffe” ese día: el minador “HMS Fermoy” y el destructor “HMS Encounter” son seriamente dañados por las bombas alemanas, mientras están en el puerto. Los días 30 de abril y 1 de mayo, los alemanes están empeñados en un nuevo asalto terrestre sobre Tobruk. Logran penetrar el dispositivo defensivo en algunos puntos, pero los australianos resisten y son capaces incluso de lanzar algunos contraataques. Ambos bandos sufren muchas bajas.

La lucha prosigue en los mares, donde la “Kriegsmarine” intenta entorpecer las líneas de comunicación marítima del Imperio Británico y sus aliados, especialmente a través de sus submarinos. Desde el aire, también es amenazada Gran Bretaña: el 1 de mayo sería la primera de siete noches consecutivas de bombardeo sobre Liverpool, que recibe devastadores daños.

En estos últimos días de abril, termina el drama en Grecia. Tras la espectacular captura del Canal de Corinto por parte de paracaidistas alemanes, ocurrida el 24, las últimas tropas aliadas que guardaban las Termópilas se retiran hacia el sur. En 12 horas, las columnas recorren casi 150 kilómetros y llegan hasta Atenas. Las tropas neozelandesas, australianas y británicas son vitoreadas en las calles de la capital helena, cuando empiezan a entrar el 25 de abril. La campaña, no obstante, ya está perdida y ha comenzado la evacuación de tropas, mientras los diplomáticos acreditados ante el gobierno griego comienzan a quemar sus documentos. Ese mismo día, 5.500 soldados aliados son sacados de Grecia, aunque la operación es dificultada por el dominio alemán del aire. Los alemanes consiguen dañar el transporte “Pennland”, causando cuatro muertos. En alta mar, la aviación germana consigue hundir seis mercantes británicos y un yate que participaban de la evacuación. Los restos de la Marina Helénica también intentan escapar: 6 destructores y 4 submarinos alcanzan Alejandría, para poder luchar otro día contra el invasor de su patria.

Al día siguiente, 26 de abril, más de 20.000 soldados aliados son evacuados desde las playas situadas al sur de Atenas y desde el Peloponeso. Los paracaidistas alemanes, mientras tanto, intentan tomar el puente que cruza el Canal de Corinto, que es volado antes de que puedan capturarlo. Cuatro embarcaciones aliadas son hundidas por la “Luftwaffe”, incluyendo una lancha torpedera griega. Más al norte, el destructor “HMS Defender” evacúa las joyas reales yugoslavas, para llevarlas a lugar seguro, lejos de los invasores. El 27, la 5ª División Panzer disputa reciamente el puerto de Calamata a las tropas que defienden la retirada de la evacuación. Unos cuantos miles de soldados más son rescatados, aunque deben abandonar o destruir casi todo su equipo. Ese 27 de abril, la esvástica, símbolo de la barbarie nazi, sinónimo de tiranía y abuso, es izada en el Partenón, ícono de la razón, de la democracia y de la filosofía. Por las calles que recorrieron Sócrates, Pericles y Platón pasarán ahora los matones de las “SS”, hasta el día de la liberación, algunos años después.

La resistencia en Grecia continental termina a las 5.30 hrs. del 29 de abril de 1941, cuando los últimos 8.000 soldados aliados que resistían en Calamata, se rinden. Son una heterogénea fuerza, que incluye británicos, australianos, neozelandeses, yugoslavos, chipriotas y palestinos, tanto árabes, como judíos. Alrededor de 30.000 hombres han sido llevados hasta Creta, donde proseguirá la lucha en pocos días más. La Batalla de Grecia no es una mera derrota para los aliados. El nivel de bajas y la cantidad de material abandonado, la transforman en un desastre de proporciones.

Al día siguiente, 30 de abril, poco después de su cumpleaños nº 52 y justo cuatro años antes de morir por sus propias manos, Hitler fija el 22 de junio de 1941 como la fecha del ataque contra la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Los alemanes se han anotado otra resonante victoria en Europa con la ocupación de Yugoslavia y Grecia continental, que están a punto de redondear con el asombroso asalto aerotransportado sobre Creta; pero las semanas de demora en los Balcanes y el Egeo serán muy echadas de menos cuando, meses después, los generales alemanes intenten ocupar la inmensa Rusia, antes de la irrupción del “General Invierno”.

En la fotografía, soldados alemanes izando su bandera en la Acrópolis ateniense, con el Partenón al fondo.



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domingo, 6 de diciembre de 2015

Hace 100 años. 6 de diciembre de 1915. Primera Guerra Mundial

Hace 100 años

6 de diciembre de 1915
Primera Guerra Mundial

En estos días iniciales de diciembre de 1915, la situación en los Balcanes sigue siendo mala para la Entente y se vuelve crítica para Serbia en particular. Las pocas tropas francesas que habían conseguido penetrar en Serbia, son obligadas a regresar a Salónica. Los propios serbios inician su retirada hacia Albania, con la esperanza de que los restos de su ejército sean evacuados por mar. El 6 de diciembre, sin embargo, un escuadrón naval austrohúngaro bombardea el puerto albanés de Durazzo, dejando claro que los Imperios Centrales no quieren dejar escapar al golpeado Ejército Serbio. Ese mismo día, tropas austro-alemanas entran en Ipek, ya dentro del Reino de Montenegro, aliado de Serbia.

El 3 de diciembre, en Mesopotamia, las tropas británicas en retirada alcanzan Kut, con los turcos pisándoles los talones. El asedio de Kut y una de las peores derrotas británicas de la guerra está a punto de empezar.

El 4 de diciembre, Estados Unidos exige a Alemania que llame de vuelta al agregado naval acreditado en Washington, Karl Boy-Ed, y al agregado militar, Franz von Papen, sospechosos de actividades de espionaje y sabotaje. En 1932, Von Papen sería el último canciller de la República de Weimar y uno de los tantos políticos alemanes que intentaron llegar a acuerdos con Hitler, con la vana esperanza de poder controlarlo.

El 30 de noviembre, es firmado el Tratado de Londres por los representantes de Francia, Gran Bretaña, Rusia, Japón e Italia. En este día, sólo se produce la signatura formal de un acuerdo largamente discutido y afinado entre Italia y las cuatro mayores potencias en guerra con Alemania. Las líneas generales del arreglo con los italianos habían sido acordadas en abril de 1915 y obligaban a Italia a desconocer la alianza que la vinculaba a Alemania y Austria-Hungría desde antes de la guerra, para pasarse al bando contrario, a cambio de una serie de compensaciones territoriales que obtendría Italia, una vez que los Imperios Centrales fueran derrotados. Estos territorios incluían gran parte del Tirol, casi todo el litoral austriaco, parte de Dalmacia, parte de Carniola, el puerto albanés de Vlorë, el protectorado sobre Albania, parte del Imperio Colonial Alemán y parte de Turquía, en caso de que ésta fuera particionada por las potencias vencedoras.

El Tratado preveía algunas cesiones para Serbia y Montenegro, pero la parte del león correspondía a Italia, que se esperaba fuera capaz de distraer muchos recursos humanos y materiales de los Imperios Centrales hacia el frente alpino. Se acordó mantener el pacto en secreto, pero lo bolcheviques lo hicieron público y lo denunciaron luego de su triunfo en la Revolución Rusa de 1917, subrayando el cinismo de las grandes potencias europeas, que se repartían territorios y poblaciones como quien da o quita fichas de póquer.

Italia estuvo en el bando vencedor cuando la guerra acabó en 1918, pero el Pacto de Londres fue anulado por el Tratado de Versalles, a instancias del Presidente de Estados Unidos, Woodrow Wilson, que siempre defendió el principio de definir las fronteras de acuerdo a la nacionalidad de los habitantes. Algunas áreas prometidas a Italia estaban habitadas mayoritariamente por italianos, pero otras, como la costa adriática, Anatolia y Albania, suponían lisa y llanamente pretensiones imperialistas italianas a costa de la población residente en esos lugares.

Para gran parte del pueblo italiano, que sacrificó tanto en la Gran Guerra, el desconocimiento del Pacto de Londres fue sentido como una imperdonable traición, que alejó a Italia de las potencias democráticas de Occidente. Uno de los mayores motivos de irritación para Italia fue que se la dejara fuera del reparto de las posesiones imperiales de Turquía, en el Medio Oriente, y de Alemania, en África y Oceanía. Mientras Gran Bretaña y Francia ampliaron considerablemente sus imperios coloniales como resultado de la guerra, Italia no obtuvo nada del disuelto Imperio Otomano, ni del “Kolonialreich” anexado por franceses y británicos.

El Partido Fascista de Benito Mussolini usó la marginación sufrida por Italia como uno de sus más contundentes argumentos para llegar al poder en 1922 y estuvo en el centro del fascismo, hasta que fue derrotado y desapareció tras el final de la Segunda Guerra Mundial.

Abajo, un póster satírico representando a las grandes potencias, mientras cortejaban a Italia antes de su ingreso en la Gran Guerra.



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domingo, 11 de octubre de 2015

Hace 75 años. 11 de octubre de 1940. Segunda Guerra Mundial



Hace 75 años

11 de octubre de 1940
Segunda Guerra Mundial

El 7 de octubre de 1940, las tropas alemanas inician su ingreso en Rumania. En teoría, era parte del reciente acuerdo en virtud del cual Rumania se asociaba al Eje, pero se trataba realmente de una movida de Hitler para proteger los yacimientos petrolíferos rumanos, que probarían ser claves en el subsecuente esfuerzo de guerra alemán. Pocos meses antes, la Unión Soviética había obligado a Rumania a ceder la Besarabia. Aunque, por el momento, nazis y comunistas eran aliados, la presencia de la “Wehrmacht” en Rumania era un claro mensaje a los soviéticos, para que se atuvieran estrictamente a la esfera de influencia que les asignaba el Pacto Molotov-Ribbentrop.

Justo un año antes de la entrada de los alemanes en Rumania, el 6 de octubre de 1939, se rendía la última unidad operativa del Ejército Polaco, aplastado entre los agresores nazis, que penetraron desde el oeste, y los comunistas, que hicieron lo propio desde el este. En muchos aspectos, Polonia y Rumania compartieron la tragedia de una Europa Central abandonada a su suerte por las democracias occidentales, que no estuvieron dispuestas a detener a tiempo los apetitos expansionistas de las tiranías totalitarias. Para cuando reaccionaron, ya era tarde y el costo a pagar fue una guerra mundial, que resultaría incluso peor que la anterior. Naciones como Polonia y Rumania además iniciaron un calvario que partiría con la Segunda Guerra Mundial y se prolongaría con casi cincuenta años de esclavitud bajo los regímenes marxistas, nacidos de las cenizas de la contienda. Ese destino trágico sería sufrido también por otras naciones de la región, transformadas en satélites del Imperio Soviético que emergió de la misma guerra.

Sin adelantarnos tanto en el tiempo, recuérdese que Polonia y Rumania habían suscrito una serie de acuerdos en el período de entreguerras, cuyo objetivo era apoyarse mutuamente para asegurar su independencia frente a las potencias que pudieran sentirse tentadas de amenazarla. Durante la década de 1920 y hasta inicios de 1930, los pactos rumano-polacos estaban dirigidos, al principio, a frenar una expansión de la Revolución Bolchevique por sus respectivos territorios. En 1920, y con mucho esfuerzo, los polacos consiguieron rechazar una invasión rusa que llegó hasta las mismísimas puertas de Varsovia, antes de poder ser frenada. Por otro lado, Rumania estuvo también vinculada con Checoslovaquia y Yugoslavia en un sistema paralelo de alianzas, denominado “Pequeña Entente”, que nació para disuadir posibles intentos revanchistas de Hungría, vencida en la Gran Guerra. Polonia nunca se unió a esta “Pequeña Entente” por los diferendos limítrofes que mantenía con Checoslovaquia, pero quedaba, de hecho, integrada en un sistema centroeuropeo de alianzas que, sumando a estas cuatro naciones, podía equivaler al poder de una gran potencia europea. Al llegar Hitler al poder en 1933, a la permanente amenaza soviética, se sumó el nazismo como peligro para la soberanía de Europa Central.

En 1938, cuando la crisis de Múnich tenía a Europa al borde de una guerra, resultaba claro que la disuasión de la Pequeña Entente y de la alianza polaco-rumana era creíble sólo con el apoyo de las grandes potencias democráticas. Gran Bretaña y Francia, sin embargo, decidieron sacrificar a Checoslovaquia en aras de posponer una guerra que ya resultaba inevitable. Un año después, en 1939, el panorama para las naciones de Europa Central era aun más sombrío, con el Pacto de No Agresión firmado por la Alemania Nazi y la Unión Soviética, dirigido obviamente contra Polonia, en primer lugar, pero contra todos los pueblos situados entre ambas tiranías, como se pudo apreciar a la larga.

El 1 de septiembre de 1939, Alemania invadió Polonia sin previa declaración de guerra. Los polacos decidieron resistir la agresión, confiando en la asistencia de británicos y franceses, con quienes también estaba vinculada por pactos defensivos. El gobierno polaco decidió no activar, en cambio, la alianza militar con Rumania y preparó la estrategia de la “Cabeza de Puente Rumana”. En caso de no poder defender las fronteras polacas del avance alemán, la estrategia polaca buscaba retirar sus fuerzas ordenadamente al sureste, hacia la frontera rumana. El territorio polaco en esa zona es montañoso, pantanoso y atravesado por ríos, es decir, ideal para la defensa. Pocos días antes del estallido de la guerra, el gobierno polaco había ordenado evacuar las mejores unidades de la marina de guerra a Gran Bretaña y Francia, junto con la marina mercante, que se esperaba pudiera proveer de suministros a las fuerzas polacas a través del puerto rumano de Constanza, en el Mar Negro, hasta que franceses y británicos lanzaran su propia ofensiva contra Alemania.

El plan polaco de resistencia se vino completamente abajo cuando Polonia fue traicioneramente invadida por la Unión Soviética el 17 de septiembre de 1939. El alto mando polaco ordenó la retirada de las tropas hacia Rumania que, en número de cientos de miles, pudieron huir hacia Francia y el Reino Unido, donde formaron las llamadas Fuerzas Armadas Polacas en el Oeste, que lucharon con distinción hasta la victoria final. Muchos fueron también los que se quedaron en Polonia y formaron un movimiento de resistencia que probó ser de los más peligrosos que tuvieron que enfrentar los alemanes.

En la fotografía, un miembro muy joven del “Armia Krajowa” (“Ejército Territorial”), el “AK”, que fue el nombre con que se conoció al movimiento polaco de resistencia a la ocupación nazi.



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